CAPÍTULO TREINTA Y OCHO Alguien me abofeteó. Abrí los ojos y quise aullar de dolor cuando miles de pequeños locos empezaron a salir de mi cráneo a martillazos. Mis ojos se humedecieron con la agonía y apreté los puños contra ellos. Había un rugido dentro de mi cabeza, como el zumbido insistente de avispas coléricas. Se me revolvió el estómago protestando con cada respiración superficial que inhalaba. Relájate, me dije. Controla la respiración. Respiraciones largas, exhalaciones lentas. Otra vez. Otra vez. Después de un rato, mi estómago empezó a asentarse y los locos del martillo se calmaban. El rugido era más persistente. Aparté los puños de los ojos y para mi sorpresa, fue el rostro de Logan, no el de Remo, el que vi sobre el mío. Sus ojos estaban oscuros de ira y preocupación. “

