Capítulo 2: Lobos.

1572 Palabras
El silencio del bosque fue interrumpido por el crujir de ramas a lo lejos. Rhiannel tensó el cuerpo, alerta. El sonido se acercaba, pausado pero constante. Pronto, las sombras comenzaron a moverse entre los árboles, y un destello de ojos brillantes se hizo visible. Primero uno, luego otro, y otro más. Una manada de lobos emergió del bosque, sus siluetas poderosas destacándose contra la oscuridad. Eran grandes, más grandes de lo que Rhiannel había imaginado, con pelajes oscuros que casi se fundían con el entorno. Sin embargo, algo en ellos era diferente. Sus movimientos, aunque firmes, eran más lentos, menos fluidos. Sus ojos, normalmente llenos de energía bajo la luna llena, reflejaban ahora una luz apagada. La luna roja los había afectado también. Rhiannel sostuvo a Elya con más fuerza, dando un paso atrás mientras los lobos se acercaban. Sus miradas eran penetrantes, analizando cada movimiento. Sus cuerpos emanaban poder, pero también se percibía el desgaste, como si estuvieran luchando contra algo invisible. Uno de los lobos, el más grande, avanzó al frente. Sus ojos ámbar destacaban incluso en la penumbra, pero esa chispa de energía lunar que debería estar allí, estaba apagada. El lobo dejó escapar un gruñido bajo de amenaza. La tensión en el aire era palpable. Rhiannel sabía que cualquier movimiento en falso podría desencadenar un ataque. — No queremos problemas, —dijo en voz baja, sin apartar la mirada del lobo líder. Elya temblaba entre sus manos, pero no dijo nada. Los lobos siguieron observándolas, inmóviles pero alertas, como si esperaran una señal. Rhiannel sabía que la única forma de sobrevivir era mantener la calma. La luna estaba débil, y todos ellos estaban pagando el precio. Pero aún así, debía encontrar una forma de proteger a Elya y salir de aquel bosque sombrío… antes de que la luna roja terminara de consumir todo a su paso. El líder de la manada, con sus ojos ámbar fijos en Rhiannel, avanzó un paso más. A pesar del agotamiento evidente en sus movimientos, su presencia seguía siendo imponente, irradiando autoridad. Los otros lobos lo flanquearon en silencio, formando un semicírculo alrededor de ellas. Rhiannel no retrocedió más, sabiendo que cualquier intento de huida sería inútil. El líder levantó la cabeza y olfateó el aire, el ceño fruncido en lo que parecía ser una mezcla de desconfianza y sorpresa. — ¿Quién eres? —La voz resonó en la mente de Rhiannel, profunda y firme. El lobo no había abierto la boca, pero la conexión mental era clara. Rhiannel entrecerró los ojos, sorprendida, pero no dejó que el desconcierto la dominara. Había escuchado sobre los lobos capaces de comunicarse de esa manera, especialmente los alfa. — Soy Rhiannel, un hada del Bosque Lunar. —Su voz aunque suave, se mantuvo firme. — ¿A quién intentas engañar? —La voz del alfa rompió el silencio, helada y cortante. Rhiannel miraba fijamente sus ojos ámbar. Había algo implacable en ellos, como si penetraran cada rincón de su mente, buscando mentiras. — Te dije la verdad. Soy un hada del Bosque Lunar. El alfa soltó un gruñido bajo, casi una risa sin humor. — ¿Hada? —Repitió con desprecio. Sus ojos recorrieron su figura con frialdad, deteniéndose en sus hombros desnudos. —No veo alas. Sin ellas, no eres más que una simple humana. Rhiannel apretó los dientes, sintiendo cómo la furia burbujeaba en su interior. — Mis alas… —Hizo una pausa, respirando hondo para contener el dolor que sus propias palabras le provocaban. —Me las arrebataron. El alfa ladeó la cabeza, observándola como si estuviera evaluando cada palabra, buscando debilidades. — Conveniente. —Su tono era un filo de acero. —Primero afirmas ser un hada, ahora dices que te quitaron las alas. Nada de esto tiene sentido. ¿Cómo cruzaste nuestra barrera? Nadie puede atravesarla sin ser detectado. Rhiannel mantuvo su mirada fija en él, desafiante, aunque su voz sonaba más suave ahora. — No crucé ninguna barrera por voluntad propia. Mi madre… usó la magia del lago para salvarme. El alfa frunció el ceño. Había escepticismo en su rostro, pero también una chispa de interés. — ¿Salvarte de qué? — Cazadores. —La palabra salió de sus labios como un susurro venenoso. —Destruyeron mi hogar. El alfa gruñó, sus ojos brillando aún más intensamente. El resto de los lobos, atentos a la conversación, parecían tensarse. — Si lo que dices es cierto, ¿por qué nos traes problemas a nuestro territorio? —La dureza en su voz dejó claro que no estaba dispuesto a aceptar excusas. —Si trajiste a esos cazadores contigo, serás tú quien pague por ello. Antes de que Rhiannel pudiera responder, Elya se adelantó. La pequeña hada brillaba débilmente, pero su voz resonó con firmeza. — No queremos causar problemas. Solo queremos vivir. El alfa la observó en silencio por un momento, sus ojos ámbar destellando con algo que podría haber sido curiosidad… o desdén. Finalmente, miró de nuevo a Rhiannel. — No me interesa lo que quieras. Ahora eres nuestra prisionera. Rhiannel cerró los puños, pero sabía que no tenía opción. Por ahora, la única forma de protegerse a sí misma y a Elya era cooperar. — Llévame a donde quieras. Pero si quieres respuestas reales, tendrás que confiar en mí. El alfa soltó un resoplido. — La confianza se gana, no se regala. Y tú… aún no has hecho nada para merecerla. Con un movimiento de cabeza, indicó a los lobos que las escoltaran. El grupo comenzó a avanzar. El grupo siguió avanzando en silencio, con el crujir de las ramas bajo sus pies como único sonido. La tensión era palpable, una cuerda tirante que podía romperse en cualquier momento. Rhiannel mantenía el paso firme, aunque su mirada se perdía de vez en cuando en el cielo rojo entre las copas de los árboles. De pronto, uno de los lobos más cercanos a ella comenzó a sacudirse, gruñendo bajo. Su cuerpo se contorsionó, y, entre jadeos, la transformación se deshizo. Donde antes había un imponente lobo n***o, ahora yacía un hombre, cubierto apenas por restos de ropa rasgada. Su respiración era pesada, y sus ojos reflejaban confusión y temor. — ¿Qué demonios está pasando? —gruñó otro lobo mientras su cuerpo también comenzaba a cambiar. Uno a uno, los lobos cedían ante la misma extraña fuerza, regresando a su forma humana, vulnerables, agotados. El único que permanecía en su forma de lobo era el alfa. Su figura oscura y poderosa destacaba entre los demás, pero incluso él parecía más tenso, sus músculos vibrando con el esfuerzo de mantenerse transformado. El alfa se volvió hacia Rhiannel, sus ojos ámbar fulgurando con una mezcla de rabia y sospecha. Dio un paso adelante, dejando que su enorme presencia la envolviera. — Esto no es normal. —Su voz resonó como un trueno, profunda, rasgada, casi un gruñido. —La luna llena debería darnos fuerza, no debilitarnos. ¿Qué hiciste? Rhiannel alzó el rostro, desafiándolo con una mirada cargada de agotamiento, pero también de dignidad. — ¿Yo? —Su voz era un susurro helado, pero firme. —¿Crees que tengo el poder de controlar la luna? El alfa dejó escapar un gruñido bajo, una advertencia, pero ella no se dejó intimidar. — La luna no se volvió roja por mí. —Continuó Rhiannel, apretando los dientes mientras recordaba el ritual que los cazadores intentaron ejecutar. —Fue su magia oscura. Los cazadores están manipulando fuerzas que no comprenden. Uno de los hombres que ahora yacía en el suelo, jadeando, levantó la cabeza para mirarla. Sus ojos estaban llenos de incredulidad. — ¿Cazadores? —repitió. —Aquí nadie se atreve a entrar en nuestro territorio. El alfa se acercó aún más, su aliento cálido y áspero contra el rostro de Rhiannel. — Pero tú sí lo hiciste. —Su voz era baja, peligrosa. —Atravesaste nuestras barreras como si no existieran. Y ahora esto. —Indicó con un movimiento de su cabeza a los miembros de su manada, todavía recuperándose. —Dime, hada, ¿qué clase de maldición traes contigo? Rhiannel sostuvo su mirada, negándose a retroceder. — No traje ninguna maldición. Vine porque no tenía elección. —Su voz tembló por un instante, pero se recuperó rápidamente. —Mi madre usó el último poder que le quedaba para enviarme aquí. Intentaba salvarme de la muerte. El alfa permaneció en silencio por un momento, evaluándola. Sus ojos parecían buscar algo más allá de sus palabras, algún rastro de verdad o engaño. Finalmente, dejó escapar un suspiro, pero no relajó su postura. — Eso aún no explica por qué estamos perdiendo nuestras transformaciones. Si estás mintiendo, lo sabré. Y si descubro que trajiste esta desgracia sobre mi manada… pagarás con tu vida. Elya, con su diminuta figura irradiaba una valentía desproporcionada para su tamaño. — Ella no miente. —Declaró con firmeza. —Nosotras también hemos perdido todo. El alfa gruñó, pero no respondió. Con un gesto brusco, indicó a los hombres que se levantaran. — Vamos. —Ordenó. —Nos llevamos a las prisioneras. Si lo que dicen es cierto, lo averiguaremos. Y si no… —Sus ojos ámbar volvieron a posarse en Rhiannel, duros como el acero. —Se arrepentirán de haber cruzado nuestro camino. Sin más palabras, el grupo continuó su marcha, adentrándose aún más en el Bosque Sombrío, bajo la luna roja que seguía observándolos desde lo alto.
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