Capítulo 16

2112 Palabras
Tres días para navidad. Tord tomó una de las tabletas masticables que debía darle al británico, iba a ser todo un desafío lograrlo sin que sospechara de él. Aunque se había creado el anti-bifilatel el de parche seguía estudiando medicina por su cuenta con algo de ayuda distante de Miguel. En cuanto la tableta quitase los efectos del bifilatel Tom tendría la capacidad de nuevamente convertirse en un monstruo, por lo tanto, Tord aún tenía que encontrar la cura a sus transformaciones o al menos algo que las retuviera. Con la lámpara de su escritorio iluminando las palabras del libro de medicina y motivación suficiente, leía pacientemente prestando absoluta atención. —¿Desde cuándo eres docTORD? —preguntó Edd sobresaltando al noruego. —Desde que te EDDscabulles a mi oficina, ¿tal vez? —respondió el de cuernos chocando los cinco con el de verde por el horrible juego de palabras. —Seguro que sí —dijo sonriente—. Oye, prometiste ver una película con nosotros —le recordó el castaño—, ahora que no estoy enfermo no va a haber pausas ni excusas. —No lo he olvidado —Tord cerró el libro que tenía en mano—, vamos entonces. Ambos chicos —amigos desde la infancia— bajaron las escaleras y se acercaron al sillón frente a la pantalla; ahí estaba Tom algo soñoliento como si se hubiese acabado de despertar y el pelinaranja, quien comía chatarra como patatas fritas y malvaviscos. Ahora era cuando Tord ideaba un plan. Vio la tableta color rosa en su mano y con la otra tomó un malvavisco de los que comía Matt acercándolo a la boca del ojinegro. —Abre la boca —le pidió. Cuando comenzó a masticar obviamente notó que dentro del malvavisco había algo extraño; con una mueca de disgusto estuvo a punto de escupir lo que tenía en la boca pero el noruego se lo impidió tapándosela casi subiéndose sobre él. Bien hecho Tord, para nada sospechoso —pensó el de cuernos. —¡¿Qué haces?! ¿qué era eso? —preguntó el británico con desagrado por el horrible sabor de boca que le había quedado. —Vitamina «C». —¿Estaba vencida o qué mierda? ¿por qué me das vitaminas? —Edd tenía gripe y está haciendo frío así que no quiero que te enfermes —respondió Tord con nerviosismo casi rezando a que se creyera semejante excusa. —¿No pudiste sólo pedirme que me la tomara? —cuestionó el de azul para luego arrebatarle la lata de cola al castaño y darle un trago—. Ugh, muy dulce —dijo acostumbrado al sabor amargo del licor, pero era mejor eso que el sabor a, no sé, tierra mojada. —Te habrías negado —se excusó nuevamente el noruego. El británico le miró con sospecha, pero luego sólo se reacomodó en el sillón recostando su cabeza en el hombro de Tord, quien estaba a punto de comerse uno de los malvaviscos —esta vez sin medicamentos—; el ojinegro se lo arrebató y terminó comiéndoselo él. ↠↞ Dos días para navidad. —¿Bromeas? —preguntó el líder de la armada roja al enfermero que miraba de reojo unos cuantos papeles. —No —negó Miguel—, necesito una muestra de sangre del chico. Tord hizo un puño y se golpeó la frente. —¿Qué quieres? ¿qué le saque la sangre con una jeringa mientras duerme? —preguntó sarcástico. —Tal vez —balbuceó el de gafas notando el sarcasmo de su superior—. Tiene que arreglárselas. Necesito la muestra para saber si el medicamento está funcionando, sólo una gota es suficiente. El noruego suspiró; algo se le iba a ocurrir. ↠↞ Era una hermosa tarde y el británico estaba en su habitación tomando la más tranquila y cómoda siesta de su vida; Tord se asomó con el cabello húmedo por el baño que acababa de darse viendo como el ojinegro estaba enrollado entre las sábanas… había tanto silencio que casi se podía escuchar su respiración chocar contra la almohada. Sabía que tanto silencio se debía a que los otros dos chicos no se encontraban en casa, estos estaban comprando su parte del plan navideño, o sea comprando decoración y ropa abrigadora. Toda la habitación tenía un aire de pereza gracias a que la persiana estaba cerrada, sólo se veía el sol que se filtraba por sus rendijas iluminando muy poco la habitación. El noruego levantó un poco su parche esperando ver una luz fuerte, pero ese no fue el caso, estaba suficientemente oscuro como para quitárselo, así que eso hizo; dejó el parche en la mesita de noche y vio a Tom dormir pensando en si realmente estaba seguro de lo que iba a hacer. Decidido, se acostó a su lado quedando frente a frente, aunque a una distancia respetable. Tom abrió lentamente los ojos —e inexplicablemente también cuencas— y al notar que quien se había colado a su cama era Tord se apoyó en un codo dando un bostezo. —¿Pasa algo? —le preguntó con más sueño que ganas de vivir. Tord negó sonriente. —¿No? —murmuró el ojinegro extrañado porque el noruego sólo llevaba una camiseta blanca que convenientemente tapaba lo que debía considerando que estaba en ropa interior. Tord se subió sobre Tom besándolo de forma inesperada logrando que este cerrara los ojos y correspondiera de la misma forma llevando disimuladamente sus manos al torso del noruego. El británico lo iba a matar luego de esto. El que debía tener cuernos pero solo llevaba un revoltijo en la cabeza bajó hasta el cuello de Tom sacándole un suspiro que rompió el silencio del ambiente y, aunque no quería interrumpir aquello, lo mordió tan pero tan fuerte que había logrado su objetivo: Sangre. Se llenó la mano del líquido rojo que brotaba de la marca de sus propios dientes y se levantó rápidamente para correr fuera de la habitación dejando al ojinegro muy confundido con un problema entre las piernas. Para cuando reaccionó y bajó las escaleras rápidamente en busca de Tord —casi cayéndose— vio al castaño y al narcisista llegar con las compras, hablando y contándose chistes. ¿Qué demonios? —se preguntó el británico dirigiéndose al baño. ↠↞ Un día para navidad. Tom mecía el carrito de compras de un lado a otro mientras el noruego leía la lista que le había entregado el castaño. Por supuesto lo primero en la lista era cola, seguido de alcohol para el británico, ponche para el pelinaranja y luego estaba el: «gustos diferentes, bebidas diferentes». Esto era una simple nota poética de parte de Edd para decir que Tord podía compra lo que quisiese para él. Desde carnes y vegetales hasta dulces y aderezos; aunque algunas cosas estaban de más anotadas con un marcador morado y pegatinas de caritas felices a los lados. —¿Por qué tardas tanto? —preguntó Tom con fastidio arrebatándole la hoja y comenzó a caminar a un pasillo lleno de refrigeradores con Tord empujando el carrito tras él—. Por alguna razón Edd quiere helado de frutos rojos —dijo el de azul y entonces el noruego comenzó a revisar cada bote de helado que había, curioso al ver sabores que nunca había probado. —Fresa, frambuesa, parchita, cereza —dijo el de cuernos—; menuda rima, tengo talento —bromeó. —Las parchitas no son rojas. —Pero quiero probar helado de parchita. —Nooo —negó el ojinegro alargando la O con la vista pegada en la lista—, ¿quién come helado de parchita? —Las misma personas que beben cola dietética, supongo —opinó el noruego alcanzando un bote que decía «frutos rojos» para luego colocarlo en el carrito. Minutos después ambos chicos estaban haciendo una fila obstinante que parecía infinita para pagar todo lo que llevaban; miraban con fastidio como las personas del frente y de las cajas de sólo un artículo se iban a su casa felices…. excepto por alguien que al parecer había intentado robarse una barra de jabón. —¿No es la chica del bar? —preguntó Tord al ver a Carol gritándole a los guardias y formando todo un escándalo. —Quédate aquí —le pidió Tom antes de caminar hacia la chica de cabello rizado, odiándose por ser tan buena persona como para querer ayudarla.  Ya no sólo eran guardias de seguridad, dos policías habían llegado con un hombre de uniforme que parecía de mayor rango, tal vez por el chaleco y la corbata, aunque mantenía la esencia de oficial con la camisa azul que tenia bordado en los hombros el logo de la policía de Londres. —¿Tom? —preguntó formando una sonrisa al reconocer al británico. —Carol, ¿qué demonios? —fue lo único que salió de la boca del nombrado—, ¿robando? ¿de verdad? —criticó. —Hey, tienes que ayudarme —comenzó a decir desesperada—, Louis me echó de casa, no tengo dinero, ni empleo, ni... —Cierren la boca —interrumpió el hombre de chaleco con cabello grisáceo—, no me interesa sus vidas, estabas robando, vas a la cárcel, fin de la historia. —No puede llevársela —contradijo el ojinegro; aunque fuese difícil de creer hubo un momento en el que la chica fue una gran amiga. —Si puedo hacerlo —rio el hombre para darse la vuelta—. Andando —hizo una señal con su mano y los policías esposaron a Carol llevándosela a rastras fuera del supermercado. —¡No! ¡Tom! —ella se movió de un lado a otro tratando de soltarse pataleando y amenazando con llamar a gente peligrosa. —¡Óigame bien idiota...! —vociferó Tom hasta que el hombre le apuntó rápidamente con una pistola en la frente. —¿Cómo me has llamado? —preguntó este con el ceño fruncido, pero su expresión cambió al sentir como alguien le apuntaba con un arma en la cabeza casi de la misma forma. —Idiota —la voz con acento noruego se hizo presente—, acaba de llamarle idiota, ¿le queda claro? Bájala —ordenó. El Hombre maldijo por lo bajo soltando el arma y dándose la vuelta con las manos alzadas; en cuanto vio el rostro de la persona que le amenazaba no pudo evitar mostrar una sonrisa egocéntrica. —Tord Larsson —dijo casi escupiendo con agonía—, ¿por qué no me lo imaginé? —A la próxima te agradecería no amenazar a mi armada y apuntarle mortalmente a mi novio, Henri. —¿Novio? —este comenzó a reírse—, no me extraña, se te nota de lejos que eres maricón. —Qué bueno que tenemos un trato, de otra forma me hubiera encantado volarte los sesos —confesó el noruego guardando el arma en su bolsillo. —No, de otra forma tú estarías en una silla de electroshock. —¿Eso aún es legal? —Todo lo que yo quiera es legal. —Escucha viejo decrépito —comenzó a decir Tord ganándose una mirada de desprecio—, no puedo hacer mi trabajo si anda por ahí molestando a mis subordinados. —¿Subordinados? ¿crees que soy idiota? —Uh, bueno... —No respondas a la pregunta, Larsson —dijo el hombre llevándose una mano al rostro y sujetando el puente de su nariz—. ¿No deberías estar sacándole las entrañas a Leonard y luego lanzarlas fuera de este país? —Aún me falta una última cosa —respondió Tord con fastidio—; ¿ya puedo irme a comer helado de parchita? —¡Te dije que no lo compraras! —le regañó Tom como si fuera relevante. —No tienes remedio —Henri bufó y continuó—: quiero a esa armada fuera de aquí antes de que se acabe el año, o la armada que tendrá que irse será la tuya —amenazó saliendo con ambos chicos tras él. Al salir se pudo ver a Carol escupir los zapatos de uno de los oficiales que habían venido con el hombre. —Suéltenla —dijo el de chaleco y lo policías le obedecieron—. Último favor que hago por ti —aclaró subiendo a la patrulla como copiloto. Tom miró al noruego de brazos cruzados mientras el auto se alejaba en dirección desconocida. —Lo sé, lo sé, tengo cosas que decirte —aceptó el de cuernos sacando su celular dispuesto a llamar un taxi.
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