DORIAN
El rumor empezó una semana después de la llegada de Cam.
Al principio fue una broma que lancé sin pensar, desde mi ignorancia, una de esas frases que uno dice para que el grupo se ría durante el almuerzo en el comedor principal.
Estábamos todos: Michael, Thomas, Ed y yo, rodeados de bandejas con comida que ninguno realmente tocaba.
Cam acababa de salir del aula de Cálculo Avanzado con su cuaderno lleno de ecuaciones que parecían jeroglíficos. Michael lo vio pasar y comentó algo sobre su “cara de mártir”, y yo, por inercia, respondí:
—Quizá le gustan los castigos...
Reímos. No porque tuviera gracia, sino porque así funcionaba entre nosotros. Las palabras servían solo para marcar jerarquías.
Pero cuando miré hacia la puerta, Cam estaba ahí. No sé cuánto había escuchado, pero la forma en que me miró fue suficiente. Fría, cortante. Como si hubiera comprendido algo más allá de la frase.
Desde entonces, algo cambió.
No sé si fue culpa o curiosidad, pero empecé a notarlo en todas partes. En la biblioteca, donde se sentaba con los auriculares puestos, ajeno al murmullo de los demás. En el pasillo del dormitorio, cuando lo veía volver tarde, con los ojos hundidos por falta de sueño. En el comedor, donde comía solo, con la espalda recta y la mirada fija en su plato, como si el mundo no existiera.
A veces, lo encontraba en la habitación cuando volvía del gimnasio. Siempre leyendo, escribiendo, calculando. Nunca hablaba mucho, pero su silencio era tan denso que parecía llenar el aire.
Una noche, al entrar, lo vi de pie frente al espejo. Llevaba una camiseta gris demasiado grande, el cabello suelto, húmedo. La luz del escritorio recortaba su figura, delgada, pálida, casi irreal.
Me quedé observándolo, sin hacer ruido.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que se diera cuenta.
—¿Qué? —dijo, sin volverse.
—Nada —respondí.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
Giró, con esa expresión que mezclaba rabia y algo más vulnerable.
—Como si fueras mejor que yo.
—No lo soy. Solo tengo más suerte. —Me senté en la cama, todavía mirándolo—. ¿Por qué no vienes mañana a la fiesta en North Hall?
—No me gustan las fiestas.
—Eso es porque nunca has estado en una buena.
—Eso es porque no me invitan.
Lo dijo con una sonrisa amarga, pero sin esperar respuesta. Se giró, apagó la luz del escritorio y se metió en la cama.
Me quedé en silencio. No entendía por qué me importaba tanto su negativa.
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CAM
Los rumores corren más rápido que el aire en St. Albion.
Empezaron a decir que Dorian tenía “un nuevo juguete”. No me importaba, o al menos eso intentaba convencerme. Pero cada vez que escuchaba las risas a mis espaldas, cada vez que notaba las miradas de los demás, el estómago se me cerraba un poco más.
Dorian no decía nada. A veces parecía divertirse con el ambiente que había creado.
Una tarde, al salir de clase, lo encontré esperándome junto al portón de hierro. Apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos y esa expresión de quien no conoce la incomodidad.
—¿Vienes a la fiesta, entonces? —preguntó.
—No.
—¿Por qué te cuesta tanto salir de tu cueva?
—Porque la gente ahí es como tú.
Sonrió. No como burla, sino como si acabara de recibir un cumplido.
—¿Y qué soy yo, exactamente?
—Un idiota con dinero.
—Puede ser —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero al menos sé divertirme.
Me di la vuelta, sin responder. Sentí que me seguía con la mirada. Esa sensación era imposible de ignorar: el peso de su atención, la manera en que parecía estudiar cada uno de mis gestos.
Esa noche no fui a la fiesta, pero lo escuché volver de madrugada, riendo con alguien. Cerró la puerta de golpe y dejó caer algo sobre el suelo. Después, silencio.
Me levanté, encendí la lámpara. Dorian estaba sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la cama, el cabello despeinado y los ojos medio cerrados. Tenía una herida pequeña en el labio.
—¿Qué te pasó? —pregunté.
—Nada. Una estupidez.
Me arrodillé junto a él sin pensar. El olor a alcohol era fuerte, mezclado con algo metálico. Busqué una servilleta y se la acerqué.
—Aquí.
Me miró, confundido, y por un segundo pareció a punto de decir algo. En cambio, solo murmuró:
—Eres raro, Cam. Nadie hace estas cosas por alguien a quien no le agrada... Además, no somos amigos.
—No soy nadie —dije.
Él rió, apenas, y tomó la servilleta.
—Eso sí es verdad.
Y aun así, no dejó de mirarme.
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DORIAN
No dormí esa noche.
No por el alcohol ni por la pelea, sino por la forma en que Cam me había tocado el rostro. Sin miedo, sin repulsión, con una calma que me desarmó.
Había algo en él que me irritaba y me atraía al mismo tiempo. Su silencio no era debilidad; era una especie de fortaleza que me hacía sentir expuesto.
Durante el desayuno, Michael me lanzó una mirada cómplice.
—Así que el becado te está cuidando, ¿eh?
—Cállate.
—Oh, venga, Dorian. Todos lo han visto. El tipo te sigue como un perro, es absurdo ¿No te molesta?.
—No me sigue. Solo vive conmigo en el mismo dormitorio.
Rezongué.
—Entonces será casualidad que siempre estés hablando de él, o sea... hablas mierda de el pero aun así no dejas de hablar de el.
No respondí.
Esa tarde, durante la práctica de rugby, perdí la concentración. Cada vez que el balón pasaba por mis manos, veía su cara. El rostro pálido, los ojos enormes.
Cuando terminó el entrenamiento, me quedé solo en el campo. El cielo estaba rojo. Sentí un impulso absurdo: quería que Cam me viera así, sudado, extenuado, real. Quería provocarle algo.
Esa necesidad me asustó.
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CAM
Dorian cambió los días siguientes.
Ya no me hablaba con burla, pero tampoco con amabilidad. Era como si intentara encontrar un punto medio y fracasara. A veces se quedaba mirándome mientras estudiaba, y cuando levantaba la vista, fingía estar concentrado en otra cosa.
Una tarde, mientras yo escribía en el escritorio, se acercó.
—Cam —dijo, con voz baja—. Lo del otro día… lo del rumor. No debí decir eso.
—No importa.
—Sí importa.
—¿Por qué? —pregunté.
—No lo sé exactamente...
Musitó.
Lo miré, confundido. Esa frase sonó demasiado ambigua para venir de él.
—No te odio. Solo me cuesta entenderte.
Él sonrió, casi con tristeza.
—A mí también me cuesta entenderme.
Se sentó en la cama, mirando el suelo. El silencio se alargó. Afuera llovía otra vez.
—¿Sabes qué es lo peor de este lugar? —dije, rompiendo el silencio—. Que todo el mundo actúa como si nada doliera.
Él levantó la vista, y por primera vez, no supe si estaba a punto de reír o de llorar.
—Y tú —dijo— actúas como si todo doliera.
No supe qué responder.
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DORIAN
Más tarde esa noche, cuando Cam se quedó dormido, salí al pasillo. Thomas y Michael estaban ahí, riendo, fumando algo barato.
—¿Qué pasa, señor perfecto? —dijo Thomas—. ¿Tu novio se durmió?
—Váyanse al infierno.
—Oh, vamos. No te pongas sentimental. Todos sabemos que te gusta.
Me abalancé sobre él antes de pensarlo. No fue una gran pelea, solo un empujón, un golpe mal dado, un ruido seco cuando la espalda de Thomas chocó contra la pared.
—Vuelve a decir eso y te rompo los dientes —le dije.
Me miraron en silencio, sorprendidos. Nunca antes me había alterado así.
Cuando regresé a la habitación, Cam seguía dormido. Me quedé de pie, mirándolo, con la respiración desordenada.
No sabía si quería protegerlo o destruirlo.
Quizá ambas cosas.