Él gruñe y se pone de pie, ofreciéndome una mano. Lo tomo. Me ayuda a levantarme y me guía a través de una puerta hobbit arqueada hasta una habitación con pisos de madera relucientes y lo que parece una mecedora casera, también pulida hasta brillar. —Pensé que esta podría ser la sala de estar—, dice. Balanceo la silla. No chirría en absoluto. Me lleva a través de una puerta trasera, por un par de escaleras flotantes hasta una plataforma sin paredes, sólo un techo puntiagudo y una barandilla tallada. Su baúl maltrecho está en un rincón con algunas cajas y su saco de dormir enrollado. —Aquí es donde he estado durmiendo—. No nos deja quedarnos en esta habitación y me apresura a subir un tramo de escaleras circulares hasta una habitación grande con un techo alto. Hay luces de hadas enrollad

