Saliendo del puente miré a ambos lados. La gran avenida que se veía me recordó por unos momentos alguna de las que había visto en Buenos Aires, amplia, larga. No se podía ver a donde acababa, seguía al lado del río, con unos grandes árboles, a cada lado, ¡qué bonita era!, de verdad que me gustó, a pesar del calor que hacía, por allí se estaba bien. Me dirigí hacia una torre muy alta, que se veía a lo lejos. Pregunté a una señora que llevaba un niño en brazos. ―¡Mi arma!, ¿no sabes que es la Giralda?, la torre más alta del mundo, y la más bonita ―me dijo. La iba a decir, “¡Qué exagerada!”, pero no me pareció oportuno, no se fuera a enfadar. ―¡Suba!, verá qué vistas se ven desde allí arriba ―me estaba diciendo ella. ―¿Subir? ―la pregunté―. Con la de escalones que tendrá. Se quedó para

