Libby
Luego de discutir fuertemente con Sofía por la decisión precipitada que ha tomado de casarse, no he querido esperar y he cogido el primer vuelo a Canadá.
Ella cree que llegaré el día de la boda, pero no es así; luego de las cosas que le dije, estoy segura de que adelantará el enlace para no darme opción y obligarme a aceptar a su marido sin rechistar.
No quería ser tan dura, pero, cuando me dijo que el supuesto novio tiene 35 años, ardí en cólera, y no porque no la quiera ver feliz, sino porque no quiero a alguien tan mayor para ella.
Tal vez soy egoísta, pero Sofi es mi todo. Si Steven viviera no querría ver a su única hija sin estudios y en un pueblo perdido de Dios, con un hombre del que no sabemos nada y que podría ser su padre.
Tengo que luchar por ella con uñas y dientes, porque: yo la llevé nueve meses en mi vientre, yo la parí, yo fui padre y madre a la vez siendo una cría que necesitaba de los suyos, yo trabajé sin descanso para que nada le faltara, yo la vi llorar con cada frustración y la ayudé a levantarse.
Por eso y mucho más, no voy a permitir que me la arrebaten de esta manera sin luchar, quien la quiera deberá demostrar su valía ante mí.
Salgo de mis pensamientos que me ahogan el alma de una manera inexplicable. Debo coger otro vuelo en una avioneta que no me inspira nada de confianza, pero es la única manera que tengo de arribar a uno de los pueblos del lago Esclavo.
Al llegar rentaré una habitación y preguntaré por el Jayden ese, a ver si consigo la dirección de su casa, solo espero que no sea demasiado tarde y que no se haya casado aún, porque esa afrenta no se la perdonaría nunca.
Aterrizamos en el aeropuerto de Hay River, lo increíble es que este se encuentra junto a unas casas en una isla en el mismo lago.
La población es de 3.600 habitantes, por eso es el pueblo más grande y segunda localidad con más extensión del territorio.
Ahora sí que estoy en problemas porque entre tanta gente no sé dónde encontraré a mi hija; pero, como preguntando se llega a Roma… es lo que hago y me indican que su casa está en la reserva Hay River, donde viven solamente 300 personas.
Por suerte estoy muy cerca, mientras alquilo un coche, pido con amabilidad que me recomienden un hotel para instalarme.
Como no saben de mi llegada y posiblemente acabemos en malos términos, no quiero arriesgarme a ir a la reserva y no tener luego un sitio donde quedarme.
Luego de asearme y vestirme lo más elegante que me lo permite el frío que hace, salgo rumbo a la reserva. A pesar de estar en julio, hay diez grados. Es un clima subártico, con veranos cortos y nada calurosos e inviernos fríos y largos.
Ya me está bien para comenzar a acostumbrarme, cuando me mude aquí, tendré esta temperatura hasta aburrirme. Mi trabajo es hermoso, pero, muy sacrificado, y más en un lugar tan inhóspito como este.
Debo investigar la flora y fauna de los bosques Boreales; el proyecto inicial es de tres meses y si me acostumbro a vivir aislada, sería permanente. Aunque si mi niña se muda aquí, por supuesto que no me iré, viviré cerca de ella pero sin molestarla.
Al llegar a la reserva una sensación extraña inunda mi cuerpo, mi corazón se descontrola; siento como si las lindes del bosque me llamaran, como si quisieran que me adentrara en él sin importar nada.
Me cuesta contener mis emociones, esas que he aprendido a reprimir con años de meditación en la naturaleza.
Acaricio las ramas que tintinean como si me hablaran, toco la tierra respirando profundo para encapsular cualquier sentimiento que pueda atraer a los animales.
Creerán que estoy loca, pero, sé que la mayoría de mamíferos carnívoros detectan a su presa a muchos kilómetros de distancia. Pueden oler sus emociones, sentir su miedo y hasta el latido de su corazón; por eso formo un escudo invisible que me ayude a estar por encima de ellos, para ser yo quien tenga el poder del acecho y no me tomen desprevenida.
Mis nervios han disminuido, me siento rara, vuelvo a tener la sensación de una voz que me llama, no puedo seguir ignorándola, así que cierro mis ojos y me dejo guiar por el susurro del viento, ese que me dice: >.
Es la primera vez que lo oigo claro y me asusta, nunca he sido supersticiosa, pero llevo años escuchando esa voz en el aire, siempre creí que la sensación de vacío y dolor en mi pecho eran cosas que creaba mi imaginación por estar sola.
Ahora creo que realmente hay algo especial en mí y tal vez fuera cierto lo que Steve me decía… que estoy conectada a la tierra de alguna manera y ella me reclama.
Camino distraída hasta llegar al bosque donde se está llevando a cabo alguna ceremonia, al principio no caí con que podría tratarse de la de Sofía, pero conforme me acercaba la reconocí.
Me inundan sensaciones extrañas y una de ellas fue la decepción, porque por más enfadada que estuviera, debía ser yo quien la entregara en el altar, en ese preciso momento desconecté de la realidad y mi objetivo estaba claro; cancelar esta boda a como dé lugar.
—¡Yo me opongo! —digo cuando el juez pregunta si alguien está en contra del enlace.
Me parte el alma verla avergonzada, sabiendo que ha cometido un fallo muy grande y que yo no merecía. Pero ser madre significa educar, regañar cuando es necesario y no secundar todas las locuras de nuestros hijos.
Se ve hermosa, radiante y feliz, él la mira con adoración, esa que muy pocas veces se ve en una pareja. De alguna manera extraña puedo sentir sus emociones y sé que no habrá nadie mejor que él para ella, pero debo cumplir con mi papel.
Luego de cuestionarla y dejarle claro lo decepcionada que estoy por lo que hizo, decido retirarme. No por soberbia sino porque no tengo nada más que hacer aquí, ella decidió como lo hice yo hace diecinueve años.
Necesito salir de aquí porque me estoy asfixiando, entre las emociones encontradas de no poder entregar a mi niña y el loco ese que me mira como para matarme, alegando cosas que no le incumben, me estoy por quebrar.
Lo peor es que la manera altanera que tiene de mirarme y hablarme, como creyéndose el dueño del mundo, me tiene excitada. Nunca he sentido nada parecido y no estoy dispuesta a averiguar la clase de embrujo que está utilizando.
Porque esta es una reserva indígena y sé que ellos se traen muchas cosas ocultas, no puedo beber nada que me inviten o quién sabe de lo que sería capaz de hacer con ese salvaje, porque eso es lo que es.
—Me decepciona conocerla, su hija hablaba maravillas de usted, pero veo que se equivocó. Es arrogante, altanera, egoísta… —me dice el c*****o y lo corto.
—¡¿Quién coño se cree usted para hablarme así, sin conocerme?! ¡¿Tiene hijos?! ¡Por supuesto que no! ¡A leguas se ve lo tirano que es, dudo que alguna mujer quiera ser su pareja! —digo gritándole mientras alzo una ceja, me mira con pesar y gruñe fuerte.
Las hojas de toda la fauna que nos rodea comienzan a moverse y una ráfaga de aire me hace estremecer, erizando mis vellos y haciendo que suelte un jadeo.
En ese momento me desconcentro y mi muro imaginario de protección cae; me siento vulnerable, sensible, con ganas de llorar por todo los años de soledad que me han tocado vivir, por no sentirme anclada a nadie que pudiera contener mi dolor, mi amor, mis alegrías, mis triunfos y fracasos. Por estar sola criando a una hija que necesitaba a su papá y ante la que no me podía mostrar débil.
Cuando no soporto más la punzada en mi corazón y temblando creo que caeré de rodillas a tierra, llorando desconsoladamente; ese salvaje me salta encima, apretándome contra su cuerpo musculoso, posando una mano en mi cadera baja y la otra en mi nuca.
Presiona mi cabello exponiendo mi cuello, seguidamente me olfatea cual animal a su presa antes de devorarla y con voz profunda grita...
—¡¡¡Mía!!! —Todos nos miran estupefactos y yo no puedo reaccionar.
El tiempo se congeló y solo éramos nosotros dos. Es un hombre imponente, debe medir más de dos metros, es gigante en comparación conmigo que parezco un pigmeo a su lado.
Tengo huesos grandes pero mi 1.62 de altura no le hace mella, tampoco me interesa hacerla. Lo que quisiera es que me llevara detrás de un árbol y me hiciera de todo.
Creo que diecisiete años sin sexo me están pasando factura, pero es que este hombre estremece mi piel, con esas manos grandes que me tienen fija a su cuerpo de manera magistral, ese pelo color chocolate, que me incita a acariciarlo; esos ojos ámbar que me miran como si quisieran devorarme; esa mandíbula cuadrada que deseo recorrer con mi boca y esos labios carnosos que me están volviendo loca, llamándome como el agua de un manantial.
Vuelve a olisquear mi cuello y gruñe presionándome contra él, no puedo continuar así, no puedo permitir que un desconocido me domine de esta manera, no puedo caer en las garras de esta bestia. Debo salir de aquí, necesito darme una ducha fría para poder pensar, porque si sigo en esta pose definitivamente no lo podré hacer y terminaré rogándole que me haga suya.
Este hombre nubla mis sentidos, me estremece, me excita y hace que mi corazón se sienta completo como nunca antes, por eso debo alejarme, para descifrar qué me está pasando.
—¡Suéltame salvaje! —es lo único que se me ocurre decirle.
—¡No! —contesta y me pone de una manera espantosa lo posesivo que es.
—Necesito irme al hotel, por favor, déjame ir. —me presiona contra él y no puedo evitar jadear aferrándome a sus imponentes hombros, mi centro punza de necesidad y sé que cada vez me mojo más. No entiendo lo que me pasa, pero no puedo evitarlo.
—Eres mía y al único lugar a donde irás será a mi casa y mi cama. —dice oliendo el aire y yo no puedo reaccionar, es como si hubiese perdido la voluntad.
—Mira salvaje, tu propuesta suena muy tentadora, pero no puedo aceptarla. Primero porque no te conozco, y segundo porque necesito estar sola para pensar. —Jesús, nunca me había costado tanto hilvanar palabras.
—Noah, déjala ir por favor. Mañana cuando todos estemos más tranquilos hablamos. —dice el marido de mi hija.
—Mi objetivo está cumplido, sé que amas a mi hija y por eso te doy mi bendición. Tus sentimientos son puros y eternos, seréis muy felices. —pronuncio como en trance y al acabar de hablar, mi hija me abraza llorando.
—Mamá, pospondremos la boda y será como lo planeamos, en una semana y tú me entregarás. Mami, ¿estás bien? —la miro y luego a Jayden.
—Me alegro que te hayas esperado a su mayoría de edad para hacerla tuya. —Mis palabras salen sin pensar y aún no entiendo lo que está pasando, ni lo que estoy diciendo. Todo parece un sueño irreal.
—Mami, quédate con nosotros. —todos me miran con respeto, como haciendo reverencia, es demasiado surrealista.
—No puedo mi amor, necesito alejarme de aquí, lo siento. —digo dando media vuelta y comenzando a correr hacia el coche, un aullido me detiene y al girarme está él, sus ojos destilan fuego y el miedo se apodera de mí.
—No me temas, jamás te haría daño, eres mi todo y ahora que te encontré no te dejaré marchar. —dice mientras sus labios se apoderan de los míos y en lo único en que puedo pensar es en que estoy jodida, muy jodida.