38. Maldito, jodido y puto infierno. Becket. El frío aire que recorre las calles de Londres parece tibio comparado con lo helado que me siento por dentro. A mis cuarenta y tres años, no recuerdo la última vez que estuve tan ansioso y nervioso. Una parte de mí sabe que estar aquí no me garantiza nada; quizás ella no quiera volver a verme nunca. Pero soy como un sediento, dispuesto a todo por una sola gota de agua. Porque no importa: tengo tanta hambre de ella que, incluso si sólo puedo mirarla desde la distancia, ya sería un privilegio. Y tal vez es ese hecho lo que me impide acercarme como quiero: tener la certeza de que ella no quiere verme. Lia todavía me tiene bloqueado en su teléfono, y las pocas veces que llamó al rancho colgó en cuanto escuchó mi voz, dejando claro que no quer

