—¿Cómo pasó todo esto? —le pregunto, y él solo sonríe en señal de respuesta—. Deja la payasada de una vez por todas y dime cómo es que aparezco en esta casa de la noche a la mañana, porque que yo recuerde, estaba en mi casa. —Sí, lo sé, y lo siento por lo que hice —sonríe nuevamente—. Lo que pasa es que le puse algo a tu última copa de vino; sabía que te dormirías y no te enterarías de nada, así que aproveché que estabas sola y entré como un ladrón en tu casa muy temprano, te tomé y viajamos hasta acá. Lo sé, estuvo mal. No puedo creer hasta dónde ha llegado este hombre solo por cumplir sus caprichos. —¡Eres un imbécil! —le doy golpes en el duro pecho, pero lo único que hago es hacerme daño a mí misma—. Bien puedo llamar a la policía y denunciarte por acoso. Esto que estás haciendo es i

