Habían pasado horas desde que nos instalamos en esa habitación, con todo el protocolo de la inducción. Ella era la mujer que me exasperaba, pero eso no me importaba ahora. Me daría la posibilidad de ser papá. Así, me acerqué a ella y la acompañé mientras hacía ejercicios que le recomendaron que inducía el parto. Gestos de cariños no me salían ahora, pero la tomaba de los brazos y me agachaba con ella sí era necesario. Pero, ella volvía a su postura tan plástica. No tengo otra forma de llamarlo. Ahora mismo se preocupaba más por su aspecto que por ver el rostro de su hija. Se había asegurado de que mi madre le trajera su bolsa de maquillaje. Y ahí la teníamos, prestando más atención de sus pestañas que seguir las instrucciones del médico. Las contracciones se hacían más fuertes y ella m

