CAPITULO 2
En una de las tantas colinas de Lemon Ville se había asentado, hacia unos pocos años, una joven pareja con amables ojos, repletos de sueños. Habían llegado con pocas cosas, muchas ganas y decisión y habían construido una pequeña cabañita, sorprendentemente lujosa.
Hecha con madera local, prudentemente estacionada, contaba con un basto living como entrada principal, del que se podía acceder cómodamente a las demás habitaciones. El hogar, estratégicamente allí ubicado, se ocupaba de calefaccionar toda la casa. por la derecha se encontraba la cocina comedor, lo suficientemente amplia para ser cómoda, pero lo suficientemente pequeña para ser acogedora. Contaba con una puerta que llevaba al patio trasero, del que podían recoger hierbas aromáticas, frutas y verduras.
Las tres habitaciones se encontraban distribuidas alrededor del living, dejando espacio para 2 baños y una escalera, con la que se accedía al primer piso, en obra por aquellos años.
Cada uno de los cuartos de dormir tenía su propio estilo, en concordancia con quién lo ocuparía. En el cuarto central, donde se había acomodado la joven pareja, llamaba notablemente la atención el gran ventanal de vidrio repartido que ocupaba prácticamente toda la pared opuesta a la entrada, del que se podía ver más allá del patio. Con un diseño semejante al de un ojo de buey, el redondo y enorme ventanal permitía entrar una cálida luz, matizada por los colores de los vidrios, generando en el ambiente un efecto casi embriagador. La cama, simple mientras cómoda, estaba abrigada por un edredón en tonos marrones. Sus toscas patas de madera, firmemente sujetas al suelo, parecían de una resistencia estructural capaz de soportar hasta un derrumbe. Las almohadas, en cambio, sumamente suaves y delicadas, y perfectamente pulidas. Aislando el suelo había colocada una hermosa alfombra, de estilo arabesco, en tonos cálidos. A la vista era pesada y parecía ser capaz de aislar los sonidos con grata eficacia. Como armario, un sencillo mueble, también de madera, parecía no decir nada, equilibrando a la perfección la opulencia del gran ventanal.
A su izquierda, pasando el cuarto de baño, se acomodaba la habitación de lo que sería su hija menor. Suficientemente grande para alojar a 3 criaturas. Esto era así ya que la pareja, a pesar de saber que no sucedería, esperaba concebir a un hijo varón, quien ocuparía el cuarto de la derecha, dejando este para sus dos hermanas. Esta habitación era la más iluminada de la casa, por su disposición el sol podía alcanzarla desde las primeras horas del amanecer hasta casi llegado el ocaso. Las cortinas suaves y casi transparentes dejaban entrar la luz en un tono rosado, lleno de inocencia. También una alfombra aislaba los sonidos, pero esta era blanca y mullida, como la piel de un gran oso de felpa. El mueble más llamativo era un hermoso armario, trabajosamente decorado con delicados dibujos minimalistas, dorados, rosas y lilas. Un baúl y un escritorio a tono completaban la pared, dejando lugar para un gran espejo de marco blanco, y un práctico perchero de pared. En el lado opuesto de la pieza se encontraba la cama, decorada con largas cortinas blancas y enmarcada por dos mesitas de noche con sus respectivos veladores. Toda la habitación desprendía un aire romántico e inocente.
La habitación de la derecha, en cambio, tenía un estilo completamente diferente. Dos pequeñas ventanas eran suficientes para iluminar perfectamente el cuarto. Bajo la primera, un sencillo escritorio, muy bien equipado, acompañado de una cómoda silla, y dotado de un hermoso velador dorado que sustituía, por las noches, con bastante eficacia, la luz del sol. El armario era amplio y, también, sencillo, con puertas y cajones, ocupaba una gran parte de la pared derecha de la habitación, dejando lugar para un espejo de marco de bronce. En la pared opuesta, la cama, sin cortinas ni cabezal, era cómoda y abrigada. Acompañada por dos mesitas de noche con dos veladores, en compose con el del escritorio. Todos los muebles del cuarto eran prácticos y sencillos y no llamaban demasiado la atención, el cuarto podría pasar inadvertido, de no ser por la imponente biblioteca y, a su lado, el majestuoso sofá acompañado de una bellísima lámpara de pie. Una colección de libros ,sanamente envidiable por cualquier lector, abastecía a su propietaria de las más variadas historias y de una amplia gama de información.
Originalmente este cuarto también tenía una gran alfombra, pero, por disposiciones que en un futuro se harán más evidentes, fue quitada.