Un recorrido por el pasado

665 Palabras
La joven pareja de Laura y Sebastián era la novedad de LemonVille, habitantes de la gran casa de la colina. El pueblo era pequeño y cómodo, bien abastecido con todo lo necesario para una vida prospera. Un sitio seguro, con vecinos amables, un hermoso paisaje y eficientes servicios de transporte, educación, salud y seguridad. Con múltiples opciones de almacenes, el comercio era fluido, uno podía adquirir, en su misma vecindad, desde pescado fresco hasta elaborados muebles de madera perfectamente trabajada. Había parques, plazas, dos teatros, un cine y un centro deportivo. Además, el poblado contaba con un escenario a cielo abierto en el que diversas funciones tenían espacio. Solían llegar varios artistas viajeros, que elegían, según la predilección tanto propia como de su público, si desplegar sus actos en el escenario central o en la calle principal, que hacía a su vez de peatonal en los periodos de fiestas. Laura recuerda con vívidos detalles la tarde que el circo transeúnte visitó Lemonville.A decir verdad, recuerda desde esa mañana, cuando, mientras compraba el pan, escucho hablar a dos vecinas sobre la novedad. El circo llegaba esa misma tarde, sin previo aviso, sin publicidad ni anuncio. Estaría solamente una noche, parecía ser que porque se habían tenido que desviar de su camino. No era un circo conocido, no parecía ser muy esplendoroso y, dado varios prejuicios sobre el arte circense, tampoco fue muy concurrido. Pero a ella la maravilló. Desde el momento en que volvió del mercado con la noticia, acomodó su día para dejarse libre la tarde, la noche y unas horas de la mañana siguiente. Se había decidido a presenciar todos y cada uno de los actos que brindarán, pero, sobre todo, el de magia. Esa tarde se puso un vestido violeta, se recogió el oscuro cabello en un rodete, se calzo su sombrero con lazo al tono y se dirigió al centro, a dar un paseo esperando a su marido, con el que se encontraría unas horas después, al inicio del primer espectáculo de acrobacia. Iba caminando, curiosa, por las pobladas calles llenas de movimiento y de alegría de sábado, cuando vió, un poco alejada de la calle principal, la primer tiendita con aires circenses. Pequeña, cuadrada y de un violeta profundo que brillaba a los rayos del sol, llamó por completo su atención y, sin pensarlo, se dirigió a ella. A medida que se acercaba pudo notar detalles como la bandera violeta, negra y dorada que flameaba desde su cúspide, la grapa negra que acolchonaba el suelo de su rededor, la titubante luz de vela que parecía salir desde dentro y, el notable y curioso particular de que, más allá de los hilos que la sujetaban al suelo, nada más había en las cercanías, solo la pequeña carpa, lo que dentro contuviera y Laura. A Laura le dió la sensación de que la tiendita se alejaba cada vez más mientras ella se le quería acercar, pero no perdió y el ánimo y, tras unos minutos de andanza, se encontró parada justo frente a su puerta. Era mucho más alta de lo que se percibía desde la calle, más ancha y menos iluminada. Dentro se podía ver una luz vibrante y se podía oír una música totalmente desconocida con palabras completamente inentendibles para ella. En este punto se detuvo y la duda le entró por primera vez en la mente, acompañada por un asomo de miedo que la hicieron pensar en volver al centro del poblado, con la muchedumbre. Se excusaba internamente pensando que quizá su marido ya estuviera cerca y se preocuparía al no verla en donde habían acordado.Ya había dado un giro disponiéndose a volver cuando un fuerte soplo de viento cargado de lluvia sacudió las puertas de la carpa, apagando la poca luz que había dentro y, a su vez, la extraña música. En respuesta una dulce voz habló y la curiosidad volvió a apoderarse de Laura, que entró, como arrastrada por el viento, por la grande puerta de paños violetas.
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