Le toma un segundo, y luego su frente se suaviza y su boca se curva. —¿Sí?— —Sí.— Lo empujo mientras rueda, siguiéndolo hasta que estoy a horcajadas sobre él, abierta, y vulnerable de una manera que nunca antes había estado. Su entrepierna feliz se eriza contra mi coño mojado e hinchado. Enderezo mi columna. Mis rodillas apenas llegan al suelo y me duelen las cuencas de las caderas. Sus manos ásperas descansan sobre mis muslos abiertos y está sonriendo, amplio, tonto y suavemente divertido. —¿Qué va a hacer ahora, señorita Mari?— él pide. Es tan grande que me siento como si estuviera encima de un caballo. Su polla caliente descansa contra la hendidura de mi trasero, enorme, gruesa e insistente, y no estoy segura de qué hacer a continuación. Me doblo hacia adelante y aplasto mis necesi

