Claudio.
Salgo de la junta y miro de soslayo a Patricia, la encuentro mirándome, se me acercan par de directivos a los que despacho de inmediato con cualquier excusa.
—Patricia, vamos a mi oficina, vamos a repasar el contrato de Miller y compañía ahora mismo.
—Claro, ahora mismo.
Camina detrás de mí, apenas entramos a la oficina, aplico la función de opacado a las ventanas, todo se pone blanco y ahora sé que nadie podrá vernos. Cierro la puerta y ella se acerca a mí rodeándome el cuello con sus brazos, nos damos un beso fugaz en los labios. La aprieto a mí conteniendo las ganas de desnudarla y hacérselo sobre el sofá o en el suelo.
—Te extrañé anoche —dice haciendo pucheros —, claro, como estabas de aniversario, supongo que celebrarán toda la semana.
Sonrío y beso su nariz.
—¿Celosa? Sabes que ella solo es mi esposa y ya, la que me importa, eres tú.
—¿Por qué sigues con ella si ni tu familia la quiere? Ella no es nadie, no es como que te dé estatus o contactos, es nadie.
—Fue mi novia por dos años y con ella me casé, no ha dado motivos para divorciarme, somos una pareja ejemplar y por ahora no quiero escándalos. Cuando necesite uno, lo habrá. Ella es mi comodín.
—Y mientras tanto te la follas a cada momento.
Me suelta y se aleja batiendo su cabello rubio, me carcajeo y la sigo, la tomó por las caderas desde atrás.
—Solo tenemos relaciones como cualquier pareja casada, sería raro que no la tocara. Ya te dije que ella no es importante, lamentablemente te conocí después de ella, desafortunadamente ya estaba casado cuando nos conocimos, la habría dejado si solo hubiésemos sido novios, te lo juro que la dejaba y me casaba contigo.
—Solo tenían seis meses de casados, tampoco era tanto.
—Habría sido un mayo escándalo. No es lo que quiero para mi imagen, y sabes que no me gusta discutir esto contigo, las cosas son así y punto, a ti no te falta nada y tienes mi promesa de que serás mi esposa algún día —digo alzando el tono. Ella se tensa bajo mis brazos.
—La odio, simplemente la odio y no soporto que duerma en la misma cama contigo.
—Son tus pechos los que deseo siempre, es tu cuerpo el que adoro tocar, lo sabes. Eres un pilar importante para mí.
Suspira. Se libera de mí y me mira de frente con sus hermosos ojos claros.
—Por cierto, supongo que no me trajiste a tu oficina para hacerme promesas de amor ¿Qué harás con los González?
—Por eso te amo, me cuidas bien. Sabía que te habías dado cuenta de que esos dos se están acercando mucho, creen que pueden hacerme oposición.
—¿Crees que estén aliados con tu hermano?
—Lo sé, estoy seguro, esos dos no son tan inteligentes. Alguien los guía y ese debe ser el imbécil de Giacomo.
—Tengo como bloquear las compras de las acciones, por ahora no es conveniente porque hay otros actores que si nos interesa que compren, a ellos puedo ponerles una pequeña trampa.
—Lo que sea, sí, no quiero que sigan comprando más acciones, no soporto sus caras petulantes y discursos estúpidos creyendo que saben de qué hablan.
Se acerca a mí nuevamente y se cuelga de mi cuello, me besa en los labios con intensidad, recibo su beso y masajeo su trasero, me enciendo enseguida, ella e Isabella son las únicas mujeres que me ponen a mil al segundo, y son mías, las dos son mías.
Se separa y sonríe con malicia.
—Creo que es hora de darle una lección a tu hermano, ha estado en las sombras arruinando tus planes, tienes que hacer algo, amor.
Lo había pensado, aún no sé qué pueda hacer para vengarme de las intromisiones de mi hermano, necesito atacar pronto pienso mientras miro a Patricia salir de mi oficina lanzando besos al aire.
Con Patricia hubo una atracción física inmediata, es una mujer demasiado hermosa y sensual, bella e inteligente: sus largas piernas y pechos llenos captaron mi atención en la entrevista, así como sus labios, no le fui indiferente y coqueteamos con descaro desde el día uno.
Nunca pensé en serle infiel a mi esposa, pero Patricia era mucha sensualidad y tentación para dejarla pasar, al día siguiente en la noche ya estábamos en un hotel haciéndolo por primera vez, además es una mujer inteligente y capaz.
Amaba a Patricia, pero mi fascinación con Isabella no podía ignorarla, la amaba también. No podía decidirme por una y mientras pudiera tenerla a las dos las tendría.
Entra Víctor con un sobre sellado, hago amago de tomarlo y noto que él me mira con insistencia.
—Lo dejó un motorizado peculiar, no lo dejaron en correspondencia y su chaqueta decía Ferrara.
—Giacomo, es un envío del maldito imbécil de mi hermano. Está bien, lo tomaré sin cautela. No me habrá enviado una bomba o ántrax hasta aquí —digo tomando el sobre que pesa.
Víctor se va y comienzo a abrir el sobre, lo primero que veo es una foto de él con Isabella en un hotel, ambos vestidos sentados en la cama conversando, mi corazón se acelera y me siento en el sofá, examino con desespero el resto del sobre, hay una foto de ella acostada en la cama con él, igual vestido, su blusa está abierta en la parte superior, sé que día fue, es de no hace mucho, sigo buscando y encuentro una foto en la que él la está abrazando.
Consigo un papel.
Me quería dejar, no la dejaré hacerlo, la necesito en mi cama como cada vez, necesito cogérmela como cada vez y complacerme en la idea de estar derramándome sobre la mujer de mi hermano, derramarme sobre sus pechos desnudos, oírla gritar de pasión cómo sé que no hace contigo.
Giacomo.
Mi pulso está acelerado, siento una tensión en mi sien y en mi cabeza que siento que me hará vomitar.
No puedo creer que mi Isabella me engañe y que lo haga precisamente con mi hermano, con ese maldito: ¿En qué momento? ¿Cómo pasó eso? Entonces todo comienza a tener sentido: la fuga de información, la actitud extraña de ella desde el día del aniversario debió ser cuando intentó terminar con él.
Camino desesperado por la oficina, quiero gritar, quiero ir por Giacomo y acabarlo, trato de calmarme, cierro los ojos y respiro profundo. Cancelo todo y escribo a Isabella que pasaré por ella a su trabajo, voy a enfrentarla de una vez, la encerraré en nuestra habitación para siempre.