La biblioteca de Stormholt, con sus estanterías que ascendían hacia el techo abovedado como árboles ancestrales cargados de conocimiento, se convirtió en su cuartel general improvisado. La luz de la mañana invernal, pálida pero persistente, se colaba por los ventanales altos, iluminando con un brillo frío las motas de polvo que danzaban sobre la mesa de roble macizo donde Arthur había desplegado con precisión militar documentos que parecían contar la historia de una traición en proceso. El ambiente olía a cuero viejo, a cera de abejas y a la urgencia del momento, mezclado con el leve aroma a pino seco de una guirnalda mustia colgada en la repisa de la chimenea, el único y triste adorno navideño visible. —"Necesitamos una estrategia en dos frentes," —comenzó Arthur, señalando los papeles—.

