A la mañana siguiente, se levantaron con la promesa de subir juntos en el teleférico, para disfrutar de la aventura de estar en el cielo o cerca de él al menos. El ascenso en el teleférico comenzó con una vibración suave que recorrió la cabina, elevándolos lentamente por encima de la ciudad de Mérida. Amelia se encontraba de pie junto a Alan, sintiendo el calor de su mano en la suya mientras observaba el horizonte que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La textura de su piel, cálida y firme, le transmitía una mezcla de calma y una emoción que no podía definir del todo. Cada vez que sus dedos se entrelazaban, sentía como si una corriente suave y constante la conectara con él, como si ese gesto sencillo pudiera hablar por todos los sentimientos que no se atrevía

