Becket se acerca con heno fresco sobre su hombro y se tensiona cuando nota mi presencia, así que finjo que no lo veo y sigo concentrada en el caballo.
— ¿Y Wells? — Cass le pregunta.
— Viene en camino — él responde.
Sólo por su voz, parece cansado, agotado. Me permito mirarlo por otro corto segundo y las ojeras bajo sus ojos es lo que más logro captar. Trago saliva, intentando alejar el nudo en mi garganta debido al dolor que sé sigue escondiendo.
— ¿Decidieron volver a sacarlo? — Me doy cuenta de que pregunta por el caballo.
— Quise intentarlo una última vez, parece que Lia le agrada — Hank le dice.
— Es su olor a lavanda.
Veo cómo su respuesta parece sobresaltar a Hank, quien lo mira sorprendido. Cassidy, por otro lado, sonríe de una forma extraña. Yo vuelvo con el caballo, riéndome cuando acaricia mi cuello con un tierno arrullo.
Después de largos momentos de silencio, Becket se aclara la garganta y añade —: Llevaré el heno a su caballeriza, cambiaré también su agua por agua más fresca.
Una vez él se va, yo empiezo a caminar con el caballo, sorprendida y conmovida de que él se deje llevar por mí.
— ¡Voy a esperar a Wells en la entrada! — Cass grita, saliendo a correr.
Alzo las cejas en sorpresa, porque ese es un camino largo por recorrer.
— Si él se la encuentra en el camino, la traerá en el carro — Hank me aclara.
Asiento, entendiendo.
Supongo también que Wells debe ser alguien de confianza.
— ¿Qué creen que tenga? — Le pregunto a Hank por el caballo cuando él se une a mi caminata, observando de cerca al animal.
— Probablemente sólo son cólicos.
— ¿Y es muy doloroso para él?
— A veces sí, pero es más común de lo que creerías. Suelen pasarles con una caminata, pero a veces necesitan de algo más fuerte.
— ¿Un analgésico? — Adivino.
— Exacto, Wells viene con la cura.
Qué alivio, exhalo con fuerza.
— ¿Creciste aquí? — Me atrevo a preguntar, curiosa. Y es que él parece tan familiarizado con todo. Pero, al mismo tiempo, hay esta tensión entre Becket y él.
— Beck y yo nos conocemos desde que estamos en pañales — sonríe con cariño —, incluso nos graduamos juntos de la escuela. Mis padres eran trabajadores del rancho. Crecí aquí, en estas tierras, con él.
Una parte de mí quiere preguntarle por Lucas, sin embargo, quiero conocer al pequeño Lucas a través de los ojos de su hermano, quiero conocerlo sólo a través de Becket, no de alguien más. Así que me muerdo la lengua y en cambio digo:
— ¿Y Becket fue siempre así de cascarrabias?
Su carcajada reverbera por el campo abierto, haciéndome mirarlo risueña.
— Oh sí — asiente, volviendo a reír —. Aunque los años lo han vuelto peor.
— Hank — una brusca voz llega detrás de nosotros —. Wells se está tardando, ¿por qué no lo llamas?
— ¿Ya no lo llamaste tú?
— Sí, pero quiero que lo llames de nuevo.
La tensión en la voz de Becket hace que Hank asienta con sumisión, pero hay un brillo divertido en sus ojos, como si algo le causara gracia.
— Está bien — él alza las manos como en son de paz, me da un asentimiento respetuoso con su cabeza y desaparece hacia su camioneta. Supongo que debe tener su teléfono allí.
Me sobresalto cuando un sombrero es dejado sobre mi cabeza.
Cuando miro a Becket, él ya está guardado su mano en su bolsillo, apartando su mirada de mí.
Entrecierro mis ojos hacia él.
— Pensé que odiabas que usara tus sombreros.
— Te puede dar un golpe de calor con este sol.
— Qué caritativo — me burlo.
Busco sus ojos, esperando a que me mire, pero sigue sin hacerlo.
Tal vez él sigue sintiéndose vulnerable desde lo sucedido esa última vez. Pero también hay esta tensión en su cuerpo, como si se estuviera conteniendo, como si algo lo enfadara y se estuviera controlando para no explotar.
Acomodo mejor su sombrero sobre mi cabeza y vuelvo con el caballo.
Becket iguala mis pasos, entonces dice lo impensable —: Hank está casado.
Tardo en comprender lo que significan esas palabras, pero cuando entiendo la intención tras ellas, indignación llena mi pecho.
¿Cómo él…?
¿Cómo rayos él se atreve a insinuar algo así?
¿Y justo después de ignorarme por más de cinco días?
— Ni siquiera voy a darte una respuesta a eso — le digo con enfado.
— Sólo… hablas con él.
— Sorpresa, Becket, tengo boca.
— Lo sé, te he escuchado maldecirme como un marinero una y otra vez.
— Y te voy a maldecir de nuevo si sigues por este camino.
— Eres selectica con quien hablas — me gruñe de vuelta —. Sólo te advierto de su situación sentimental, por si estás considerando algo más.
Maldito.
— Le hablo porque es una de las pocas personas del rancho que ha sido amable conmigo desde el día uno — me giro a mirarlo, cada vez más enfadada —. Lo que no puedo decir de otros… imbécil.
La última palabra la digo por lo bajo, pero asegurándome de que él también me escuche y tenga claro que esos otros, son él.
Además, no es como si estuviera teniendo conversaciones profundas con Hank. Le pregunté sobre la situación del caballo por preocupación. Y le pregunté por Becket porque parece que no puedo evitar meter las narices en donde no debo cuando se trata de él.
No sé por qué, pero una rabia e indignación empiezan a crecer a fuego lento dentro de mí, hasta que no puedo detenerme.
Suelto las riendas del caballo y voy hacia él.
— ¿Sabes lo que más me molesta de ti? — Lo encaro, alzando mis ojos hacia él. La diferencia de altura es molesta, sobretodo en momentos como estos en donde me saca de quicio —. Me molesta muchísimo que me ignores por los días que se te da la gana, sólo para después hablarme con la intención de seguir ondeando esa bandera roja de guerra entre los dos.
— No estoy ondeando ninguna bandera — dice con suavidad, presionando mi sombrero hacia atrás cuando éste se cae en mis ojos, cubriéndolos.
Palmeo su mano fuera, lo que le provoca una maldición y un endurecimiento en su mandíbula que capta mi atención. Mis ojos caen en la herida de su labio y, maldito sea mi corazón, siento ablandarme de inmediato.
Hasta que él dice —: No entiendo por qué te molesta que te ignore.
— Así que sí me estabas ignorando.
— No, yo no… — maldice otra vez, acariciando su mandíbula de barba un poco más larga. He notado que hace ese movimiento cuando está frustrado —. ¿Qué te importa, carajo, Lia?
Lo pienso por un instante.
Sí, ¿qué me importa?
— No me importa — replico —, es sólo que necesito tus servicios.
Eso le causa curiosidad.
— ¿Qué?
— Tengo que ir a la ciudad a hacer unas compras y no quiero ir sola, estaba pensando que podrías llevarme.
Una risa ronca se le escapa, una risa que me dan unas terribles ganas de estrangularlo como si de un pollito se tratara.
¿Por qué sigo intentándolo?
— ¿Quieres que te lleve a la ciudad? — Pregunta, incrédulo.
Sólo asiento, negándome a dar mi brazo a torcer.
— Lia, tú y yo juntos en un auto sólo puede terminar en tragedia — me dice —. ¿Y un viaje de horas? No sobreviviríamos para contarlo.
— Yo… — empiezo a replicar.
Pero entonces toda burla desaparece de su rostro, siendo reemplazada por una seriedad e incluso enojo. Cuando avanza un paso hacia mí, casi invadiendo mi espacio personal, susurra muy bajito —: Para, carajo.
La confusión debe reflejarse en mis ojos, porque él aclara —: Detén esto — señala entre él y yo —. No voy a ser tu pequeño experimento, no me convertiré en este proyecto que quieres arreglar. No necesito tu lástima ni tu compasión. Y, sobretodo, no quiero tu compañía.
Su mirada detalla lentamente todas mis facciones, con cuidado y precisión, hasta que se detiene en mis ojos.
— ¿Me entendiste, Lia?
Entrecierro mis ojos hacia él, leyendo la verdad detrás de sus fachadas.
— ¿Y por qué agarras mi camiseta como si no quisieras soltarme?
Su mirada busca dentro de la mía, como si aún no hubiera entendido mi pregunta, como si mi voz bajita no hubiera llegado a sus oídos.
Pero sé que sí lo hizo, él sí escuchó.
Lentamente, ambos bajamos la mirada hacia el borde de mi camiseta, en donde su puño aprieta la tela con fuerza, casi jalándome hacia él… como si ese agarre fuera lo que lo mantuviera anclado a la vida, como si se negara a soltarme a pesar de sus palabras y reticencia.
Rápidamente, él retrocede un paso, maldiciendo por lo bajo.
Veo cómo intenta replicar algo ante mis palabras, pero no encuentra nada por decir, sus acciones hablan más duro que su boca.
Asiento con suavidad, leyendo su interior más que sus palabras.
Viendo dentro de él, el verdadero él.
Y, mirándolo a los ojos, sin soltar la intensidad ni la vulnerabilidad de su mirada, me quito el sombrero. Me pongo de puntillas, me inclino hacia él y se lo coloco con delicadeza, bajando las alas para que lo protejan bien del sol. Vuelvo a apoyar los pies en el suelo mientras examino mi trabajo, y cuando estoy segura de que está bien puesto, le digo: —Tú lo necesitas más que yo.
Luego tomo las riendas del caballo y no me rindo en mi intento de aliviar su dolor… incluso si el veterinario ya trae el antídoto.
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