CAM
La mañana comenzó gris, con una niebla tan espesa que las torres góticas de St. Albion parecían flotar entre el humo del cielo. Caminé por el sendero de piedra hacia la biblioteca, con las botas resonando sobre el pavimento húmedo. La hierba estaba cubierta de gotas de rocío que me empapaban los bajos del pantalón. Cada inhalación olía a tierra mojada y a hojas podridas; el aire tenía ese aroma a melancolía que siempre me hace sentir pequeño.
Dorian estaba allí, recargado en la verja de hierro que separaba el campus del bosque que rodeaba North Hall. La lluvia de la noche anterior había dejado su cabello húmedo, pegado a la nuca y los hombros, y la luz gris le daba un tono casi etéreo a su piel. Tenía la camisa arremangada y los pantalones mojados hasta las rodillas. Miraba hacia el bosque, como si esperara a que algo surgiera de la neblina.
—Buenos días, vampiro —dije, tratando de sonar indiferente.
—Buenos días, becario —respondió sin mirarme, con esa voz grave que siempre parecía flotar en el aire frío.
Me acerqué, sintiendo el olor a tierra mojada mezclado con su perfume, que olía a cuero y algo indefinible, dulce pero amargo. Me quedé parado junto a él, escuchando los pasos de otros estudiantes acercarse, los tacones sobre la piedra, los susurros. Todo parecía un desfile de máscaras.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día? —pregunté.
—Sí. —Su tono era breve, como siempre, pero había un peso en sus palabras. Como si cada sílaba fuera un desafío.
Nos quedamos en silencio. La niebla se enredaba entre los árboles y los ventanales de la biblioteca, reflejando la luz de las lámparas de hierro forjado. Podía oír gotas cayendo de los aleros, el murmullo del viento entre las ramas, y un grupo de estudiantes riendo en la distancia.
Algo en él me hacía sentir fuera de lugar, como si todo mi pasado de orfanato y mis traumas fueran irrelevantes frente a su perfección natural. Y aun así, no podía apartar la vista.
—No me mires así —dijo, finalmente—. No soy un cuadro para que te deleites.
—No lo hago —respondí, aunque mentía.
Su risa fue apenas un susurro, como hojas rozando el suelo.
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DORIAN
Durante la clase de matemáticas, no podía concentrarme. Cam estaba sentado en la fila de enfrente, con la cabeza apoyada en la mano, los ojos oscuros fijos en el profesor pero claramente pensando en otra cosa. Cada vez que giraba ligeramente la cabeza, lo veía reflejado en los cristales del ventanal: su cabello largo brillando con los rayos del sol filtrándose entre la niebla, los labios apretados, la mandíbula tensa.
Me molestaba. Me irritaba. Y al mismo tiempo, me atraía como un imán que no podía apagar.
El aula olía a tiza, madera vieja y el leve perfume de los estudiantes que estaban demasiado cerca. El sonido de los lápices sobre los cuadernos, el crujido de las sillas, incluso la respiración de Cam, se volvieron tan claros que casi podía seguirlos como si fueran música.
En un momento, el profesor mencionó un problema complejo de álgebra lineal, y Cam lo resolvió antes de que terminara la explicación. Todos los alumnos giraron hacia él, sorprendidos. Yo lo observé, impasible, pero dentro de mí algo se removió. No era envidia, era otra cosa más complicada: una mezcla de admiración, curiosidad y un impulso que no quería reconocer.
Después de clase, salimos juntos por el pasillo de piedra que llevaba al patio central. Las paredes estaban cubiertas de hiedra mojada, y las gotas caían de las hojas formando pequeños charcos en el suelo.
—Te sale muy fácil —le dije, casi sin pensar—.
—Supongo que la vida me ha entrenado —respondió, con esa calma que siempre me desconcertaba—. ¿A ti te sale fácil intimidar a alguien con tu sonrisa perfecta?
—Eso depende de quién.
Se detuvo frente a un ventanal que daba al jardín, con la luz gris de la tarde filtrándose entre las nubes bajas. Sus ojos parecían reflejar la tormenta, y yo, absurdo, sentí un temblor que no podía controlar.
—Hay cosas de ti que no entiendo —dije, finalmente.
—No esperes entenderme —contestó, mirándome de reojo, dejando que la tensión se alargara como una cuerda lista para romperse.
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CAM
Los días siguientes, todo el campus parecía conspirar contra nosotros. Michael y Thomas habían empezado a difundir comentarios sobre nosotros, insinuando cosas que no eran verdad pero que sonaban peligrosamente plausibles. Incluso algunos profesores nos miraban con curiosidad o desaprobación, sin saber exactamente por qué.
Una tarde, mientras caminábamos hacia North Hall, escuchamos un grito:
—¡Cam!
Nos giramos y vimos a una chica del grupo popular, Elizabeth, corriendo hacia nosotros. Su cabello rojo flotaba con la brisa, y sus ojos verdes brillaban con algo que parecía mezcla de miedo y furia.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¡Ese chico! —dijo, señalando a Dorian—. ¡Es peligroso y malvado! ¡TE LO DIGO POR EXPERIENCIA!.
Dorian frunció el ceño, pero no dijo nada. La chica estaba desesperada, moviéndose entre los estudiantes que observaban la escena con curiosidad morbosa.
—¿Peligroso cómo? —le pregunté, intentando mantener la calma—.
—¡No puedo decirte pero debes creerme!—gritó—. ¡Debes alejarte de él! No puedes ser su amigo.
Dorian me miró, y por un instante su expresión fue pura tensión. Como si la amenaza que todos percibían no fuera solo hacia mí, sino hacia algo más, hacia lo que éramos nosotros cuando estábamos juntos.
—Déjala —dijo finalmente, con una voz que cortaba el aire—. No sabe lo que dice, está loca.
La chica se detuvo, temblando, y se alejó corriendo, pero sus palabras quedaron flotando en el aire: peligroso.
Y yo, parado junto a él, supe que nada en St. Albion sería igual.
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DORIAN
Esa noche, el dormitorio estaba en silencio. Cam dormía en la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho. La luz de la farola pasaba por la ventana, dibujando sombras que se mezclaban con el humo de la vela que encendí para leer.
No podía dejar de pensar en él. En su forma de mover las manos al escribir, en cómo fruncía el ceño cuando algo no le parecía justo. En la manera en que el mundo lo había moldeado para sobrevivir, para ser fuerte, para callar el dolor.
Sentí una necesidad absurda de tocarlo, de protegerlo y desafiarlo al mismo tiempo.
No entendía si era obsesión o algo más peligroso. Lo único que sabía era que St. Albion acababa de abrir una grieta entre nosotros, y que cualquier paso en falso podría destruirnos a los dos.
El viento golpeó la ventana, haciendo temblar los cristales. Afuera, la lluvia comenzó de nuevo.
Y yo, parado junto a la cama, supe que no había vuelta atrás.