Nochebuena.
—Tom, tengo que pedirte un favor —dijo el noruego sentando en el borde de su cama.
—¿Tiene que ver con tu comportamiento extraño y con lo de ayer? —cuestionó el contrario claramente molesto, cerrando la puerta de la habitación para luego acercarse a Tord.
—Te he estado ocultando cosas, es verdad, pero necesito que me escuches con atención como persona madura que eres.
—Bien —el ojinegro se cruzó de brazos—, te escucho.
—La armada no está autorizada a estar en este país, ni la mía ni otra que no recuerdo como se llama —comenzó a explicar—; la idea es deshacerme de ese grupo de personas a cambio de autorización, ¿entiendes lo que te digo?
—Confrontación —dijo Tom y el noruego asintió—. Aún así no entiendo que...
—Necesito que te transformes, Tom —le interrumpió abruptamente.
—¿D-de qué hablas? Me inyectaron, ya no puedo...
—No funcionó —le contó el de parche evitándose los detalles—, era peligroso, tuve que eliminarlo.
—Tord, no puedo.
—Sí, sí puedes —repitió el nórdico, acercándose para abrazar al ojinegro quien negaba una y otra vez con la cabeza—, confía en mí, ¿quieres?
—¡No puedo hacerlo! ¿no lo entiendes? No sé cómo —vociferó—, y aunque supiera terminaría destruyendo todo y tal vez matándolos a todos; incluso a ti —dijo cabizbajo—. Confío en ti, pero no es algo que yo pueda controlar y tú tampoco puedes.
—¿Cómo puedes saberlo si no lo has puesto en práctica? —preguntó Tord parándose frente a él— Necesito que lo intentes —pidió tomándolo de la barbilla para que alzara la mirada; Tom le miró preocupado.
—¿Cómo voy a saber cómo cambiar sólo cuando quiero? —preguntó— Escucha, confiaré en ti, pero Tord, reconoce tus límites.
—Dejemos eso para luego, Edd hizo chocolate caliente —dijo Tord sonriente saliendo de la habitación, esto rodeando al británico con un brazo para que le siguiera.
—Deténganse —les ordenó el pelinaranja frenado a ambos vistiendo un suéter púrpura que decía «yo soy el regalo»—, tienen que ponerse esto ante de bajar —agregó extendiéndoles una bolsa.
—Olvidé que hoy era el peor día del año —se quejó Tom con una mueca de desagrado.
—Si olvidaste de lo regalos también Edd te va a prender fuego —bromeó Matt para bajar las escaleras.
—¿Los olvidaste? —preguntó Tord por mera curiosidad caminando de vuelta a su habitación.
—Yo no he olvidado nada —dijo el ojinegro cerrando la puerta para luego meter una mano en la bolsa sacando un suéter rojo que decía un simple «aliméntame»—; pff, esto definitivamente es tuyo —dijo Tom entre risas entregándole la prenda al noruego.
—¿Gracioso, eh? —Tord le lanzó un suéter amarillo en la cara.
—No puede ser —dijo el británico al ver el nostálgico color; este tenía escrito «suéter feo».
Tord se llevó ambos brazos a la barriga carcajeándose a más no poder en cuanto Tom se puso el suéter y su cabello quedó todo revuelto quitándole su efecto de anti-gravedad.
—Literalmente es horrible —lamentó con fastidio mientras el noruego seguía riéndose y quedándose sin aire llevándole a golpear cosas—. Ya cierra la boca y ponte el maldito suéter.
El de parche se vistió con expresión divertida mientras Tom inflaba lo cachetes molesto como un niño; ambos bajaron las escaleras dirigiéndose al comedor pasando a un lado del árbol de navidad y al llegar a la mesa...
No había nada.
—¿Qué es esto? —preguntó Tord haciéndose el ofendido.
—La comida no es instantánea, tiene que cocinarse —respondió el castaño cerrando el horno y quitándose los guantes de cocina y, luego de darse la vuelta, comenzó a aguantarse una risa—. Oh por dios, Tom —dijo tapándose la boca a punto de estallar en carcajadas—, me recuerda a cuando éramos niños.
—Ja —rió sarcásticamente el ojinegro.
Los chicos pasaron tal vez alrededor de una hora sentados en el comedor, hablando de cosas triviales y burlándose de las jardineras que solía usar Tom de pequeño antes de ser un amargado; todos se mantenían ahí aplastados en sus sillas mientras el único que se levantaba ocasionalmente era el castaño para revisar el horno y evitar que se le quemara la comida.
—¡Por fin! —celebró Tord en cuanto Edd comenzó dejar platos sobre la mesa, como ensalada y vegetales horneados; el castaño se sentó nuevamente y el noruego le miró confundido— ¿No crees que esta faltándote algo? —le preguntó.
—¿Qué? —Edd se mostró confundido—, ¿hablas de la carne? Era para la abuela de Matt, nosotros somos veganos —dijo y tanto el pelinaranja como el ojinegro sonrieron amistosos—. Es broma —aclaró levantándose nuevamente ante la mueca de trauma del noruego mientras lo otros dos se reían por su expresión.
—Son uno idiotas —refunfuñó el de cuernos, esto llevándose una cucharada de quién sabe qué a la boca.
—Él la probó primero, el lava lo platos —dijo Edd señalando el noruego y este se quejó—; oh, y no le den nada a Ringo, el veterinario dijo que tenía sobrepeso —recordó y todos asintieron.
Todos menos Tord.
El gato del castaño ronroneaba mientras se deslizaba entre las piernas del noruego quien por debajo de la mesa le lanzaba pedazos de pollo o huesos como si fuese un agente para que nadie se enterara. No sabía si él sería el mejor o el peor dueño del mundo, pero le daban ganas de adoptar una mascota.
Todos comían muy tranquilos —o sea como salvajes— hasta que ya no había nada más que comer.
El pelinaranja dirigió su mirada hasta un reloj de pared; 11:55 PM.
—Oh, faltan cinco minutos —comentó relajado—, esperen... ¡faltan cinco minutos! —gritó esta vez alertando a lo demás que se levantaron de la silla corriendo en direcciones diferentes como si fuese el fin del mundo.
Volvieron encontrándose en el árbol navideño que Matt y Edd habían decorado en algún momento con tres regalos en mano, excepto el de parche quien llevaba tan solo dos; comenzaron una cuenta regresiva hasta que el reloj marcó las 12:00.
—¡Feliz navidad! —gritaron al unísono, festejando y destapando botellas de cerveza; bueno, unos más emocionados y meno neutrales que otros.
—Ya estuvo bueno, yo quiero abrir regalos —dijo el pelinaranja causando la risa del resto y Tord fue el primero en extenderle una caja bien forrada sólo para que este destrozara el papel lanzándolo al piso de madera—. ¡Me encanta! —exclamó viendo su reflejo en el espero de mano, el cual se parecía mucho al que había roto salvando al noruego de un pingüino— Este es mi nuevo espejo favorito —añadió sonriente reacomodándose el cabello.
—Mi turno —el castaño se dirigió al ojinegro—; a ver si te animas.
Tom abrió la caja de forma más ordenada comparada con el narcisista y vio dentro de la caja, pues otra caja más pequeña, y luego otra más pequeña, y otra más.
—Por favor dime que no lo hiciste en serio —dijo y Edd le hizo un seña para que continuara abriendo caja tras caja, una cada vez más pequeña que la anterior; y entonces llegó el momento en el que se encontró una cámara de vídeo que el de amarillo había planeado comprar hace meses—.Te luciste, Edd —le dijo con una sonrisa que le quitó su mal humor en segundos para luego entregarle una caja de la misma forma.
El castaño, sin pensarlo mucho, abrió la caja sorprendido por la participación del británico encontrándose con una tableta gráfica reluciente y lista para usar junto con diferentes plumones para sus dibujos tradicionales; sus ojos brillaron y se lanzó sobre él abrazándolo enternecidamente.
—Hey, Matt, aquí tienes —dijo Tom extendiendo una segunda caja.
—Uuuh, lindos —dijo el pelinaranja probándose las gafas redondas que le hacían ver como un hipster en bruto.
El ojinegro se acercó a Tord con una bolsa de regalo acercándose a su oreja para susurrarle un «no grites» cosa que no funcionó en absoluto.
—No puede ser —dijo el noruego sacando una de las muchas revistas de la bolsa—, ES TODA LA SAGA DE K-JULIEN TOPS.
—¿SABES A CUANTOS JAPONESES TUVE QUE SOBORNAR PARA CONSEGUIR LOS DIECISÉIS MANGAS SIN CENSURA? —preguntó Tom divertido.
—¿CUÁNTOS?
—NINGUNO, LOS COMPRÉ POR INTERNET —respondió y ambos gritaron por razones desconocidas.
Edd se acercó al de parche y le entregó una caja.
—Es mejor si nadie lo ve —susurró el castaño guiñándole un ojo a Tord de forma extraña.
Para cuando abrió la caja su rostro enrojeció violentamente, tan violentamente como cerró la caja viendo a Edd con el ceño fruncido y nariz arrugada.
—Ha de ser un regalo interesante —opinó Tom con la curiosidad comiéndoselo por dentro.
El castaño y el pelinaranja se intercambiaron regalos; una diadema para Edd —algo extraño—, pero este se la puso haciendo poses de chica sacándole risas a todos, según el narcisista le quedaba perfecta por tener el cabello liso.
Matt recibió una falda que solo Tord reconoció como la de un uniforme japonés; ambos chicos aclararon que hace tiempo habían prometido —y se habían retado— a regalarse cosas de chicas, así que junto con la falda y la diadema venían un montón de cosas más que ninguno se atrevió a poner.
—Eso explica mucho —dijo el noruego, pues, Edd le había regalado medias largas notablemente de mujer.
—Ya estaba ahí, dos pájaros de un tiro —sonrió el castaño.
El resto de los regalos fueron entregados, como un pato de goma para el británico de parte de Matt o, ya que la última vez el castaño volvió del cuartel con las manos vacías, una escopeta recortada de parte de Tord tal y como la que solía tener; ya nadie tenía nada en mano, todos recibieron regalos de todos.
Excepto Tom, quien no había recibido nada de parte el noruego el cual le había dicho un «lo olvidé», y para qué negar, se sintió un poco mal al saber que era el único al que había olvidado.
Pero todos sabemos que esas cosas tan melodramáticas no pasan realmente.