CAPÍTULO 12: REVELACIONES Y ESPERANZAS

1932 Palabras
Alexandros entró al hostal donde se hospedaban él, Elena y Nikos. La luz del atardecer se filtraba por las ventanas, creando un ambiente cálido pero tenso. Elena y Nikos ya estaban sentados en una mesa Un tanto distante en el comedor con expresiones de preocupación en sus rostros. “Hemos revisado más a fondo los daños del Isabella Dream's y, lamentablemente, tomará al menos un año completar las reparaciones,” dijo Alexandros con voz grave. “Todo esto es producto de daños que se han acumulado durante un año aproximadamente.” Elena frunció el ceño, incrédula. “Eso es imposible, Alexandros. La embarcación ha tenido revisiones cada cuatro meses y no han detectado nada. Tengo copias de todos esos reportes de revisiones, así como facturas de las diversas reparaciones realizadas.” Alexandros, sorprendido, respondió: “¿Podrías mostrármelos?” “Claro, los tengo en nuestra habitación. Dame un momento,” dijo Elena, levantándose y saliendo de la habitación, dejando a Alexandros y Nikos solos. Nikos miró a Alexandros con seriedad. “¿Tienes alguna sospecha de alguien de la tripulación?” Alexandros suspiró. “No, confío en toda la tripulación. Pero algo no cuadra aquí.” Elena regresó con un folder lleno de documentos y se lo entregó a Alexandros. “Aquí tienes. Todos los reportes y facturas están en orden.” Alexandros comenzó a revisar los documentos. “Gracias, Elena. Necesito que Javier se reúna con nosotros. Esto requiere una investigación más profunda.” Más tarde, en una oficina improvisada en el astillero, Alexandros y Javier estaban sentados, rodeados de papeles y facturas. La tensión era palpable. “Mira esto, Alexandros,” dijo Javier, examinando una factura. “Estas facturas están infladas. Y estos materiales son de baja calidad, no los que se supone que debieron usarse.” Alexandros frunció el ceño. “Esto es una estafa. Alguien ha estado jugando con nosotros.” Javier continuó revisando más documentos. “Aquí hay algo más. Estas facturas tienen firmas diferentes, como si alguien hubiera falsificado las autorizaciones.” Alexandros examinó las firmas. “Tienes razón. Y mira esto, los materiales que se compraron no coinciden con los que se usaron en las reparaciones. Aquí dice que se compraron piezas de alta calidad, pero lo que encontramos en el barco es de baja calidad.” Javier asintió. “Esto confirma nuestras sospechas. Alguien ha estado desviando fondos y utilizando materiales inferiores para las reparaciones.” “El jefe de máquinas, pidió ser transferido a otra embarcación justo cuando iniciaron las reparaciones,” dijo Alexandros, pensativo. “Esto no puede ser una coincidencia. Necesitamos denunciar esto ante las autoridades competentes.” Javier organizó los documentos. “De acuerdo. Vamos a recopilar todas las pruebas y llevarlas a las autoridades. No podemos permitir que esto continúe.” En la oficina de las autoridades, Alexandros y Javier entregaron todos los documentos a un oficial que los recibió y comenzó a revisar las pruebas. “Esto es suficiente para iniciar una investigación,” dijo el oficial, asintiendo. “Nos encargaremos de esto. Gracias por traerlo a nuestra atención.” Alexandros sintió un alivio palpable. “Gracias a ustedes. Solo queremos proteger nuestro barco y a nuestra tripulación.” Isabella caminaba lentamente por el sendero que la llevaba a su lugar especial en la isla de Stavros. El camino serpenteaba entre árboles frondosos y flores silvestres, y el sonido del mar se mezclaba con el canto de los pájaros. Era un rincón escondido entre las rocas, donde el tiempo parecía detenerse. Aunque siempre venía aquí en septiembre, el mes en que había conocido a Alexandros, esta vez no pudo esperar. Se sentó en una roca cubierta de musgo y sacó una hoja de papel cuidadosamente doblada. Con una sonrisa melancólica, comenzó a leer en voz baja: “Querido Señor del Mar, han pasado veinte años desde aquel final verano en que nos conocimos. Aunque solo tuvimos un mes juntos, mi amor por ti ha perdurado a lo largo de los años. Nuestra hija, Marina, está a punto de cumplir diecinueve años. Es una joven maravillosa, llena de vida y sueños. Cada día pienso en ti y en lo que pudo haber sido. Espero que algún día la vida nos vuelva a unir.” Isabella dobló la carta y la colocó en una pequeña caja de madera que había escondido entre las raíces de un árbol. Al abrir la caja, se dio cuenta de que las cartas de los años anteriores no estaban allí. Su corazón dio un vuelco. “¿Podría ser que Alexandros haya vuelto a la isla y haya recibido mis cartas?” pensó, llena de esperanza. “Tal vez fue en este el último año…” Con un suspiro, se levantó y miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. “Lo siento, me es muy importante dejarte esto aquí ahora, pues para septiembre no sé si podré estar acá en la isla,” murmuró antes de regresar a la Villa Familiar al norte de la Isla, con una nueva esperanza en su corazón. Theo y Valentina paseaban por la playa de Stavros al final de la tarde, disfrutando de la brisa marina y del sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla. La arena blanca y fina se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y el agua cristalina reflejaba el cielo azul. Era su tercer mes juntos, y Theo había estado planeando este momento durante semanas. Se detuvieron en un lugar apartado, donde las olas rompían suavemente contra las rocas. “Valentina,” dijo Theo, tomando sus manos y mirándola a los ojos. “Estos últimos meses han sido los más felices de mi vida. Eres todo lo que siempre he soñado y más. Quiero pasar el resto de mi vida contigo.” Valentina lo miró con ojos brillantes, sintiendo una oleada de emoción. “Theo, yo también te amo. No puedo imaginar mi vida sin ti.” Theo sonrió y se arrodilló, sacando un pequeño estuche de su bolsillo. “Valentina, ¿quieres casarte conmigo?” Valentina se llevó las manos a la boca, sorprendida y emocionada. “¡Sí, Theo! ¡Sí, quiero casarme contigo!” Theo se levantó y la abrazó, mientras Valentina lloraba de felicidad. Juntos, miraron el anillo que brillaba en su dedo, prometiéndose amor eterno bajo el cielo estrellado de Stavros. Alex y Marina Isabella estaban sentados en un banco del parque, rodeados de árboles frondosos y flores de colores vibrantes. El parque estaba situado en una colina, desde donde se podía ver el mar al al atardecer en la distancia. La brisa fresca traía consigo el aroma salado del océano. Alex había estado nervioso todo el día, pero sabía que era el momento adecuado. “Marina,” comenzó Alex, tomando su mano y mirándola con ternura. “Desde que tengo memoria mi vida ha cambiado para mejor. Eres mi compañera desde siempre, mi amiga mi confidente y desde hace casi cinco años mi amor. Quiero pasar el resto de mi vida contigo.” Marina Isabella sonrió, sintiendo su corazón latir con fuerza. “Alex, yo también te amo. Eres todo para mí.” Alex sacó un anillo de su bolsillo y se lo mostró. “Marina Isabella, ¿quieres casarte conmigo?” Marina Isabella lo miró con lágrimas en los ojos. “¡Sí, Alex! ¡Quiero casarme contigo!” Se abrazaron, sintiendo que el mundo a su alrededor desaparecía. Sabían que juntos podían enfrentar cualquier cosa. Su relación había comenzado en secreto, pero ahora estaban listos para enfrentar el futuro juntos, con el apoyo de su familia. Nikos y Elena estaban en su habitación del hostal, decorada con muebles rústicos y cortinas de encaje que dejaban pasar la luz suave del atardecer. Hablaban sobre el bebé que esperaban. Elena estaba en su quinto mes de gestación, y aunque estaban emocionados, también sabían que era un embarazo de alto riesgo. “Nikos, estoy asustada,” confesó Elena, acariciando su vientre. “No quiero perder a nuestro bebé.” Nikos la abrazó con fuerza, sintiendo su propia preocupación. “Lo sé, amor. Pero estamos juntos en esto. Vamos a superar cualquier obstáculo.” De repente, Elena sintió un dolor agudo en el abdomen y se dobló de dolor. “¡Nikos, algo no está bien!” Nikos la llevó rápidamente al hospital, donde los médicos la atendieron de inmediato. La tensión en la sala de espera era palpable, pero finalmente, el médico salió con una sonrisa tranquilizadora. “Elena y el bebé están bien,” dijo el médico. “Fue solo un susto, pero deben tener mucho cuidado.” Nikos suspiró aliviado y entró a la habitación para ver a Elena. “Todo va a estar bien,” le dijo, tomando su mano. “Vamos a superar esto juntos, con nuestra familia a nuestro lado.” Elena sonrió débilmente, sintiendo el apoyo y el amor de Nikos. Sabía que, con él a su lado, podían enfrentar cualquier desafío. La familia, incluyendo a Theo, Valentina, Alex, Marina Isabella e Isabella, se unió para brindarles apoyo y amor en este momento crucial. Esa misma noche, horas después de que Isabella había dejado sus cartas, Alexandros caminaba por el mismo sendero que ella había recorrido. La luna llena iluminaba el camino, creando sombras danzantes entre los árboles. El sonido del mar y el canto nocturno de los pájaros acompañaban sus pasos. Alexandros sentía una mezcla de nostalgia y esperanza mientras se acercaba al lugar especial donde Isabella solía dejar sus cartas. Al llegar, se arrodilló junto a la roca cubierta de musgo y buscó la pequeña caja de madera entre las raíces del árbol. Al abrirla, su corazón latió con fuerza al ver las cartas cuidadosamente dobladas en su interior. Contó las cartas: eran 24, dos por cada mes durante el último año. Cada carta era un testimonio del amor eterno de Isabella por él. Con manos temblorosas, Alexandros tomó una de las cartas y la abrió. La letra de Isabella le resultaba tan familiar y querida. Leyó en voz baja: “Querido Señor del Mar, han pasado veinte años desde aquel final de verano en que nos conocimos. Aunque solo tuvimos un mes juntos, mi amor por ti ha perdurado a lo largo de los años. Nuestra hija, Marina, está a punto de cumplir diecinueve años. Es una joven maravillosa, llena de vida y sueños. Cada día pienso en ti y en lo que pudo haber sido. Espero que algún día la vida nos vuelva a unir.” Alexandros sintió una oleada de emociones. Isabella estaba en la isla en ese momento, igual que él, pues las cartas eran la prueba. No debían estar allí, ya que faltaban casi cuatro meses para que llegara el mes en el que habían estado juntos. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas. “Isabella,” susurró, “te he buscado durante tanto tiempo. Ahora sé que estás aquí.” Decidido a encontrarla, Alexandros se levantó y comenzó a buscar por toda la isla. Recorrió cada rincón, preguntando a los habitantes y explorando los lugares más recónditos. Sin embargo, evitó la parte norte de la isla, ya que era una zona privada y dudaba que Isabella pudiera estar allí. A medida que avanzaba la noche, la esperanza de Alexandros crecía. Sabía que su amor por Isabella era tan fuerte como el primer día, y ahora tenía la certeza de que ella también lo había estado esperando. Con renovada determinación, prometió no descansar hasta encontrarla y reunirse con ella.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR