Capítulo 10: Último día de soltero

1750 Palabras
La casa parecía haber explotado en un caos organizado de flores blancas, listones de seda y personas corriendo de un lado a otro. Desde la ventana de mi habitación, observaba cómo transformaban el jardín de Alejandro en el escenario perfecto para la boda de mi madre. Su boda. Mañana. Un día. Veinticuatro horas antes de que se convirtiera oficialmente en mi padrastro. —¡Sofía! —la voz de mi madre atravesó el pasillo—. ¿Puedes bajar? Están llegando tus tíos. Cerré los ojos y respiré profundo. —Voy en un segundo. Bajé las escaleras evitando mirar hacia el estudio. Hacía dos días que Alejandro y yo apenas nos habíamos cruzado palabra. Después de mi ultimátum, después de que quedara claro que él no cancelaría la boda, habíamos caído en un silencio denso y doloroso. La sala estaba llena de gente que no había visto en años. Tía Patricia fue la primera en atraparme en un abrazo. —Mira nada más qué grande estás —dijo, sosteniéndome por los hombros—. ¿Y? ¿Qué te parece tu nuevo padrastro? Algo debió cambiar en mi expresión porque su sonrisa vaciló ligeramente. —Es... mamá está muy feliz —dije, evadiendo. Patricia me estudió con esos ojos que siempre veían demasiado, pero mi madre apareció radiante y la atención se desvió. A las tres de la tarde llegó el padre de Alejandro. Don Arturo Navarro era un hombre de sesenta y tantos años, delgado y encorvado por años de trabajo duro. Vestía un traje nuevo que le quedaba ligeramente grande. —Usted debe ser Sofía —me dijo con calidez genuina—. Mi hijo me ha hablado mucho de usted. ¿En serio? ¿Qué le había dicho exactamente? —Mucho gusto, Don Arturo. —Vamos a ser familia —dijo, y la palabra me golpeó como un puñetazo. Vi a Alejandro observándonos desde el otro lado de la sala, su expresión inescrutable. —Es un buen hombre, mi Alejandro —continuó Don Arturo—. Tu mamá es afortunada. No supe qué responder. Afortunadamente, Ricardo llegó en ese momento con su familia, creando suficiente distracción. A las cinco, mi madre insistió en ensayar la ceremonia. Me tocó practicar mi papel como testigo principal. Debía caminar por el pasillo primero, pararme a un lado, sostener su ramo durante los votos. Simple. Directo. Tortura absoluta. Caminé por el pasillo improvisado entre las sillas vacías. Al final, Alejandro esperaba practicando su papel de novio. Nuestros ojos se encontraron cuando llegué. Hubo un destello de algo—dolor, anhelo, desesperación—antes de que ambos miráramos hacia otro lado. —Perfecto —dijo la wedding planner—. Ahora Victoria. Mi madre apareció radiante del brazo de mi tío Fernando. Incluso en jeans, incluso en un ensayo, estaba feliz. Completamente ajena a todo. —¿Alguien se opone a esta unión? —bromeó la planner cuando mi madre llegó al altar, y todos rieron. Todos excepto yo. Y Alejandro. Sus ojos encontraron los míos por encima de la cabeza de mi madre: ¿Y si alguien se opone? Aparté la mirada primero. A las siete, las mujeres se fueron a la despedida de soltera y los hombres se quedaron para la despedida de soltero. —Tienes que venir —insistió mi madre. —Tengo que estudiar, mamá. Tengo un examen el lunes. —Un par de horas no te harán daño —había súplica en su voz. Comparte este momento conmigo. La culpa me atravesó como un cuchillo. —Está bien —cedí. El spa era elegante, música suave y olor a lavanda. Nos dieron champagne mientras nos hacían pedicuras. —Brindo por Victoria —dijo Laura, amiga de mi madre—. Que mañana sea el comienzo de tu felicidad para siempre. Yo me bebí mi copa de un trago. —Y brindo por Alejandro —agregó Cristina con sonrisa pícara—. Dios mío, Victoria, esos ojos verdes deberían ser ilegales. Mi madre se sonrojó, complacida. —Sofía, ¿no crees que tu mamá atrapó un premio? —preguntó Mariana. Todas las miradas se volvieron hacia mí. La habitación se encogió. —Sí —dije, voz hueca—. Es un buen tipo. —¿Solo "buen tipo"? —rió Laura—. Si yo tuviera veinte años menos... Más risas. Mi madre radiante. Yo queriendo desaparecer. —Disculpen, necesito ir al baño —me levanté demasiado rápido. Encerrada en el baño, me apoyé contra la puerta respirando con dificultad. En el espejo, mi reflejo tenía ojos brillantes por lágrimas que me negaba a derramar. No podía hacer esto. No podía escucharlas hablar de lo perfecto que era Alejandro para ella. Saqué mi teléfono: Daniela, rescátame. Por favor. Dame 20 minutos. Inventa una emergencia. Veintitrés minutos después, mi teléfono sonó. Daniela. Actué sorprendida. —¿Qué? ¿Estás segura? Okay, voy para allá —colgué y miré a mi madre—. Mamá, lo siento. Daniela tuvo una emergencia en su departamento. Se rompió una tubería. Mi madre frunció el ceño, decepcionada. —Está bien, cariño. Ve. Solo no llegues tarde. Mañana será un día largo. La besé en la mejilla, Judas personificado, y escapé. Daniela me esperaba dos calles más abajo. —Te ves terrible —dijo sin rodeos. —Maneja —cerré los ojos—. Solo maneja. Pero después de cinco minutos, las palabras salieron. —Mañana se casa con mi madre, Dani. Y yo voy a estar ahí parada sonriendo como si todo fuera perfecto. Como si no estuviera enamorada de él. Como si... Mi voz se quebró. —Como si no te hubiera roto el corazón —completó Daniela. —Le di un ultimátum. "Cancela la boda o me voy." Y él eligió. —Eligió hacer lo correcto. —Eligió hacer lo correcto, incluso cuando nos destruye a ambos. Daniela me llevó a comprar comida china y ver películas malas en su departamento. —Mañana va a ser el día más difícil de tu vida —dijo después—. Pero vas a sobrevivir. —¿Y si no lo hace doler menos? —Entonces aprenderás a vivir con el dolor. Es lo que hacemos. Sobrevivimos. Llegué a casa a las once. La despedida de soltero todavía continuaba, voces masculinas en la terraza, risas ocasionales. Entré sigilosamente, con intención de subir directo a mi habitación. Pero Ricardo estaba en la cocina, buscando hielo. —Sofía —su voz sonaba ligeramente arrastrada por el alcohol—. ¿Tú sabes por qué Alejandro está tan callado esta noche? Mi corazón se detuvo. —No tengo idea. Tal vez nervios pre-boda. Ricardo asintió lentamente, no convencido. —Es un buen hombre, Sofía. Mi mejor amigo. Sea lo que sea que esté pasando... solo espero que todos salgan bien de esto. Se fue dejándome congelada. ¿Sabía algo? ¿Sospechaba? Mi teléfono vibró. Alejandro: ¿Estás despierta? Debería ignorarlo. Debería subir a mi habitación. Yo: Acabo de llegar. Alejandro: ¿Puedes salir? Al jardín trasero, lejos de la casa. Sin que nadie te vea. Yo: No es buena idea. Alejandro: Lo sé. Pero es nuestra última oportunidad. Última oportunidad. Yo: Dame 5 minutos. Esperé hasta que las voces se apagaron, hasta que escuché despedidas. Bajé descalza, fantasma en mi propia casa. El jardín trasero estaba bañado en luz de luna. Alejandro miraba el cielo. —Viniste —dijo sin voltear, sorprendido. —No debería estar aquí. —Lo sé —finalmente se volteó—. Pero mañana todo cambia. Oficialmente. Legalmente. Y necesitaba verte. Antes. —Antes de que te conviertas en mi padrastro. —No me llames así —su voz se quebró—. Por favor. —¿Pero no es lo que serás? Cerró la distancia en tres pasos, deteniéndose a centímetros. —No sé qué soy para ti. No tengo palabras para lo que siento cuando te miro. —Amor prohibido —susurré—. Error. Traición. —Sofía... —Dime que mañana te casarás con mi madre y olvidaremos que esto pasó. Dime eso. —No puedo. —¿Por qué no? —Porque sería mentira —su mano tocó mi mejilla—. La mayor mentira que he dicho fue cuando le dije a tu madre "sí" cuando me preguntó si la amaba. Porque en ese momento, solo pensaba en ti. Las lágrimas finalmente cayeron. —No digas eso. No la noche antes de tu boda. —¿Es demasiado tarde? —preguntó, desesperado—. Di la palabra, Sofía. Una palabra. Y mañana cancelo todo. —No —dolió físicamente—. No puedes hacerle eso. Ella te ama. Y yo no puedo ser la razón por la que destruyas a mi madre. —¿Pero puedes vivir con esto? ¿Conmigo y casado con ella? —No. Pero es mejor que la alternativa. Su frente tocó la mía. —Entonces déjame tener esto. Un último momento antes de que se vuelva imposible para siempre. No sé quién cerró la distancia. Su boca encontró la mía y fue diferente. Lento, reverente. Como una despedida. Sus manos en mi cabello, las mías aferradas a su camisa. Por un momento, todo lo demás desapareció. Cuando nos separamos, ambos llorábamos. —Te amo —dijo Alejandro, como disculpa—. Sé que no tengo derecho. Pero mañana me caso con tu madre y nunca podré volver a decírtelo. Necesito que lo sepas. Te amo, Sofía Mendoza. Quería gritarle. Quería golpearlo. Pero dije la verdad. —Yo también te amo. Nos quedamos abrazados hasta que el frío nos obligó a separarnos. —Mañana —comencé. —Mañana serás la madrina de tu madre. Y yo seré su esposo. Y ambos sonreiremos. —¿Y después? —Después... intentaremos sobrevivir. Regresamos por separado. Él primero. Yo después, fantasma en mi propia vida. En mi habitación, tomé mi teléfono y abrí el contacto de mi madre. Los dedos sobre el teclado. "Mamá, necesito decirte algo sobre Alejandro..." Las palabras estaban ahí. Una confesión. Una bomba. La opción correcta. Pero mis dedos no se movieron. Borré el mensaje sin enviar. Mañana, cuando el oficiante preguntara si alguien se oponía a esta unión, sabía exactamente lo que iba a hacer. Absolutamente nada. Y eso me convertiría en cómplice de mi propia destrucción. Cerré los ojos y esperé a que llegara el amanecer. Mañana, la boda. Mañana, todo cambiará. Mañana me convertiré en la hijastra del hombre que amo. Y no hay nada que pueda hacer para detenerlo.
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