Capítulo 16: El Regreso

2197 Palabras
El día pasó en cámara lenta y a la velocidad de la luz simultáneamente. Hubo clases que no procesé. Mateo hablándome sobre ajustes finales al proyecto. Daniela mandándome mensajes preguntando si estaba bien. Todo pasó a mi alrededor como ruido de fondo mientras mi mente estaba fija en una sola cosa: 3 PM. Su vuelo aterrizaba a las 3 PM. Para las 2, ya no podía pretender concentrarme. Le mandé mensaje a Mateo cancelando nuestra sesión de trabajo. Manejé a casa con las manos temblando en el volante. Daniela estaba en el hospital —turno de 24 horas— así que la casa estaba vacía cuando llegué. Subí a mi habitación, me cambié tres veces sin razón, terminé en jeans y una camiseta simple. Como si la ropa importara. Como si algo de esto fuera normal. 3:15 PM. Ya deberían haber aterrizado. Me senté en mi cama, teléfono en mano, esperando. No sabía qué esperaba exactamente. ¿Un mensaje? ¿Una llamada? 3:47 PM. Un mensaje de mi madre. "¡Ya aterrizamos! Recogiendo equipaje. Nos vemos en una hora aprox. ¿Estás en casa?" "Sí. Los espero." "Los esperamos" hubiera sido más correcto. Pero no podía hacer que mis dedos escribieran eso. 4:30 PM. Otra hora hasta que llegaran, tal vez menos. Bajé a la sala. Me senté. Me paré. Caminé al jardín. Regresé adentro. No podía quedarme quieta. Mi teléfono vibró. Número desconocido. "Estamos en camino. Tu madre está emocionada de verte. Yo estoy... no sé lo que estoy." No respondí. No había nada que decir que no fuera peligroso poner por escrito. 5:10 PM. Escuché el auto en la entrada. Mi corazón se detuvo. Luego latió tan fuerte que pensé que saldría de mi pecho. La puerta principal se abrió. Voces. Risas. El sonido de maletas siendo arrastradas. —¿Sofía? ¿Cariño, estás en casa? Me obligué a caminar hacia la entrada. Mi madre estaba ahí, bronceada y radiante, con un vestido veraniego nuevo. Me vio y su cara se iluminó. —¡Mi niña! Me abrazó fuerte, oliendo a perfume francés y felicidad. —Te extrañé tanto. París fue hermoso, pero te extrañé. —Yo también te extrañé, mamá. Por encima de su hombro, lo vi. Alejandro estaba detrás de ella, dos maletas grandes a sus lados. Se veía cansado. Tenía ojeras que no recordaba. Cuando nuestros ojos se encontraron, algo pasó entre nosotros. Una corriente eléctrica. Un reconocimiento. Dos semanas separados no habían cambiado nada. Mi madre finalmente me soltó, girándose hacia él. —Alejandro, ¿puedes subir las maletas? Voy a preparar café. Tengo que contarle a Sofía todo sobre el viaje. —Claro. —Su voz sonaba ronca—. Vuelvo en un momento. Tomó las maletas y subió las escaleras. Yo seguí a mi madre a la cocina, cada paso sintiéndose como caminar hacia mi propia ejecución. Mi madre se movía por la cocina con energía renovada, sacando tazas, llenando la cafetera, hablando sin parar sobre París. —El Louvre fue increíble. Pasamos horas ahí. Y la Torre Eiffel de noche, Sofía, es mágico. Absolutamente mágico. —Me miró con ojos brillantes—. Algún día irás. Cuando te cases, tal vez tu esposo te lleve a París para tu luna de miel. Cada palabra era un cuchillo. —Suena hermoso, mamá. —Y Alejandro fue tan atento. Planeó cada detalle. Cenas románticas, paseos por el Sena, incluso me llevó a Versalles aunque sé que los palacios no son lo suyo. —Suspiró feliz—. Tengo mucha suerte. Alejandro bajó justo en ese momento, entrando a la cocina. Su mirada fue directamente a mí antes de desviarse a mi madre. —¿Café? —preguntó ella. —Por favor. Se sentó en la isla, al otro lado de donde yo estaba parada. La misma isla donde habíamos desayunado juntos. Donde habíamos cocinado. Donde habíamos bailado peligrosamente cerca de cruzar líneas. Mi madre seguía hablando, ahora sobre los croissants y las pastelerías francesas. Alejandro asentía en los lugares apropiados, sonreía cuando debía, pero sus ojos seguían volviendo a mí. —Bueno. —Mi madre finalmente pausó para tomar aire—. Cuéntame de ti. ¿Cómo estuvieron estas dos semanas? ¿Cómo va el proyecto con Mateo? —Bien. Casi terminado. Solo faltan algunos ajustes finales. —¿Y Daniela? Dijo que se quedó contigo. —Sí, algunas noches. Para que no estuviera sola. —Qué buena amiga. —Mi madre tomó un sorbo de café—. ¿Y la casa? ¿Todo bien? ¿Ningún problema? Solo el hecho de que me enamoré de tu esposo y él de mí y ahora estamos a punto de destruir tu vida. —Todo bien. —Perfecto. —Sonrió, tomando la mano de Alejandro sobre la mesa—. Entonces todo está perfecto. Alejandro miró nuestras manos unidas. Luego me miró a mí. Y en sus ojos vi lo mismo que sentía: esto no era sostenible. No podíamos seguir así ni un día más. Mi madre bostezó. —Perdón. El jet lag me está matando. Creo que voy a tomar una siesta antes de la cena. —Buena idea —dijo Alejandro—. Yo tengo que revisar algunos emails del trabajo de todos modos. Te despierto en un par de horas. —Perfecto. —Me besó la mejilla—. Más tarde cocinamos algo rico, ¿sí? Como familia. Como familia. Las palabras se quedaron suspendidas en el aire mientras subía las escaleras. Alejandro y yo nos quedamos en la cocina. Solos por primera vez en dos semanas. El silencio era ensordecedor. —Sofía— —No aquí. —Miré hacia las escaleras—. Puede bajar en cualquier momento. —¿Entonces dónde? —Tu estudio. En diez minutos. Yo voy primero. No esperé respuesta. Salí de la cocina antes de que pudiera decir algo más. Subí a mi habitación, cerré la puerta, me apoyé contra ella. Diez minutos. Diez minutos para calmar mi respiración, para preparar lo que iba a decir, para armar el valor de enfrentar esto. Los diez minutos más largos de mi vida. Cuando finalmente bajé, la casa estaba en silencio. Mi madre estaba en su habitación. Alejandro... estaba esperándome. La puerta del estudio estaba entreabierta. Una invitación. Una trampa. Entré. Alejandro estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, mirando al jardín. Cuando escuchó la puerta cerrarse, se giró. Nos miramos por un largo momento. Dos semanas de separación, de mensajes prohibidos, de sueños con lo que no podíamos tener. —Hola —dije finalmente, porque alguien tenía que romper el silencio. —Hola. —Su voz era suave—. Te ves... —No hagas eso. No digas cómo me veo. —¿Entonces qué digo? —La verdad. —Caminé hacia su escritorio, hacia la pared de inspiración—. Dime sobre la foto. Se quedó quieto. —¿La viste? —La vi. Con la fecha. Siete meses atrás. Cerró los ojos. —Sofía— —¿Me viste antes de conocer a mi madre? —Necesitaba escucharlo de él—. Sí o no. —Sí. El aire abandonó mis pulmones. —¿Dónde? —En esa galería. Hace siete meses. Había una inauguración. Un amigo arquitecto exponía. Fui a apoyarlo y... te vi. Parada frente a una pintura, completamente absorta. Y no podía dejar de mirarte. —¿Y qué? ¿Me seguiste? ¿Averiguaste quién era? —No. —Dio un paso hacia mí—. Te vi, me impactaste, y me fui. Intenté olvidarte. Era solo una chica bonita en una galería. Nada más. —Pero tienes mi foto. —Porque un mes después, cuando conocí a tu madre en esa conferencia, ella me mostró fotos. De su vida, su familia. Y ahí estabas. La chica de la galería. Su hija. Las piezas empezaron a encajar de una manera horrible. —¿Por eso saliste con ella? ¿Para estar cerca de mí? —¡No! —Se pasó las manos por el cabello—. Dios, no. Victoria es increíble. Inteligente, exitosa, hermosa. Me atrajo genuinamente. Y cuando vi tu foto, pensé... pensé que era el universo diciéndome que esto era correcto. Que la atracción que sentí por una desconocida en una galería estaba destinada a llevarme a tu madre. —Pero no fue así. —No. —Su voz se quebró—. Porque entonces te conocí de verdad. En esa galería, el día que nos presentó. Y no era solo atracción física. Era... todo. Tu mente, tu pasión por la arquitectura, la forma en que ves el mundo. Y me di cuenta de que había cometido el peor error de mi vida. —Casarte con mi madre. —Enamorarme de ti. Las lágrimas empezaron a caer antes de que pudiera detenerlas. —No puedes decir eso. —¿Por qué no? Es la verdad. Me pediste la verdad. —La verdad no cambia nada. Aún estás casado con mi madre. Aún es imposible. —Lo sé. —Caminó hacia mí, pero se detuvo a medio metro de distancia, como si un campo de fuerza invisible nos separara—. Pasé dos semanas intentando amarla como merece. Intentando no pensar en ti. Intentando ser el esposo que prometí ser. —¿Y? —Y cada noche me acostaba al lado de ella deseando que fueras tú. Cada beso era mentira. Cada caricia era con los ojos cerrados imaginando tu piel. Soy un monstruo, Sofía. Pero soy un monstruo enamorado de ti. —Para. Por favor, para. —¿Parar qué? ¿De decir la verdad? ¿De amarte? Ojalá pudiera. Ojalá pudiera apagar esto como un interruptor. Pero no puedo. —Entonces, ¿qué hacemos? —Las palabras salieron como un sollozo—. Porque no puedo seguir así. Viviendo en esta casa, viéndote con ella, fingiendo que mi corazón no se rompe cada vez que la tocas. —Lo sé. —Y no puedo irme porque si me voy, ella va a saber que algo está mal. Va a preguntar. Va a investigar. —Lo sé. —¡Entonces dime qué hacer! —Grité, sin importarme si mi madre podía escuchar—. Dime cómo salimos de esto sin destruir todo. Alejandro cerró la distancia entre nosotros en dos pasos. Sus manos tomaron mi cara, sus pulgares limpiando las lágrimas. —No podemos. Esa es la verdad. No hay forma de salir de esto sin destruir algo. O destruimos esto entre nosotros, o destruimos a tu madre. No hay tercera opción. —Entonces destruyamos esto. —Mi voz se quebró—. Dejemos de hablar, dejemos de vernos a solas, dejemos de— —¿Crees que no lo he intentado? ¿Crees que dos semanas en París no fueron exactamente eso? Intentar matarte dentro de mí. Pero no puedo, Sofía. Dios, no puedo. —Tienes que poder. Por ella. Por mi madre. —¿Y qué hay de ti? ¿Qué hay de nosotros? —No hay nosotros. Nunca puede haber nosotros. —Pero lo hay. —Su frente se apoyó contra la mía—. Ya lo hay. Desde el momento en que te vi en esa galería hace siete meses. Desde antes de saber tu nombre, antes de saber que eras su hija. Ya eras mía. —No soy tuya. No puedo serlo. —Pero lo eres. —Su voz era apenas un susurro—. Y yo soy tuyo. Y podemos negarlo, podemos luchar contra ello, podemos pretender que no existe. Pero no cambia lo que es. Sus labios estaban a centímetros de los míos. Podía sentir su respiración. Su calor. Todo en mí gritaba por cerrar esa distancia. Arriba, escuchamos movimiento. Mi madre despertando de su siesta. Nos separamos como si nos quemáramos. Alejandro dio varios pasos atrás, pasándose las manos por el cabello. —Tenemos que decidir —dijo rápidamente—. No hoy, no ahora, pero pronto. Porque esto... esto va a explotar. Y cuando lo haga, prefiero que sea porque lo decidimos nosotros, no porque nos descubran. —¿Y si decido que no puedo hacerle esto a mi madre? Algo doloroso cruzó su cara. —Entonces lo respeto. Me alejo. Somos padrastro e hijastra y nada más. Y aprendo a vivir con eso. —¿Puedes? —No. Pero lo intentaré. Por ti. Pasos en las escaleras. Mi madre bajando. —Vete —susurró Alejandro—. Yo salgo en un minuto. Abrí la puerta del estudio justo cuando mi madre llegaba al pie de las escaleras. —Ahí estás, cariño. —Bostezó—. ¿Qué hacías? —Nada. Solo... explorando la casa. Aún me siento rara aquí. —Bueno, es tu casa ahora también. —Sonrió—. ¿Lista para preparar la cena? Pensé que podríamos hacer esa receta de pollo que te gusta. —Claro, mamá. La seguí a la cocina, dejando a Alejandro en su estudio. Pero podía sentir su mirada en mi espalda. Podía sentir el peso de su confesión. Podía sentir cómo todo estaba a punto de cambiar. Las dos semanas habían terminado. Y ahora teníamos que decidir qué estábamos dispuestos a destruir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR