Pienso que puede ser algo relacionado con nuestro aniversario, pero no es su costumbre, así que no sé por qué pueda querer sacarme de mi trabajo a media mañana.
Le digo a Piero que debo salir y me mira mal, pero cuando le digo que es mi marido quien pasará por mí, sonríe y me pide que lo salude de su parte, afirmo y pestañeo mientras suspiro consciente de que él es parte de lo que soy, no me parece de pronto descabellada la idea de buscar un empleo diferente en otro sitio.
Suena mi teléfono, atiendo porque es él.
—Estoy abajo.
—Voy bajando.
Me despido de Ana y tomo mi bolso, salgo intrigada por la actitud de Claudio, considero que puede ser también que ocurrió algo grave en su familia y que no puede decírmelo por teléfono. Me subo a su auto, suelo darle un beso en la boca al subirme a un auto así con él, pero tengo el estómago revuelto, siento asco y rabia. Él tampoco parece esperarlo.
—¿Pasó algo? —pregunto.
—Vamos a casa. Es solo ensayo de un nuevo protocolo de seguridad.
No dice nada más durante todo el camino y yo aprovecho de hacer todas esas llamadas a potenciales clientes que no hice antes, hacerlo me da algo en que entretenerme para no pensar en la infidelidad de mi marido y también llena el silencio que hay entre los dos mientras llegamos a casa, me bajo del auto aun hablando por teléfono, lo sigo.
Me echo sobre el sofá conversando con una excompañera de universidad que está interesada en los servicios de la agencia. Veo que Claudio llama a sus hombres, veo movimiento de seguridad que sigo con la vista, pero no estoy atenta a sus palabras. Termino mi llamada, él se acerca y me pide el móvil, se lo entrego, pues es rutina para que lo chequeen por seguridad.
Lo examina él mismo, lo cual es curioso, me da la espalda y se pierde por una puerta hacia su despacho, miro a los lados y voy hacia la cocina por algo para tomar, no hay nadie de servicio, lo cual es raro. Me asomo por la ventana y tampoco está nuestro personal habitual, todo está rodeado de hombres de seguridad.
Salgo corriendo de la cocina y voy hacia el despacho de Claudio, temo que estemos bajo algún tipo de ataque y que no me lo esté diciendo, toco y entro a su despacho, allí está con un grupo de técnicos que revisan mi móvil y computadoras. Él me mira impasible.
—Claudio ¿Qué pasa? ¿Te amenazaron? ¿Te atacaron?
Hace seña de que salgamos, toma mi móvil y sube las escaleras hacia nuestra habitación, lo sigo con el corazón en la boca, aprieto mis manos en los bolsillos del abrigo que llevo puesto y noto como mi respiración se agita.
Cierra la puerta de la habitación, me siento en la cama y lo miro a los ojos, me siento a punto de desmayarme, pensando en que corremos peligro.
—¿Qué pasa, Claudio? Habla.
Se acerca mucho y lo que siento es un bofetón intenso en mi mejilla derecha, me ha dado con la palma abierta, caigo sobre la cama y me llevo una mano a la cara, estoy paralizada, no quiero ni mirarlo, no entiendo qué sucede, nunca me había pegado.
—Maldita perra, te he dado de todo, todo lo que nunca habrías podido tener de no ser por mí.
—¡Claudio!
—Cállate, maldita, infeliz, ¿Giacomo? ¿Cómo te atreves? —pregunta y me jala por el cabello lanzándome al otro lado de la cama, comienzo a llorar mientras mi pulso se dispara.
Supongo que se enteró de que me vi con su hermano, está ofuscado como nunca antes lo vi, me limito a cubrir mi rostro de los golpes que me lanza. Grita frustrado.
—¿De qué hablas? Él me buscó... —grito. Se acerca a mí, nos miramos a los ojos en un duelo que me cruza el alma y me duele como sus golpes.
Pienso por un segundo que no debo reconocer que sé lo de su infidelidad, eso puede servirme para algo, lo veo agresivo y alterado como no sabía que podía ser.
—¿Para qué te buscó? Para follarte como perra y te dejaste.
Se vienen a mi mente las palabras de Giacomo, dijo que inventaría eso sobre los dos, con o sin mi participación, que tenía material suficiente para hacerle creer eso a Claudio.
Se acerca a mí alzando el móvil.
—Deseo verte pronto, extraño las cosas que me haces —lee en mi móvil, no sé cómo eso pudo llegar allí, jamás me escribí con él, así que supongo que su hermano también plantó eso.
—Claudio...
—Perra infiel, ¿qué cosas son esas? —pregunta, me levanta del suelo y comienza a desnudarme, forcejeó con él me escupe y me patea, comienzo a llorar desesperada, no deja de golpearme y patearme, grito que me deje, pero sigo firme en mi decisión de no confesar que sé lo que hace y que tengo pruebas, en medio del caos puedo ver cuál era la idea de Giacomo.
—Basta, déjame ir —grito hecha bolita en una esquina en el suelo.
—No, no creas que te voy a dejar libre para que vayas a ser una de las perras con las que se acuesta, porque no eres nadie, Isabella, no eres nadie, si algo eres hoy es por mi apellido y para mi hermano no eres más que un hueco caliente que llena para joderme a mí, porque me odia, tú no le importas ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo empezó?
Niego y me limpio la sangre, la saliva y las lágrimas con la toalla que se me cayó en la mañana al salir del baño, él jala mi cabello y me hace mirarlo a los ojos poniendo su cara muy cerca de la mía.
—¿Cómo empezó?
Me quedo callada porque ni siquiera sé qué decir, qué inventar. Sigo negando con la cabeza. Él sigue leyendo unos mensajes absurdos sobre sexo explícito con Giacomo, cosas que jamás escribiría. Cierro los ojos y comienzo a orar a Dios mentalmente, que paren los golpes, que se acabe todo.
—Jamás pensé que podrías golpearme —digo y reanudo el llanto.
—Jamás pensé que fueras una puta traidora que se va de ramera con mi hermano solo para joderme.
—Me voy, me voy a ir, me voy ahora mismo.
—No, no creas que te dejaré que te vayas con él, no creas que te dejaré ir así nada más.
Se acerca a su cajón donde tiene los relojes, saca su arma, me paralizo, me abrazo a mi incapaz de moverme, lo veo acercarse, destraba el arma y lo pone sobre mi cabeza, mi corazón y mi cuerpo están rotos, casi no importa que jale el gatillo, cierro los ojos y pido piedad a Dios.
—No vas a salir nunca más de esta casa, por ahora no saldrás de esta habitación, perra.
Quita el arma y sale de la habitación. Tomo fuerzas y corro para abrir, pero está cerrada con seguro, busco en mi mesa de noche las llaves, pero estás ya no funcionan, la puerta solo abre desde afuera, la ventana del baño y del vestidor es alta y solo mide quince centímetros para ventilación, estoy encerrada.
Dejó mi teléfono, pero no tiene línea ni se conecta a internet, el teléfono de la habitación no funciona, ni el del baño que es para emergencias, estoy secuestrada, aislada e incomunicada en mi propia casa. Me echo al piso a llorar sin entender en qué momento mi vida se dañó así.