Hannah ¡Dios, Hermes está aquí! Sosteniendo a nuestros hijos y debo admitir que se ve extremadamente hermoso, más hermoso de lo que imaginé. Al verlo arrullando a los bebés, tratando de afinar una canción de cuna, mi corazón da un vuelco y una genuina sonrisa se dibuja en mis labios. Él no sabe lo feliz que me hace tenerlo aquí, que mis hijos tendrán cerca a su padre y tampoco se lo diré. Sigo enojada con él, dolida y con el sentimiento de ser usada, no le perdonaré su humillación. —Hasta acá se escuchan los engranajes de tu cabeza, cerecita. ¿En qué piensas?—Su voz. Su ronca y varonil voz, me obliga a conectar nuevamente con la tierra. —En nada que te importe, Ackermann. —Todo de ti me importa, cerecita. ¿Estás bien? ¿Por qué de pronto vuelves a estar a la defensiva conmigo?—Inquier

