Seis días antes de la boda, mi madre me arrastró a su última prueba de vestido. —Necesito tu opinión, cariño. Tú siempre has tenido mejor gusto que yo. No quería ir. Cada aspecto de esta boda se sentía como una traición. Pero ¿cómo podía negarme sin levantar sospechas? La boutique era elegante, llena de espejos y luz natural. Había champagne y fresas con chocolate esperando. El tipo de lugar donde los sueños se hacen realidad. O donde las pesadillas se vestían de blanco. Mi madre salió del probador y mi corazón se detuvo. El vestido era perfecto. Elegante, sofisticado, exactamente su estilo. Marfil con encaje delicado, que se ajustaba en todos los lugares correctos. Se veía radiante. Feliz. Enamorada. —¿Y bien? —Giró frente al espejo—. ¿Qué piensas? Las lágrimas quemaron mis ojos a

