Le puse en una silla en aquel rincón, donde podía estar seguro de que no le caería ningún cascote de la pared, cuando hiciéramos el hueco, y le arropé con una manta bien, para que no se enfriara, y también para sí entrabáis vosotros que no le vierais. La mujer estaba mirando, parecía que no se podía creer lo que estaba pasando, le había pillado desprevenida y solo acertaba a decir: ―¡Gracias!, ¡gracias!, ¿cariño estas bien? ―Y le miraba con ternura. Él estuvo llorando todo el tiempo, yo le pregunté: ―¿Le hago daño? Con la cabeza me indicó que no, porque no le salían ni las palabras, se dejó hacer, y una vez sentado en aquel rincón dijo bajito: ―¡Gracias hijo!, Dios te lo pague. Yo traté de sonreír para que se tranquilizase y le dije: ―¡Va!, no ha sido nada ―Y después cogí el jergón

