El amanecer del tercer día en Stormholt encontró a Elara en su vigilia habitual junto al lecho de Alaric, pero esta noche había sido diferente. La luz grisácea del amanecer invernal se filtraba por los ventanales. El Azul de Prusia circulaba ahora por las venas de su tío, y los cambios, aunque sutiles, eran esperanzadores. La respiración menos trabajosa, el sudor frío menos profuso, pequeños indicios de que la batalla comenzaba a inclinarse a su favor. A las 6:17 de la mañana, ocurrió el milagro que haría que todas las luchas de estos tres días intensos valieran la pena. Alaric Vance abrió los ojos, y esta vez no fue el parpadeo vidrioso de la fiebre. Su mirada, aunque débil, barrió la habitación con conciencia, deteniéndose en Elara con una claridad que le cortó la respiración. —"Elean

