Capítulo 11: El día de la boda (Parte 1)

2342 Palabras
Me desperté con el sonido de mi madre riendo en el pasillo. Por un momento, en ese espacio nebuloso entre el sueño y la vigilia, olvidé qué día era. Luego la realidad cayó sobre mí como una avalancha. Hoy era la boda. Mi teléfono marcaba las 8:47 AM. La ceremonia era a las cuatro de la tarde. Siete horas y trece minutos antes de que Alejandro Navarro se convirtiera legalmente en el esposo de mi madre. Siete horas y trece minutos antes de que mi vida cambiara para siempre. Me quedé en la cama mirando el techo, escuchando el caos organizado que ya había comenzado abajo. Voces, pasos apresurados, el timbre sonando constantemente. La casa vibraba con energía y anticipación. Un golpe suave en mi puerta. —¿Sofía? —la voz de mi madre, cantarina y feliz—. ¿Estás despierta, cariño? Me forcé a sentarme. —Sí, mamá. Estoy despierta. La puerta se abrió y ahí estaba, ya maquillada a medias, con una bata de seda blanca que decía "NOVIA" en letras doradas en la espalda. Se veía radiante. Emocionada. Feliz de una manera que no la había visto en años. Y yo estaba a punto de sostener su ramo mientras se casaba con el hombre que amaba. El hombre que yo amaba. —El desayuno está listo —dijo—. Mónica ya llegó con su equipo. Las chicas de maquillaje vienen en una hora. Tu vestido ya está planchado y... —se detuvo, observándome—. ¿Estás bien? Te ves pálida. —Estoy bien —mentí—. Solo nerviosa por ti. Su sonrisa se suavizó y cruzó la habitación para sentarse en mi cama, tomando mis manos entre las suyas. —Sofía, sé que esto ha sido mucho para ti. Un cambio enorme. Y sé que no hemos tenido la oportunidad de hablar realmente sobre... sobre todo esto. Sobre convertirnos en una familia. Si supieras, pensé. Si tuvieras la menor idea. —Pero quiero que sepas —continuó, sus ojos brillantes—, que nada cambia entre tú y yo. Sigues siendo mi prioridad. Mi hija. Lo más importante en mi vida. La culpa me atravesó tan aguda que casi no pude respirar. —Lo sé, mamá. —Y Alejandro... él realmente quiere que esto funcione. Quiere ser parte de esta familia. No está tratando de reemplazar a tu padre, solo... solo quiere que todos seamos felices juntos. Felices juntos. Si ella supiera cuánto quería Alejandro ser parte de esta familia. Si supiera exactamente qué tipo de felicidad buscábamos él y yo. —Mamá, yo... —Shh —me interrumpió, besando mi frente—. No tienes que decir nada. Sé que le darás una oportunidad. Eso es todo lo que pido. Ahora, vístete y baja a desayunar. Tenemos un día muy largo por delante. Se fue antes de que pudiera responder, dejando un rastro de perfume caro y felicidad ignorante. Me quedé sentada en mi cama, las palabras que no había dicho quemándome la garganta. "Mamá, estoy enamorada de tu prometido." "Mamá, nos besamos. Varias veces." "Mamá, anoche me dijo que me ama." Pero las palabras se quedaron atrapadas, como siempre. Porque era cobarde. Porque era egoísta. Porque ya era demasiado tarde. Bajé a las nueve y media. La casa era un torbellino de actividad. Mónica, la wedding planner, dirigía a su equipo como un general en batalla. Los floristas colocaban las últimas hortensias en el arco. El personal de catering organizaba la cocina. Los fotógrafos probaban ángulos y luz. Y en medio de todo, evitando cuidadosamente mi mirada, estaba Alejandro. Vestía jeans y una camiseta gris simple, pero incluso en ropa casual se veía... devastadoramente atractivo. Tenía ojeras, como si tampoco hubiera dormido. Cuando nuestros ojos se encontraron accidentalmente a través de la sala, el dolor en su expresión casi me hizo tropezar. Aparté la mirada primero. De nuevo. —¡Sofía! —Daniela apareció de la nada, agarrándome del brazo—. Necesito hablar contigo. Ahora. Me arrastró hacia mi habitación y cerró la puerta. —¿Cómo estás? —preguntó, estudiando mi rostro—. Y no me digas "bien" porque claramente no lo estás. —No dormí. —Lo sé. Se te nota —suspiró—. Mira, todavía puedes detener esto. Todavía hay tiempo. —No, no lo hay. —Sofía... —Dani, ya tomé mi decisión. O mejor dicho, la decisión se tomó por mí. Él se casa con mi madre hoy. Yo seré testigo. Y después... después aprenderemos a vivir con esto. —Eso es una locura. —Lo sé —mi voz se quebró—. Pero es la única locura que puedo permitirme. Daniela me abrazó fuerte, y por un momento me permití derrumbarme un poco en sus brazos. —Voy a estar aquí todo el día —susurró—. Pase lo que pase. ¿Okay? —Okay. A las once, llegaron las chicas de maquillaje y cabello. Mi madre ya estaba en su habitación siendo atendida por su propio equipo. Yo me senté en la silla del comedor convertido en salón de belleza temporal, rodeada de espejos y luces brillantes. —¿Cómo quieres el cabello? —preguntó la estilista, una mujer joven llamada Carla. —Como sea —respondí sin pensar. Daniela, sentada a mi lado esperando su turno, me dio un codazo. —Ondas sueltas —dijo por mí—. Naturales pero elegantes. Mientras Carla trabajaba en mi cabello, observé por la ventana. El jardín estaba casi listo. Las sillas blancas perfectamente alineadas en hileras, cincuenta de cada lado del pasillo central cubierto de pétalos blancos. El arco al final era una obra de arte en rosas y hortensias. Había guirnaldas de luces blancas que se encenderán cuando cayera la tarde. Era perfecto. Como sacado de una revista. El día de boda perfecto para la pareja perfecta. Excepto que nada era perfecto. Todo estaba podrido por dentro, carcomido por secretos y amor prohibido. —Listo —dijo Carla después de cuarenta minutos—. ¿Qué te parece? Me miré en el espejo. Mi cabello caía en ondas suaves sobre mis hombros. El maquillaje era natural pero hacía que mis ojos se vieran más grandes, mis labios más llenos. Me veía... bonita. Me veía como alguien que podría ser feliz en una boda. La máscara estaba perfecta. A las dos de la tarde, me puse el vestido. Era color lavanda pálido, largo hasta el suelo, con tirantes delgados y escote en V. Elegante y apropiado para una madrina. Mi madre lo había elegido personalmente. —Te ves hermosa —dijo Daniela cuando salí del baño. —Me veo como una hipócrita —murmuré. Tía Patricia entró en ese momento, también ya vestida, con un traje rosa claro. —Sofía, tu madre te necesita. Está poniéndose el vestido y quiere que estés ahí. Por supuesto que quería. Porque así es como funcionan las madres e hijas. Comparten esos momentos. Las hijas ayudan a sus madres a vestirse el día de su boda. Las hijas que no están enamoradas del novio. Subí las escaleras sintiéndome como si caminara hacia mi ejecución. La habitación master—que pronto compartiría con Alejandro oficialmente—estaba llena de mujeres. Las amigas de mi madre, la maquilladora, la estilista, tía Patricia detrás de mí. Y en el centro, frente al espejo de cuerpo completo, estaba mi madre. El vestido de novia era impresionante. Blanco marfil, ajustado en el torso con encaje delicado, falda que fluía como agua. Strapless, elegante, perfecto para su figura. Se veía diez años más joven. Se veía radiante. —Sofía —dijo cuando me vio, sus ojos llenándose de lágrimas—. ¿Puedes ayudarme con el cierre? Me acerqué con piernas temblorosas. Mis dedos torpemente alcanzaron el cierre en su espalda y lo subí lentamente, cerrando cada pequeño gancho. Cada gancho estaba un segundo más cerca de lo inevitable. —Gracias, cariño —dijo cuando terminé. Se volteó para mirarse en el espejo, y todas las mujeres en la habitación suspiraron. —Victoria, estás preciosa —dijo Laura. —Alejandro va a llorar cuando te vea —agregó Cristina. Alejandro, pensé. ¿Estás tan destrozado como yo? Mi madre se giró hacia mí, tomando mis manos. —¿Cómo me veo? —Hermosa, mamá —y era verdad—. Te ves absolutamente hermosa. Sus lágrimas finalmente cayeron, y la maquilladora corrió a retocarle el rímel. —No llores todavía —le regañó—. Guarda las lágrimas para la ceremonia. Pero era tarde. Mi madre estaba llorando, y luego todas estaban llorando, y yo también tenía que llorar porque eso era lo que se esperaba. Excepto que mis lágrimas no eran de alegría. Eran de culpa. De dolor. De saber que en dos horas, todo se volvería irrevocable. A las tres y media, los invitados empezaron a llegar. Yo estaba en el piso de abajo, en mi rol oficial de madrina, saludando a tíos, primos, amigos de la familia que no había visto en años. Todos decían lo mismo: "Qué emocionante." "Tu mamá se ve tan feliz." "Alejandro parece un gran tipo." Sonreí y asentí y representé mi papel a la perfección. A las tres cuarenta y cinco, Mónica me encontró. —Es hora. Necesitamos que te posiciones. Me llevó afuera donde los invitados ya estaban sentados, conversando en voz baja, admirando las decoraciones. Cincuenta personas. No era una boda grande, pero era íntima, personal, perfecta. Al final del pasillo, junto al arco de flores, estaba el oficiante. Un hombre mayor con expresión amable y Biblia en mano. Y junto a él, en traje gris oscuro perfectamente cortado, camisa blanca, sin corbata—exactamente como había dicho que lo usaría—estaba Alejandro. Nuestros ojos se encontraron a través de todo el jardín, y el mundo se detuvo. Se veía destrozado. Se veía devastado. Se veía como un hombre caminando hacia su propia ejecución. Exactamente como yo me sentía. La música comenzó. Era mi señal. Tomé el pequeño ramo de lavanda que Mónica me entregó y comencé a caminar. Paso. Paso. Paso. Cada paso por el pasillo de pétalos blancos me acercaba a él. Cada paso me acercaba al momento en que todo se volvería oficial. Las miradas de cincuenta personas sobre mí. Sonrisas. Algunas lágrimas. Daniela en la tercera fila con expresión preocupada. Ricardo sentado adelante, también viéndose incómodo. Y Alejandro. Alejandro observándome caminar hacia él como si fuera la última cosa que quería ver y lo único que necesitaba ver al mismo tiempo. Llegué al final. Tomé mi posición a la izquierda del arco. Ahora estábamos a metros de distancia. Podía ver cada detalle de su rostro. La tensión en su mandíbula. El dolor en sus ojos. La forma en que sus manos estaban cerradas en puños a sus costados. La música cambió. La marcha nupcial. Todos se pusieron de pie. Y ahí, al final del pasillo, apareció mi madre del brazo de mi tío Fernando. Alejandro volteó para verla, como todos los novios hacen. Y algo en su expresión cambió. Se suavizó. Porque mi madre se veía hermosa. Porque era su día. Porque esto era real. Vi el momento exacto en que Alejandro tomó su decisión. La decisión de seguir adelante. La decisión de hacer esto. La decisión de casarse con mi madre y relegar lo que sentía por mí a un secreto que cargaremos para siempre. Mi madre caminó por el pasillo radiante, llorando lágrimas felices. Los invitados susurraban lo hermosa que se veía. Algunas personas sacaron pañuelos. Cuando llegó al altar, mi tío Fernando la entregó formalmente, besando su mejilla antes de sentarse. Mi madre me pasó su ramo. Nuestros ojos se encontraron y ella me sonrió, una sonrisa que decía gracias por estar aquí, gracias por apoyarme, gracias por ser mi hija. Tomé el ramo con manos que apenas temblaban. Alejandro y mi madre se pararon frente al oficiante, tomados de las manos. —Queridos amigos y familia —comenzó el oficiante—, estamos reunidos aquí hoy para presenciar la unión de Victoria y Alejandro en santo matrimonio... Las palabras continuaron. Yo las escuché desde muy lejos, como si estuviera bajo el agua. "...si alguien presente conoce alguna razón por la cual estas dos personas no deberían casarse, que hable ahora o calle para siempre." El silencio era absoluto. Esta era mi oportunidad. Mi última oportunidad. Una palabra. Una sola palabra y esto se detendría. Miré a Alejandro. Él me estaba mirando también, por encima del hombro de mi madre. En sus ojos leí la pregunta. La súplica. La resignación. Abrí mi boca. Y la cerré. No dije nada. —Muy bien —continuó el oficiante—. Alejandro, repite después de mí... Y así comenzaron los votos. Las promesas. Las mentiras. "Yo, Alejandro Navarro, te tomo a ti, Victoria Mendoza, como mi legítima esposa..." Cada palabra era un cuchillo. "...en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza..." Cerré los ojos. "...hasta que la muerte nos separe." —Sí, acepto —dijo Alejandro, y su voz sonó firme. No vaciló. No titubeó. Dijo las palabras que lo atarían a mi madre para siempre. Ahora era el turno de ella. "Yo, Victoria Mendoza, te tomo a ti, Alejandro Navarro..." La escuché prometer amarle. Cuidarle. Permanecerle fiel. Y sabía que ella lo decía en serio. Cada palabra. Porque mi madre no sabía. Ella creía que este amor era correspondido igualmente. Ella creía que estaba comenzando su felices para siempre. —Sí, acepto —dijo, llorando lágrimas de alegría. —Por el poder que me confiere esta congregación —dijo el oficiante—, los declaro marido y mujer. Alejandro, puedes besar a la novia. Alejandro se inclinó y besó a mi madre. El jardín explotó en aplausos. Y yo aplaudí también, con una sonrisa perfecta en mi rostro y el corazón haciéndose pedazos en mi pecho. Era oficial. Alejandro Navarro era ahora el esposo de mi madre. Mi padrastro. Y absolutamente nada volvería a ser igual.
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