Se despertó mucho antes de que sonara la alarma por primera vez. Había dado vueltas en la cama y dormido a ratos, mientras el miedo y el agotamiento luchaban por imponerse. Y al amanecer, el miedo había ganado. Aún estaba oscuro afuera, y el resplandor azul del reloj sobre su mesita de noche era la única fuente de luz en su habitación. Levantarse le resultaba imposible, al igual que volver a dormirse. Se levantó de la cama a gatas y se escabulló al baño, abriendo la ducha como si pudiera asearse con antelación. Solo cuando el agua comenzó a enfriarse lentamente, salió de la pequeña ducha, cuya habitación ya estaba llena de vapor húmedo. El espejo permaneció empañado hasta que el vapor se condensó en pequeños riachuelos que resbalaban por la superficie lisa. No hacía falta verle la ca

