Capítulo 17: Nueva Realidad

1632 Palabras
Los siguientes días fueron un ejercicio constante de autocontrol. Mi madre volvió a su rutina normal: trabajo, viajes ocasionales, vida de casada feliz. Alejandro retomó sus proyectos, pasaba horas en su estudio, fingía normalidad con una perfección que me hacía doler. Y yo... yo intentaba sobrevivir. Las mañanas eran las peores. Bajaba a desayunar y ellos ya estaban ahí, en la cocina, compartiendo café y conversación matutina. Mi madre con su traje ejecutivo, Alejandro con camisa y jeans, ambos viéndose como la pareja perfecta que se suponía que eran. —Buenos días, cariño —me saludaba mi madre, siempre con una sonrisa—. ¿Dormiste bien? —Sí, mamá. Mentira. No había dormido bien desde la boda. Me servía café —había aprendido a usar la maldita máquina italiana finalmente— y me sentaba lo más lejos posible de Alejandro. Pero incluso con toda la isla de granito entre nosotros, podía sentir su presencia como un peso físico. —Hoy tengo reunión hasta tarde —decía mi madre, revisando su teléfono—. Probablemente llegue a las nueve. ¿Estarás bien, Sofía? —Estaré en la biblioteca. Proyecto final con Mateo. —Perfecto. —Se levantaba, besaba a Alejandro brevemente—. Te veo en la noche, amor. Y se iba, dejándonos en un silencio incómodo que ninguno de los dos sabía cómo romper. La primera mañana después de la conversación en el estudio, Alejandro se quedó sentado después de que mi madre se fue. Yo lavé mi taza, evitando mirarlo. —Sofía. —No. —Solo quiero— —No. —Me giré para enfrentarlo—. Dijiste que si decidía que no podía hacer esto, te alejarías. Pues esa es mi decisión. No más conversaciones en el estudio. No más mensajes. No más... nada. Algo dolió en su expresión. —¿Estás segura? —No. —Solté una risa amarga—. No estoy segura de nada. Pero es lo que tiene que pasar. —Está bien. —Se levantó, guardando su taza—. Entonces eso haremos. Salió de la cocina, y yo me quedé ahí, sintiendo como si acabara de cortar algo vital. Pero era lo correcto. Tenía que serlo. Excepto que "lo correcto" era increíblemente difícil de mantener. Porque vivíamos en la misma casa. Compartíamos espacios. Y por más que intentáramos evitarnos, había momentos inevitables. Como esa tarde, tres días después de su regreso, cuando llegué de la universidad y lo encontré en la piscina. Estaba nadando vueltas, su cuerpo cortando el agua con movimientos precisos. Me quedé congelada en la entrada del jardín, sabiendo que debería dar media vuelta y subir a mi habitación. Pero no podía dejar de mirar. Eventualmente salió del agua, sacudiendo su cabello. Me vio parada ahí y se detuvo. Nos miramos a través del jardín. Él sin camisa, agua deslizándose por su piel. Yo con mi mochila de la universidad, fingiendo que esto era normal. —Lo siento —dije finalmente—. No sabía que estabas aquí. —Es tu casa también. No tienes que disculparte. Pero sí tenía que hacerlo. Porque la alternativa era admitir que me había quedado ahí, mirándolo, queriendo cosas que no podía tener. Subí a mi habitación antes de que pudiera decir algo más. Esa noche, durante la cena, mi madre notó la tensión. —Están muy callados ustedes dos —observó, sirviendo más vino—. ¿Todo bien? —Estoy cansada —dije rápidamente—. Mucho trabajo en la universidad. —Y yo tengo un proyecto complicado —añadió Alejandro—. Unos clientes difíciles. Mi madre asintió, aceptando las excusas. Pero vi la pequeña arruga en su frente, esa que aparecía cuando algo la preocupaba. —Bueno, no trabajen tanto que se olviden de vivir. —Sonrió, tomando la mano de Alejandro—. La vida es demasiado corta. Él le devolvió la sonrisa, apretó su mano, y yo tuve que mirar hacia mi plato porque no podía ver eso sin que algo dentro de mí se rompiera un poco más. Los días se convirtieron en una semana. La semana en dos. Daniela seguía visitándome, aunque ya no se quedaba todas las noches. —Te ves mejor —comentó una tarde mientras estudiábamos en mi habitación—. Más... estable. —Estoy intentando. —¿Intentando qué? —Vivir con esto. Aceptar que es lo que es. Se quedó callada por un momento. —¿Y está funcionando? —No. —Solté una risa sin humor—. Pero ¿qué otra opción tengo? —Podrías irte. Mudarte a un departamento, vivir tu vida lejos de esta situación. —Y dejar a mi madre preguntándose por qué. Preocupándose. Tal vez investigando. —Tal vez ya sospecha algo. La miré bruscamente. —¿Por qué dices eso? —Porque no eres tan buena actriz como crees. Y tu madre no es tonta. —Daniela cerró su libro—. La forma en que evitas estar en la misma habitación que él. La forma en que te tensas cuando lo menciona. Eventualmente va a notar el patrón. —Entonces, ¿qué hago? —Actúa más normal. Paradójicamente, mientras más lo evites, más obvio se vuelve. Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Así que empecé a hacer un esfuerzo consciente. Desayunaba con ellos. Cenaba en familia. Participaba en conversaciones. Fingía que Alejandro era simplemente mi padrastro y nada más. Era agotador. Pero mi madre parecía más relajada. La arruga de preocupación desapareció. Volvió a su felicidad burbujeante. —Me encanta esto —dijo una noche durante la cena—. Los tres juntos. Se siente como familia de verdad. Alejandro y yo intercambiamos una mirada breve. La primera vez que nos mirábamos directamente en días. En sus ojos vi el mismo dolor que sentía yo. La misma mentira que estábamos viviendo. —Sí, mamá —logré decir—. Se siente como familia. Esa noche, no pude dormir. Eran casi las dos de la mañana cuando bajé por agua. La casa estaba oscura y silenciosa. Excepto que no estaba completamente oscura. Había luz saliendo del estudio. Me quedé paralizada al pie de las escaleras. Sabía que debería subir. Ignorarlo. Mantener la distancia que habíamos establecido. Pero mis pies tenían otros planes. La puerta del estudio estaba entreabierta. Alejandro estaba sentado en su escritorio, inclinado sobre planos, una lámpara de escritorio creando un charco de luz en la oscuridad. Toqué suavemente la puerta. Levantó la vista, sorprendido. Luego vi algo más en su expresión. Alivio, tal vez. O resignación. —No puedo dormir —dije, aunque no había preguntado. —Yo tampoco. —¿Puedo...? —Señalé hacia adentro. Dudó. Ambos sabíamos que esto era mala idea. Que romper la distancia que habíamos mantenido tan cuidadosamente era peligroso. Pero asintió. Entré, cerrando la puerta detrás de mí. Me senté en el sillón frente a su escritorio, manteniendo el mueble entre nosotros como barrera. —¿Qué estás diseñando? —pregunté, porque necesitaba llenar el silencio con algo seguro. —Un proyecto residencial. Casas sustentables. —Giró el plano para que pudiera verlo—. El cliente quiere maximizar luz natural pero mantener la privacidad. Es... complicado. Me levanté para ver mejor, inclinándome sobre el escritorio. El diseño era inteligente, elegante. Ventanas estratégicamente colocadas, patios internos, uso de vegetación como pantallas naturales. —Aquí —señalé un área—. Podrías usar paneles móviles. Madera con perforaciones. Dejan pasar luz pero crean privacidad visual. Sus ojos se iluminaron. —Eso es... brillante. —Tomó un lápiz, empezó a bosquejar—. Como un celosía moderno. —Exacto. Y si usas diferentes densidades de perforación, puedes controlar cuánta luz entra en diferentes momentos del día. Trabajamos en silencio por un momento, él dibujando mientras yo señalaba posibilidades. Era fácil perderse en esto. En la arquitectura. En crear algo hermoso juntos. —Te extrañé —dijo de repente, sin levantar la vista del dibujo. Mi respiración se detuvo. —Alejandro— —Lo sé. No debería decirlo. Pero estamos aquí, solos, a las dos de la mañana, y solo... necesitaba que lo supieras. Estas dos semanas manteniendo distancia han sido un infierno. —Para mí también. —¿Entonces por qué lo hacemos? —Porque es lo correcto. —¿Lo correcto? —Finalmente me miró—. ¿Estar miserable es lo correcto? ¿Fingir que no existimos el uno para el otro? —Sí. —Mi voz se quebró—. Porque la alternativa destruye a mi madre. —Ya la estamos lastimando. Con cada mentira. Con cada momento que fingimos. —Pero no lo sabe. Y mientras no lo sepa, todavía puede ser feliz. —¿Y nosotros? ¿Nunca merecemos ser felices? No tenía respuesta para eso. El silencio se extendió, pesado y cargado. —Debería irme —dije finalmente—. Antes de que esto se complique más. —Ya está complicado, Sofía. No puede estar más complicado de lo que ya está. —Siempre puede estar más complicado. Siempre puede empeorar. Me levanté para irme. Llegué a la puerta. Mi mano estaba en la perilla. —Sofía. Me detuve pero no me giré. —Si alguna vez cambias de opinión... si alguna vez decides que esto vale la pena el precio... solo dímelo. Y encontraremos la manera. —No va a pasar. —Lo sé. Pero necesitaba decirlo. Salí del estudio sin mirar atrás. Subí a mi habitación. Me metí en la cama. Y lloré hasta que el amanecer tiñó el cielo de rosa. Porque tenía razón. Esto ya estaba complicado. Ya estaba mal. Y no importaba cuánta distancia pusiéramos, no importaba cuánto fingiéramos, no cambiaba lo fundamental: Estaba enamorada del esposo de mi madre. Y él estaba enamorado de mí. Y no había forma de que esto terminara bien.
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