Las semanas comenzaron a correr con sospechosa calma. Federico se encargaba de llevar a Lucas al colegio cada mañana y luego continuaba camino hasta la naviera. Había abandonado la oficina del puerto, por lo que rara vez se cruzaba con Agustina allí. Por las tardes, se dedicaba a entrenar en el gimnasio y luego, como si hubiese encontrado algún tipo de nuevo sabor en su vida, se dirigía a la playa para observar el entrenamiento de Lucas. Cenaban los tres en la casa, en general algo rápido que Agustina intentaba prepara muchas veces con poco éxito. Por eso no resultó raro que con el correr de los días, Federico comenzara a llenar la heladera de vegetales y cortes de carne que él mismo preparaba con entusiasmo. Lucía se había mostrado errática. La habían visto un par de veces en la

