9 | Seducción y estrategia

1456 Palabras
Anastasia El dolor de cabeza tras el suero de la verdad de Rhett era como tener cristales rotos golpeando contra mi cráneo. Pero no había tiempo para la recuperación. El reloj corría y cada segundo que pasaba sin que yo diera un golpe certero al imperio Catalano, era un segundo en el que el topo del FBI podía vender mi cabeza. Tenía que ser más agresiva. Ya no bastaba con esperar a que Rhett me diera información; tenía que robarla de su propia boca. Aproveché que Rhett había salido a una reunión con los sindicatos del puerto para escabullirme en su despacho. Sabía que los guardias hacían sus rondas cada quince minutos. Tenía exactamente tres para colocar el micrófono de alta sensibilidad en la base de su pesada lámpara de escritorio. Era un dispositivo de nanotecnología, casi invisible al ojo humano, capaz de filtrar el ruido de fondo y captar hasta un susurro. Estaba debajo de la mesa, ajustando el transmisor con dedos temblorosos, cuando el sonido de la puerta abriéndose me heló la sangre. No fue un golpe, fue un movimiento fluido. —¿Se te ha caído algo, Savannah? —la voz de Ariadne era como el hielo crujiendo. Me incorporé lentamente, tratando de que mi rostro no mostrara el pánico que sentía. Ariadne estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una mirada cargada de una sospecha letal. Ella nunca se había tragado mi fachada de abogada perfecta. —Un pendiente —mentí, mostrando mi mano vacía—. Creo que rodó bajo el escritorio. Ariadne caminó hacia mí, sus tacones resonando contra el mármol como disparos. Se detuvo frente a la mesa y se inclinó, observando el lugar exacto donde yo había estado trabajando. Sus ojos se fijaron en el pequeño bulto n***o bajo la lámpara. —¿Y qué es esa pequeña "joya" que acabas de instalar? —preguntó, sacando una navaja pequeña de su bolsillo. Su voz era un hilo peligroso—. No pareces una mujer que pierda pendientes, Savannah. Pareces una mujer que planta problemas. Sentí que el mundo se detenía. Si ella gritaba, Rhett me mataría antes de que pudiera decir una palabra. Tenía que usar su propia paranoia contra ella. —¿Eso? —me reí, una risa seca y sin humor—. Es la razón por la que tu hermano sigue vivo hoy, Ariadne. Ella arqueó una ceja, deteniendo el movimiento de su navaja. —Explícate. —Ayer descubrí que el despacho ha sido comprometido por inteligencia externa —mentí con una seguridad que me asombró a mí misma—. El FBI tiene micrófonos direccionales apuntando a estas ventanas. Ese dispositivo que ves ahí es un inhibidor de frecuencia de grado militar. Genera ruido blanco para que cualquier cosa que Rhett diga aquí dentro suene como estática para los federales. Ariadne entrecerró los ojos, evaluando mi historia. —¿Y por qué no se lo dijiste a Rhett? —Porque Rhett está obsesionado con la lealtad y no quería que se volviera paranoico con su propia seguridad antes de la reunión de las familias —me acerqué a ella, bajando la voz—. Tú y yo sabemos que él se distrae con facilidad últimamente. Alguien tiene que cuidar sus espaldas mientras él se dedica a jugar a los amantes. Pensé que tú, siendo su hermana, apreciarías el gesto. El ego de Ariadne era su punto débil. Le encantaba creer que ella era la verdadera protectora del clan. Se quedó mirando el micrófono durante un largo minuto antes de cerrar su navaja con un clic sonoro. —Más te vale que funcione, Savannah —dijo, dándose la vuelta—. Porque si descubro que ese "inhibidor" está enviando señales a otra parte, yo misma te cortaré la lengua. Salió del despacho y yo me dejé caer en la silla, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Había ganado tiempo, pero Ariadne me seguiría como una sombra. No tuve tiempo de celebrar. Al volver a mi habitación, mi reloj vibró de nuevo. Me encerré en el baño y abrí el canal seguro. Esta vez no era Miller; era el Director de Operaciones. Su voz no permitía réplicas. —Hyde, se acabó el tiempo de los juegos. El Tesoro ha detectado movimientos en las cuentas de las Islas Caimán de los Catalano. Necesitamos los códigos de acceso de la cuenta maestra. Son doce dígitos alfanuméricos que Rhett solo maneja en persona. Tienes 72 horas para conseguirlos. Si no lo haces, abortamos la misión, extraemos a todo el equipo y tú quedarás marcada como agente quemada. No habrá protección para ti frente a la mafia si fallas. —72 horas es imposible —susurré contra el micro. —Haz que sea posible. Usa lo que tengas que usar. Sedúcelo, drógalo o róbalo, pero consigue esos códigos. Corto. La comunicación se cortó. El mensaje era claro: o entregaba a Rhett, o el FBI me entregaba a mí. Esa noche, Rhett envió un paquete a mi habitación. Dentro había un vestido de encaje n***o, tan fino que parecía hecho de humo, con una abertura lateral que llegaba hasta la cadera. No era un regalo; era un uniforme de guerra. Adjunto había una nota: "Cena con la familia Moretti. 9:00 PM. No me decepciones". Los Moretti eran los banqueros de la mafia. Si había un lugar donde Rhett manejaría los códigos de las Caimán, era en esa cena privada. Me puse el vestido, sintiendo la seda fría contra mi piel. Me miré al espejo y vi a una mujer que ya no reconocía. Anastasia Hyde habría tenido miedo. Savannah Crawford, en cambio, estaba hambrienta. Me puse un perfume pesado, de sándalo y jazmín, y bajé las escaleras. Rhett estaba esperándome en el vestíbulo, bebiendo un trago corto de coñac. Al verme bajar, se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una lentitud que me hizo arder la piel. No era solo lujuria; era una fascinación posesiva. —Te queda mejor de lo que imaginé —dijo, dejando el vaso en una mesa auxiliar—. Aunque dudo que los Moretti puedan concentrarse en los números teniéndote en la mesa. Caminé hacia él y me detuve a escasos centímetros. Puse una mano en su pecho, sintiendo el latido constante y fuerte de su corazón. —¿Y tú, Rhett? ¿Tú podrás concentrarte? —le pregunté, bajando la voz hasta que fue un susurro seductor. Él me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo con una brusquedad que me cortó el aliento. Sus dedos se enterraron en mi cadera, marcando el territorio. —Yo siempre sé exactamente dónde está mi atención, Savannah —respondió él, acercando su boca a mi cuello—. Y esta noche, mi atención está en lo que me pertenece. —Entonces llévame contigo a esa cena privada con los Moretti —dije, deslizando mi mano hacia su nuca, rozando deliberadamente la cicatriz que había descubierto—. He oído que son hombres difíciles de convencer. Deja que les demuestre que el nuevo Capo de los Catalano tiene el mejor gusto... en todo. Rhett se tensó ante el contacto en su cicatriz, pero no me apartó. Sus ojos brillaron con un desafío oscuro. Sabía que estaba tratando de manipularlo, pero su deseo de exhibirme como su trofeo era más fuerte que su precaución. —La cena es solo para socios, Savannah. Se manejan datos que podrían hundirnos a todos —dijo, aunque su resistencia se estaba desmoronando bajo mi tacto. —Soy tu abogada. Soy tu escudo legal —le recordé, rozando sus labios con los míos sin llegar a besarlo—. Déjame estar ahí. Déjame ver cómo dominas el mundo, Rhett. Me excita verte en control. Esa última frase fue el golpe de gracia. Rhett soltó un gruñido bajo y me besó con una intensidad que sabía a posesión y victoria. Me apretó contra él, recordándome que no había cerraduras en su casa, ni en mi vida. —Está bien —dijo al separarse, jadeando levemente—. Estarás en la mesa. Pero si abres la boca para algo que no sea beber vino o complacerme, te arrepentirás. —No te preocupes —respondí con una sonrisa triunfal que él interpretó como deseo—. Solo voy a observar. Subimos al coche oficial. Mientras Rhett me tomaba de la mano, apretándola con fuerza, yo sentía el peso de las 72 horas sobre mis hombros. Iba a entrar en el santuario de sus secretos financieros. Iba a robarle su fortuna y su libertad. Y lo peor de todo, es que una parte de mí deseaba que la cena nunca terminara para no tener que traicionarlo.
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