El viernes por la noche, la noche antes de que mi madre regresara, cometí el error de bajar a la cocina por agua.
Eran las dos de la mañana. Había estado dando vueltas en la cama durante horas, incapaz de dormir, mi mente reproduciendo en loop la conversación junto a la piscina. La forma en que Alejandro había dicho "te dio a ti." La forma en que me había mirado.
La casa estaba en silencio, a oscuras excepto por una luz tenue que venía del primer piso. Bajé descalza, en shorts de dormir y una camiseta vieja de la universidad, sin molestarme en ponerme algo más decente. Se suponía que todos estaban dormidos.
Pero al entrar a la cocina, me congelé.
Alejandro estaba sentado en la isla, con una laptop abierta frente a él y un vaso de whisky a medio terminar. Llevaba solo pantalones de pijama grises, el torso desnudo, el cabello desordenado como si se hubiera pasado las manos por él mil veces. Había papeles esparcidos por toda la isla, planos arquitectónicos y hojas llenas de notas.
Levantó la vista cuando entré, y algo oscuro cruzó sus ojos al verme.
—No podías dormir tampoco. —No fue una pregunta.
—Necesitaba agua.
—Hay una botella en tu baño.
Tenía razón. La había visto. Pero eso significaría admitir que había bajado por otra razón, una que ni siquiera yo quería reconocer.
—Necesitaba... estirar las piernas —mentí torpemente.
Alejandro cerró la laptop lentamente, sin apartar su mirada de mí. La forma en que me miraba... como si estuviera memorizando cada detalle. Como si estuviera librando una batalla interna.
—¿Qué estás haciendo despierto? —pregunté, acercándome a la isla, manteniendo una distancia segura.
—Trabajando. Tengo una presentación importante el lunes. —Tomó un sorbo de su whisky—. Aunque honestamente, no he logrado concentrarme en nada esta semana.
—¿Por qué no?
Otra pregunta peligrosa. Parecía que no podía dejar de hacerlas cuando estaba cerca de él.
Alejandro se levantó, rodeando la isla. Cada paso que daba hacia mí hacía que mi pulso se acelerara. Se detuvo a un metro de distancia, pero se sentía como si no hubiera espacio entre nosotros.
—Sabes por qué.
Dos palabras. Solo dos palabras, pero cambiaron todo.
—No sé de qué hablas.
—Sofía. —Dijo mi nombre como una plegaria, como una maldición—. No me hagas decirlo.
—Decir qué.
—Que esta semana ha sido un infierno. —Dio otro paso—. Que cada mañana cuando bajo y te veo en la terraza con tu café, con el sol en tu cabello, tengo que recordarme que no puedo tocarte. Que cada noche cuando cocino contigo y te ríes de algo tonto que digo, me olvido por un segundo de por qué está mal. Que cuando te vi parada en esa puerta mirándome en la piscina, la forma en que me mirabas...
—No te miraba de ninguna forma —susurré, pero mi voz me traicionó.
—Sí lo hacías. —Otro paso. Ahora estaba tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos verdes—. Me mirabas de la misma forma que yo te miro a ti cuando crees que no me doy cuenta.
Mi espalda chocó contra la encimera. No recordaba haber retrocedido.
—Esto está mal —dije, pero no sonó convincente ni para mí misma.
—Lo sé. —Sus manos se apoyaron en la encimera a cada lado de mí, atrapándome —. Créeme, lo sé. Tu madre... Dios, tu madre. La mujer con la que voy a casarme. La mujer que confía en mí. Y yo aquí, a punto de...
—¿A punto de qué?
Sus ojos bajaron a mis labios. Mi respiración se detuvo.
—Algo de lo que ambos nos vamos a arrepentir.
El mundo se redujo a este momento. A su proximidad. Al calor que irradiaba su cuerpo. Al olor de su colonia mezclada con whisky. A la forma en que sus ojos me devoraban como si fuera la única cosa real en su universo.
—Entonces no lo hagas —susurré.
—Dime que te vayas. —Su voz era ronca, desesperada—. Dime que subas las escaleras y que cerremos la puerta a esto antes de que sea demasiado tarde.
Debería haberlo hecho. Debería haber corrido escaleras arriba y no mirar atrás. Debería haber sido fuerte por los dos.
Pero en cambio, dije:
—¿Y si ya es demasiado tarde?
Algo se rompió en él. Lo vi en sus ojos, el momento exacto en que su control cedió.
Su mano subió, despacio, dándome tiempo de apartarme. Sus dedos rozaron mi mejilla, y ese simple contacto envió electricidad por todo mi cuerpo. Su pulgar trazó el contorno de mi labio inferior.
—Sofía... —Mi nombre en sus labios sonaba prohibido. Sonaba perfecto.
—No digas nada —susurré—. Si dices algo, voy a recordar todas las razones por las que esto está mal.
—Está mal.
—Lo sé.
—No puedo hacerle esto a tu madre.
—Lo sé.
—Eres... tú eres...
—Tu hijastra. —La palabra sabía amarga en mi boca—. En tres semanas, legalmente serás mi padrastro.
Él cerró los ojos como si las palabras le causaran dolor físico.
—Esto no puede pasar.
—Entonces aléjate.
Abrió los ojos, y lo que vi en ellos me dejó sin aliento. Deseo. Culpa. Desesperación. Todo junto, desgarrándolo.
—No puedo.
El tiempo se detuvo. Estábamos tan cerca que podía contar sus pestañas, ver la forma en que su mandíbula se tensaba, sentir su respiración entrecortada mezclarse con la mía.
Su teléfono sonó.
El sonido nos separó como un shock eléctrico. Alejandro retrocedió tan rápido que casi tropezó, pasándose las manos por el cabello, respirando pesadamente.
Miró la pantalla. Su rostro se puso pálido.
—Es tu madre.
El nombre colgó entre nosotros como una sentencia. Como un recordatorio de todo lo que casi habíamos destruido.
Alejandro contestó, alejándose, su voz transformándose en algo cálido y amoroso que me revolvió el estómago.
—Hola, amor. Sí, estaba despierto, trabajando. ¿Todo bien?
Subí las escaleras sin hacer ruido, sin esperar a que terminara la llamada. En mi habitación, me dejé caer contra la puerta, temblando.
Casi lo habíamos hecho. Casi nos habíamos besado.
Y la parte más aterradora era que quería que lo hiciéramos.
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La mañana siguiente fue incómoda de una manera que las palabras no podían describir.
Evité el desayuno, inventando una excusa de tarea pendiente. Escuché a Alejandro moverse por la casa, esperé hasta que su coche salió de la entrada, y solo entonces bajé.
Pasé el día encerrada en mi habitación, fingiendo estudiar pero realmente solo mirando las páginas sin ver nada. Mi teléfono vibró varias veces. Mensajes de Daniela preguntando si quería salir, de Mateo sobre el proyecto, de mi madre diciendo que llegaría a las seis.
No respondí ninguno.
A las cinco y media, me obligué a ducharme y cambiarme. Cuando bajé, Alejandro ya estaba en la cocina, preparando la cena. Se veía igual que siempre—perfecto, controlado, como si la noche anterior no hubiera pasado.
—Hola —dijo sin mirarme—. Tu madre llegará pronto.
—Lo sé.
Silencio. Pesado. Cargado.
—Sofía, sobre anoche...
—No pasó nada —interrumpí, mi voz más dura de lo que pretendía—. No pasó nada, así que no hay nada de qué hablar.
Finalmente me miró. Había algo destrozado en su expresión.
—Tienes razón. No pasó nada.
Pero ambos sabíamos que era mentira. Algo había pasado. Algo había cambiado fundamentalmente entre nosotros, y no había forma de retroceder.
La puerta principal se abrió.
—¡Ya llegué! —La voz de mi madre resonó por la casa—. ¿Dónde están mis personas favoritas?
Alejandro se transformó instantáneamente. Su sonrisa se volvió genuina, sus ojos se iluminaron. Salió de la cocina y la tomó en sus brazos, girándola, besándola de una forma que me hizo mirar hacia otro lado.
—Te extrañé —murmuró contra su cabello.
—Yo también. —Mi madre finalmente se liberó de su abrazo y vino hacia mí, abrazándome fuerte—. ¿Cómo estuvo tu semana, cariño?
—Bien. Tranquila.
—¿Se portó bien Alejandro? ¿No te molestó mucho?
—No me molestó para nada.
La cena fue tortura. Mi madre hablaba sin parar sobre su viaje, sobre el cliente, sobre los planes de boda que había estado refinando en su tiempo libre. Alejandro asentía en los momentos correctos, hacía las preguntas correctas, la miraba con adoración.
Y yo... yo empujaba la comida por mi plato, sintiendo como si hubiera traicionado a la mujer más importante de mi vida sin siquiera haber hecho nada técnicamente imperdonable.
—Sofía, ¿estás bien? —Mi madre me tocó la mano—. Estás muy callada.
—Solo cansada. Fue una semana larga.
—Bueno, este fin de semana deberíamos hacer algo las tres. ¡Ah! Las dos, quise decir. —Miró a Alejandro—. Día de chicas. Pedicuras, compras, tal vez almorzar en ese lugar italiano que te gusta.
—Suena perfecto, mamá.
Alejandro se levantó para servir más vino, y nuestras miradas se encontraron por una fracción de segundo. Lo que vi ahí—arrepentimiento, deseo, dolor—me atravesó como un cuchillo.
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Esa noche, acostada en mi cama, escuché los sonidos que venían de la habitación al otro lado de la casa. Mi madre riéndose. El murmullo bajo de la voz de Alejandro. Silencio. Luego otros sonidos que me hicieron querer taparme los oídos.
Me puse los audífonos, subí el volumen de la música hasta que dolió, y traté de no pensar en el hombre al que había estado a punto de besar, ahora en los brazos de mi madre.
Traté de no pensar en que una parte de mí odiaba a mi propia madre en ese momento.
Traté de no pensar en que esto iba a destruirnos a todos.
Pero sobre todo, traté de no pensar en la verdad que no quería admitir:
Que si Alejandro entrara por mi puerta en ese momento y me besara, no lo detendría.
Que estaba enamorándome del hombre equivocado.
Y que no tenía idea de cómo detenerlo.
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El domingo por la mañana, encontré una nota deslizada bajo mi puerta.
La letra de Alejandro era firme, clara:
*"Necesitamos hablar. Mañana, 3 PM, mi estudio. Por favor."*
Sostuve el papel en mis manos temblorosas.
Mañana mi madre tenía una junta que duraría toda la tarde.
Mañana estaríamos solos otra vez.
Y esta vez, algo me decía que no habría interrupciones.
Que las líneas invisibles que habíamos estado evitando cruzar finalmente se borrarían.
Y que nada volvería a ser igual.