P.O.V Cataleya La caminata hasta nuestra habitación es silenciosa. Damian y Gabriel están a mi lado, como sombras imponentes que no pueden desvanecerse, pero que tampoco saben cómo comportarse ahora que las palabras se han dicho. El aire entre nosotros está cargado, denso, como si cualquier resquicio de calma fuera a romperse en cualquier momento. Mi mente, agitada por la conversación con la reina, no deja de dar vueltas. Aurora, mi loba, se agita dentro de mí, como una bestia inquieta, presionando con su fuerza mientras la influencia de mi estado y la cercanía de mis cachorros me empujan a un límite que ni yo puedo controlar. Cuando llegamos a la puerta de la habitación, el silencio se hace más pesado. Damian, que nunca ha sido de mostrar debilidad, finalmente habla. —Cataleya, ne

