El noruego abrió la puerta de la casa preguntando por los chicos y, al no recibir respuesta, supo que estaba solo; llevaba en la mano dos libros de medicina que había leído como mil veces en todo el día y con la oscuridad de la noche se vio obligado a encender las luces hasta llegar a su oficina, lugar donde dejó los libros sobre el escritorio abriendo uno de ellos y releyéndolo buscando la respuesta que tanto anhelaba, buscando la cura que tanto necesitaba.
Se llevó las manos a la cabeza frustrado y cansado de haber analizado las palabras de aquel libro durante cada minuto que pasaba y entonces, lleno de ira, lo cerró de golpe.
Escuchó la puerta principal abrirse y el sonido de unas llaves, salió de esas cuatro paredes asomándose desde el barandal de las escaleras para finalmente ver a Tom llegando con unas bolsas de comida china.
—Tord, me asustaste —dijo este al ver al noruego formando una sonrisa—; creí que llegarías más tarde, sólo traje una bandeja —dejó la comida sobre el comedor.
El de rojo bajó las escaleras y sin decir una sola palabra lo abrazó desde atrás fuertemente.
—Algo malo pasó.
—¿Qué pasó? —Tom se dio la vuelta quedando a centímetros de su rostro.
Tord lo pensó por segunda vez: ¿debía decirle? Tal vez no era la mejor opción pero si la correcta y, la verdad era, que ahora preferiría ver al ojinegro relajado mientras él solucionaba todo. Lo quería ver feliz sin importar qué.
—Pasó que voy a robarme tu cena —jugó; mejor opción, aunque incorrecta.
El de parche corrió luego de tomar la bandeja de arroz a una dirección al azar ganándose los regaños de Tom quien lo perseguía creyendo muy capaz al noruego de no dejarle ni un grano. En un torpe movimiento Tord cayó y tomó con más fuerza la comida para que no terminara desperdiciándose por todo el piso para que luego el ojinegro le quitara la bandeja, alejándola de sus manos y dejándola a un lado para subirse sobre él metiendo las manos bajo su sudadera comenzando a hacerle cosquillas.
—¡Ja, ja! ¡T-tom, no! —el noruego se entrecortó y el de azul no sabía si estaba riendo o sufriendo—, ¡basta ya! ¡ja, ja, ja!
—No hasta que me digas lo bueno y lindo que soy —exigió sin parar de causarle risas al noruego, esto dándole besos en las mejillas y en el cuello de forma amistosa.
—¡Eres bueno! ¡y lindo! —vociferó y Tom paró de hacerle cosquillas; el que se encontraba debajo de él comenzó a respirar agitadamente recuperando el aire y entonces continuó—: tan lindo como un aborto de elefant… ¡pfff! ¡Tom!
El ojinegro paró de «torturarlo» y lo besó sin aviso alguno degustando sus labios sin prisa. Tord correspondió tomándolo del cuello evitando que se separara de él, tomaron aire y profundizaron el beso esta vez usando sus lenguas dejándose llevar por el latir de sus corazones y las ideas mezcladas en sus mentes.
Tom se separó para ver la cara del noruego compitiendo de roja con su sudadera mientras su pecho subía y bajaba rápidamente.
Quería hacerlo suyo justo en ese instante.
Pero de ninguna manera iba a hacerlo.
El británico esperaría al momento en el que el noruego se lo pida; era como si estuviese respetándolo o algo así. No importaba si debía esperar años.
Esperaría.
Se levantó y le extendió una mano para ayudarlo a levantarse.
—Vamos a comer —dijo Tord caminando hasta la mesa con Tom llevando la bandeja en mano.
Cuando estaban a punto de sentarse escucharon un maullido seguido de un «shh» que el ojinegro ya conocía muy bien y, de la nada, un gato saltó sobre Tord dejándole un rasguño en su mejilla izquierda.
—¡Ringo, no! —gritó Edd jalando al animal y reteniéndolo en sus brazos; el gato veía al noruego como un desconocido.
Tord se mordió el labio tragándose un quejido para luego mirar a Ringo como si fuese el diablo.
—Maldito gato... —dijo en un susurro llevándose la mano a la mejilla.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Tom cruzado de brazos y el castaño señaló a Matt de forma acusona.
—¡No me señales a mí! —chilló el pelinaranja—, ¡fue tu idea!
—Miente —dijo Edd señalándolo con su dedo índice.
El británico suspiró y se acercó a Tord.
—Vamos, arriba tengo parches para la piel.
El de rojo asintió y le siguió escaleras arriba, abanicándose la herida con su mano buscando aliviar el ardor que le causaba.
Parece estúpido pero incluso un raspón duele más de lo que parece.
Tom se acercó a su rostro con una botellita azul y algo de algodón, entonces el contrario alarmado reaccionó hostilmente:
—¡WOW! Espera, para tu tren —dijo—, ¿qué es eso?
—Es agua oxigenada —contestó el ojinegro—; tranquilo, ni se siente —aseguró para limpiar el rasguño que tenía y luego colocarle un muy pequeño parche en la mejilla—. Debería cambiarte eso —opinó señalándole el brazo con vendas algo manchadas.
—No lo sé. No es una vista muy agradable —confesó Tord.
—¿Y qué? De todas formas es mi culpa —habló Tom recordando el momento en el que disparó el arpón.
Buscó la venda y comenzó a quitar lentamente la que tenía puesta el noruego dejando ver su brazo en un estado extraño difícil de explicar, aunque a fin de cuentas el ojinegro se esperaba algo diez veces peor; con cuidado, le puso una venda nueva y guardó todo en lo que parecía ser un mini-botiquín de primeros auxilios.
—No deberías sentirte culpable, Tom. Fui yo quien trató de matarte en primer lugar.
—Ya no importa —le dijo al notar la mirada decaída del de rojo— volviste.
Tord sonrió dejándolos en un silencio que no era para nada incómodo, era, un silencio relajante. Acercó una mano al rostro de Tom, quien mostró una mueca de confusión hasta que el noruego metió la mano en uno de los agujeros negros de su cara.
—¡Son cuencas! —gritó este divertido.