El lunes llegó demasiado rápido y demasiado lento a la vez.
Pasé las clases de la mañana en piloto automático. Mateo me preguntó tres veces si estaba prestando atención a su explicación sobre las vigas de soporte. No lo estaba. Daniela me mandó cuatro mensajes preguntando si quería almorzar. Los ignoré todos.
A las dos y media estaba de vuelta en casa, con el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos. El coche de mi madre no estaba—su junta había empezado a la una y no terminaría hasta las seis, según había dicho en el desayuno.
El coche de Alejandro estaba en la entrada.
Subí a mi habitación, me cambié tres veces. Jeans y blusa casual. No, demasiado despreocupado. Vestido. No, demasiado obvio. Finalmente me decidí por jeans oscuros y una camiseta blanca sencilla. Me solté el cabello, me lo volví a recoger, me lo volví a soltar.
A las 2:55, me paré frente a la puerta del estudio.
Mi mano se quedó suspendida sobre la madera oscura. Todavía podía dar marcha atrás. Podía subir a mi habitación, fingir que nunca vi la nota, evitar este momento que cambiaría todo.
Pero no lo hice.
Toqué.
—Adelante.
La voz de Alejandro sonaba tensa incluso a través de la puerta.
Giré la manija.
El estudio era exactamente como había imaginado y nada como esperaba a la vez. Grande, con ventanales del piso al techo que daban al jardín lateral. Paredes cubiertas de estantes llenos de libros de arquitectura, maquetas de edificios, premios enmarcados. Un escritorio enorme de madera oscura dominaba un lado, cubierto de planos y dibujos. Pero lo que realmente capturó mi atención fue la pared del fondo: un mural completo de fotos, bocetos, notas adhesivas, hilos conectando diferentes imágenes como un mapa mental caótico.
Alejandro estaba de pie frente a esa pared, de espaldas a mí, con las manos en los bolsillos. Vestía jeans y una camisa azul con las mangas enrolladas. No se giró cuando entré.
—Cierra la puerta —dijo suavemente.
Lo hice. El clic del pestillo sonó definitivo. Final.
—Este es mi espacio —continuó, aún sin mirarme—. El único lugar donde puedo ser completamente yo mismo. Donde no tengo que pretender ni actuar. Nadie entra aquí. Ni siquiera tu madre.
—¿Por qué me dejaste entrar entonces?
Finalmente se giró. Sus ojos estaban oscuros, atormentados.
—Porque necesito que entiendas algo antes de que esta conversación suceda.
—¿Qué conversación?
—La que termina con uno de nosotros lastimado. —Caminó hacia su escritorio, apoyándose contra él—. Probablemente ambos.
Me acerqué lentamente, estudiando las fotos en la pared. Edificios en diferentes etapas de construcción. Paisajes urbanos. Y entre todas ellas, pequeños momentos personales: Alejandro de niño con un hombre mayor que asumí era su padre. Un adolescente frente a su primer proyecto terminado. Una foto borrosa de una mujer de espaldas—su madre, supuse.
—¿Qué necesito entender? —pregunté, tocando el borde de una foto.
—Que soy egoísta. —Su voz era áspera—. Que llevo toda la semana diciéndome que eres la hija de la mujer que amo. Que eres prohibida. Que esto destruiría a Victoria. Y aun así, te pedí que vinieras aquí porque no puedo... —Se detuvo, respirando profundo—. Porque no puedo sacarte de mi cabeza.
Me giré hacia él. Estábamos a metros de distancia, pero se sentía íntimo. Peligroso.
—No viniste aquí para hablar, ¿verdad? —Las palabras salieron más desafiantes de lo que pretendía.
—Vine para tomar una decisión. —Se enderezó, caminando hacia mí con pasos lentos y deliberados—. Para trazar una línea que no podemos cruzar. Para decirte que lo que casi pasó el viernes fue un error y no puede volver a suceder.
—Entonces dilo. —Mi voz tembló—. Dime que fue un error y me voy.
Se detuvo a un paso de distancia.
—Fue un error.
—Bien.
Ninguno de los dos se movió.
—Sofía... —Mi nombre sonó como una confesión—. Mírame y dime que no sientes esto. Esta cosa entre nosotros. Dime que lo estoy imaginando y me detendré. Te dejaré en paz. Seré solo el esposo de tu madre y nada más.
—No puedo.
—¿No puedes qué?
—Decirte que no lo siento. —Las palabras salieron en un susurro—. Porque lo siento. Cada maldita vez que entras a una habitación, cada vez que dices mi nombre, cada vez que me miras como si... como si...
—¿Como si qué?
—Como si yo fuera la única persona real en tu mundo.
Cerró los ojos, su mandíbula se tensó.
—No debí traerte aquí.
—Pero lo hiciste.
—Necesitaba verte. A solas. Sin tu madre entre nosotros, sin las apariencias, sin pretender que no estoy volviéndome loco.
—¿Y ahora qué? —Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo—. ¿Ahora que estamos solos? ¿Ahora que ambos admitimos que esto... lo que sea que sea esto... es real?
Abrió los ojos, y lo que vi en ellos me quitó el aliento. Deseo crudo. Dolor. Y algo más profundo que no podía nombrar.
—Ahora, hago algo por lo que voy a odiarme por el resto de mi vida.
No hubo más palabras.
Su mano subió a mi mejilla, su pulgar trazando mi pómulo con una ternura que contrastaba con la intensidad en sus ojos. Me dio tiempo de apartarme. Tiempo de detener esto antes de que fuera demasiado tarde.
No me moví.
Se inclinó despacio, tan despacio que era tortura. Su frente tocó la mía primero, nuestras respiraciones mezclándose, compartiendo el mismo aire. Podía sentir el temblor en su mano, ver la lucha interna en cada línea de su rostro.
—Última oportunidad —susurró contra mis labios—. Di que no.
—No puedo.
Y entonces me besó.
No fue suave. No fue dulce. Fue desesperado, hambriento, como si hubiéramos estado ahogándonos y finalmente llegáramos a la superficie. Su otra mano se enredó en mi cabello, inclinando mi cabeza para profundizar el beso. Mis manos subieron a su pecho, sintiendo su corazón latir tan rápido como el mío.
Me empujó suavemente contra la pared, su cuerpo presionando contra el mío, y gemí contra su boca. Eso pareció romper algo en él. El beso se volvió más intenso, más profundo. Sus manos bajaron a mi cintura, jalándome más cerca, como si no pudiera tenerme suficientemente cerca.
Me besó como si fuera la última vez y la primera vez, todo junto. Como si quisiera memorizarme. Consumirme.
No sé cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido segundos o siglos. Todo lo que existía era su boca en la mía, sus manos en mi cuerpo, el calor que nos consumía a ambos.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos sin aliento. Alejandro apoyó su frente contra la mía otra vez, sus ojos cerrados, su respiración agitada.
—Dios, Sofía... —Su voz sonaba destrozada—. ¿Qué hemos hecho?
La realidad se estrelló sobre nosotros como agua helada.
Acabábamos de cruzar la línea. La línea que no podía descruza rse. La línea que convertiría todo esto en traición real.
—Yo... —Comencé, pero no sabía cómo terminar la frase.
Alejandro se apartó, pasándose las manos por el cabello, girándose para no mirarme.
—Esto no puede volver a pasar.
—Lo sé.
—Tu madre... Dios, Victoria. ¿Cómo pude...?
—No fue solo tú. —Mi voz sonaba pequeña—. Yo también...
—No. —Se giró bruscamente—. Yo soy el adulto aquí. Yo soy el que se va a casar con tu madre. Yo soy el que debió tener control.
—Tengo veinte años, Alejandro. No soy una niña.
—Eres la hija de mi prometida. —Las palabras salieron como un latigazo—. Eso te hace prohibida de todas las formas posibles.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Deberías irte —dijo finalmente, su voz vacía—. Por favor.
Quería pelear. Quería gritarle que no podía besarme así y luego echarme. Quería exigir que admitiera que esto significaba algo.
Pero tenía razón. Necesitaba irme antes de que hiciéramos algo peor.
Caminé hacia la puerta con piernas temblorosas. Mi mano estaba en la manija cuando su voz me detuvo.
—Sofía.
Me giré. Él seguía de espaldas, pero podía ver la tensión en cada línea de su cuerpo.
—Ese beso... —Hizo una pausa—. No se lo puedes decir a nadie. Especialmente a tu madre.
—No soy estúpida.
—Y no puede volver a pasar. Sin importar lo que sintamos. Sin importar lo difícil que sea. Tu madre no merece esto.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Finalmente se giró, y había lágrimas en sus ojos—. Porque yo acabé de traicionar a la mujer que dice amarme con su propia hija. Y la peor parte es que no me arrepiento tanto como debería.
Las palabras me golpearon en el pecho.
—Yo tampoco —susurré.
Y salí antes de que pudiera ver las lágrimas en mis propios ojos.