Capitulo 3: Prisioneras.

1406 Palabras
La espesura del Bosque Sombrío comenzó a abrirse ante ellos, revelando un claro oculto entre árboles gigantescos. La manada entró en silencio, pero el ambiente estaba cargado de tensión. Pequeñas cabañas de madera y piedra se alzaban entre raíces y rocas, formando un asentamiento rústico, casi salvaje. El aire olía a tierra húmeda, fuego y algo más… algo metálico y denso. Rhiannel caminaba al frente, rodeada por los lobos transformados en humanos. Elya flotaba a su lado, su luz tenue, apenas un reflejo de su brillo habitual. El frío de la noche se sentía más intenso aquí, y la luna roja colgaba alta en el cielo, como un ojo vigilante. — Bienvenidos al corazón de nuestro territorio, hadas. —La voz del alfa, aún en su forma de lobo, resonó en la mente de Rhiannel. Había un tono burlón en sus palabras, pero también una advertencia velada. —Espero que disfruten su estadía. Será larga… o quizás, muy breve. Los miembros de la manada esperaban afuera, inquietos, sus miradas oscurecidas por la confusión y el miedo. Murmullos bajos llenaban el aire mientras los recién llegados cruzaban el umbral del territorio. — ¿Qué está pasando? —preguntó uno de los hombres, su voz rota por la ansiedad. —No podemos transformarnos. La luna… nos está debilitando. — ¿Por qué Hawke sigue en su forma de lobo? —murmuró otro, su tono impregnado de temor y sospecha. Las miradas se dirigieron al alfa, la única figura aún en su imponente forma lupina. Hawke caminaba al frente, su silueta oscura irradiando una presencia dominante, pero incluso su paso parecía más pesado que de costumbre. Su pelaje n***o absorbía la luz escarlata de la luna, y sus ojos ámbar ardían con una intensidad feroz. Rhiannel, aunque agotada y vulnerable, se mantenía erguida. Sabía que cualquier signo de debilidad podía ser letal en ese momento. Elya caminaba a su lado, aferrada a su vestido, sus pequeñas piernas tambaleantes en el suelo por primera vez en mucho tiempo. — ¿Quién es esa? —susurró una mujer de la manada, señalando a Rhiannel con un gesto rápido. —¿Por qué está aquí? Una anciana, de cabello blanco como la nieve y ojos vidriosos, avanzó entre la multitud. Se detuvo frente a Rhiannel, inclinando la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluándola. Su mirada era intensa, casi reverente, y por un instante, sus labios se movieron en un susurro inaudible. Rhiannel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había algo en los ojos de la anciana, una chispa de reconocimiento, como si supiera algo que los demás ignoraban. — Basta. —La voz mental de Hawke resonó en todos sus cabezas, cortante y autoritaria. —No aquí. No ahora. Sin más palabras, avanzó hacia una estructura oscura y robusta al fondo del claro. Al abrir la puerta, el chirrido metálico resonó como un eco siniestro. — Adentro. —Ordenó, moviendo la cabeza en dirección a la entrada. Rhiannel dudó por un instante, pero luego cruzó el umbral. La celda estaba fría, con paredes de piedra húmeda y una única antorcha parpadeante que arrojaba sombras danzantes en el espacio estrecho. El aire estaba cargado de un olor a tierra y hierro, como si el lugar hubiera visto más de un prisionero antes. Elya se acurrucó cerca de Rhiannel, temblando pero en silencio. — Todo estará bien —murmuró Rhiannel, acariciando la cabeza de la pequeña hada. — Aquí es donde se decidirá su destino —dijo Hawke, con una frialdad cortante—. No intenten nada estúpido —. Rhiannel levantó el mentón, rehusándose a mostrar debilidad. Hawke cerró la puerta de la celda con un golpe seco, bloqueándola con una barra pesada. Luego se giró y, sin una palabra más, salió al claro donde su manada lo esperaba. — ¡Hawke! —gritó uno de los lobos ya transformados —. Exigimos explicaciones. La manada se arremolinaba alrededor del alfa, sus voces mezclándose en un caos de preguntas y acusaciones. — La luna nos ha fallado —gritó otro —. Algo está mal, y ahora esas extrañas aparecieron. Hawke se mantuvo inmóvil, su mirada fija en la multitud, esperando a que el alboroto cesara. Cuando por fin el silencio cayó, su voz resonó, profunda y firme, imponiendo calma. — Lo descubriremos. Pero hasta entonces, nadie actúa sin mi orden —su mirada recorrió cada rostro, asegurándose de que todos entendieran la gravedad de sus palabras—. Y nadie toca a las prisioneras. El grupo murmuró en señal de asentimiento, aunque las miradas seguían siendo desconfiadas. La anciana permanecía en silencio, sus ojos fijos en la celda como si pudiera ver a través de las paredes. — Vayan a sus hogares y descansen —ordenó Hawke antes de girarse hacia la oscuridad del bosque —. Mañana resolveremos esto. Hawke se adentró en el corazón del campamento, sus pasos resonando pesados sobre el suelo húmedo. La oscuridad lo envolvía, pero no lo inquietaba; conocía cada rincón de su territorio como la palma de su mano. A medida que se alejaba del tumulto de la manada, el peso de la noche y de la luna roja se hizo insoportable. Al cruzar la puerta de su cabaña, el cambio llegó como una embestida. Sus músculos se tensaron y su cuerpo comenzó a contraerse. El dolor fue breve pero agudo. La transformación de lobo a humano, algo que debería sentirse natural, ahora era torpe, forzada. Cuando finalmente recuperó su forma humana, cayó de rodillas, jadeando, el sudor perlándole la frente. — Maldición… —susurró, mirando sus manos temblorosas. Algo estaba terriblemente mal. Se incorporó lentamente y se vistió con ropa sencilla: pantalones oscuros y una camisa de lino. No tenía tiempo para descansar. Afuera, el Consejo lo esperaba para pedir explicaciones. … El salón de reuniones, una construcción circular de piedra y madera, estaba iluminado por antorchas que parpadeaban, lanzando sombras inciertas sobre los rostros tensos de los presentes. Los líderes de la manada, un grupo selecto de ancianos y guerreros experimentados, ya estaban sentados alrededor de la mesa central. Sus rostros reflejaban la misma preocupación que rondaba en la mente de Hawke. — Hawke. —La voz profunda de Drenar, el m*****o más antiguo del Consejo, rompió el silencio. —Esto no tiene precedentes. Hawke asintió, cruzando los brazos sobre el pecho. — Lo sé. Algo ha envenenado la luna. Su luz debería darnos fuerza, pero ahora nos está debilitando. — No solo aquí. —interrumpió uno de los guerreros, entrando apresuradamente. —Han llegado cuervos con mensajes de las otras manadas. Todas están experimentando lo mismo. El murmullo que siguió fue inquietante. La luna era el centro de su poder, el corazón de su esencia. Si algo la afectaba, los afectaba a todos. — ¿Cómo pudo pasar esto? —preguntó otra voz, más joven pero igualmente preocupada. Los ojos de todos se volvieron hacia Hawke. —Las prisioneras. —Drenar golpeó la mesa con una mano temblorosa. —Necesitamos respuestas. ¿Quiénes son? ¿Cómo lograron entrar en nuestro territorio, y qué conexión tienen con esta luna corrupta? Hawke apretó la mandíbula. Recordaba la mirada desafiante de la mujer, la forma en que había enfrentado a la manada sin mostrar miedo. Pero también recordaba sus palabras: cazadores, y su insistencia en que no era una amenaza. — La mayor es un hada. —respondió finalmente, su voz grave. —O al menos, eso dice. Pero… no tiene alas. Un murmullo incrédulo recorrió la sala. — ¿Un hada sin alas? —espetó uno de los consejeros. —Eso es imposible. — Nada es imposible esta noche. —La anciana del consejo, Althea, habló por primera vez. Sus ojos, aún brillantes y llenos de sabiduría, se encontraron con los de Hawke. —Si es cierto lo que dices, debemos descubrir qué le ha pasado y cómo está relacionado con nuestra luna. — Interrogaré a la prisionera al amanecer. —Hawke se enderezó, su voz firme. —Pero no quiero ningún movimiento en falso. Nadie se acerca a ellas sin mi permiso. — Más te vale, Hawke. —Drenar lo señaló con un dedo huesudo. —Si esto es una amenaza para la manada, debes eliminarla. No podemos arriesgarnos. Hawke asintió, aunque su mirada permaneció fría. Sabía que no podía tomar decisiones precipitadas. La verdad estaba enterrada en algún lugar, y él la encontraría… incluso si eso significaba enfrentarse a sus propios instintos.
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