Capitulo 4. "Fuego invisible".

1323 Palabras
CAM Los días en St. Albion comenzaron a pesarme como una losa de piedra. Cada pasillo, cada aula, cada mirada me recordaba que no pertenecía allí, que era un intruso. Y Dorian no ayudaba. Cada mañana lo veía entrar a mi habitación como si no pudiera decidir si era mi tortura o mi salvación. A veces hablaba conmigo, dejaba comentarios que me hacían reír y sentir una chispa de alivio; otras, simplemente me ignoraba, dejándome con la sensación de estar suspendido en un vacío incómodo, como si él decidiera cuándo podía existir y cuándo no. Esa ambivalencia lo hacía aún más peligroso. Los compañeros lo notaban. Michael y Thomas empezaron a aprovechar cada oportunidad para burlarse de mí. —Hey, becado —me dijeron un día en el pasillo—. ¿Como son tus noches en la cueva del lobo?. —Déjame en paz —gruñí, sin mirarlos. —Oh, vamos, todos lo saben. Solo mírate. Lo sigues como un perrito faldero. Me mordí el labio, conteniendo el impulso de lanzarme sobre ellos. Thomas vio mis claras intenciones. —¿Que? ¿Te ofendo?. Preguntó. —Mas bien das pena... Que a tu puta edad te sigas comportando tan inmaduro. Creía que venía a una Universidad, pero últimamente siento que me regrese a la secundaria. Espeté con desdén. Pero Dorian apareció justo entonces, como una sombra que no se podía ignorar. Alto, musculoso, perfecto. Se detuvo frente a mí, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa torcida que podía destrozarte y encantarte al mismo tiempo. —¿Que pasa?. —dijo, con voz baja, pero cargada de amenaza—. ¿Quién es un perrito faldero?. El efecto fue inmediato: Michael y Thomas retrocedieron, pero el silencio de Dorian y la fuerza implícita en su postura me hicieron sentir todavía más vulnerable. Por un instante, sentí miedo y deseo al mismo tiempo. Miedo de él y deseo de que no me dejara solo. --- DORIAN No podía dejar de observarlo. Cam estaba en el comedor, intentando comer en paz mientras las risas se acumulaban a su alrededor. La gente murmuraba sobre nosotros, y él, con la cabeza baja, parecía más frágil de lo que me gustaría admitir. Mi primer instinto fue acercarme, protegerlo, hacerlo mío de alguna manera absurda. Pero algo en mí se resistía. No podía permitirme mostrar demasiado interés. No podía ser vulnerable, no podía dejar que alguien me viera así. Así que lo ignoré deliberadamente. Caminé por el comedor, dejándole espacio, dejando que la atención de los demás lo presionara, mientras sentía cómo mi estómago se revolvía. —¿Por qué hago esto? —me pregunté, entre dientes, tomando un sorbo de café que había dejado frío—. Quiero que me mire, pero quiero que tema mirar demasiado. Era cruel, pero no podía evitarlo. Y el fuego que sentía por él no se apagaba, sino que crecía con cada desaire. --- CAM Los días se convirtieron en una rutina insoportable. Cada clase, cada comida, cada pasillo era un recordatorio de mi posición en ese mundo que no me pertenecía. Y Dorian no ayudaba: a veces me buscaba para soltar un comentario mordaz, otras veces simplemente desaparecía, dejándome solo con las burlas y miradas de los demás. La combinación era perfecta: me atraía hasta doler y me hacía sentir insignificante al mismo tiempo. Una tarde, después de clase, escuché un grupo de chicas susurrando detrás de mí. —Mira al becado, siempre con los ojos clavados en Dorian… —una risa suave—. Cree que va a tener algo con él. No respondí. No podía. Sentía cómo la sangre me subía a la cara, una mezcla de rabia, vergüenza y deseo. "¿Tan obvio era?". Pensé. Luego le lancé una mirada furibunda a la chica quien al verme se quedó pasmada. —¿Tan miserable es tu patética existencia que tienes que estar al pendiente de la mía?. Le dije con sorna. Ella palideció y abrió mucho la boca mientras los demás reían. La miré de arriba abajo con desprecio. —Claro... Lo único bonito que tienes es el bolso. Por qué con esa cara de seguro espantas a todo mundo. Le dije riendo divertido. Ella dio un paso hacia a mi. Y apareció Dorian, cruzando el patio. Su abrigo n***o mojado de la llovizna parecía absorber la luz gris del atardecer. Al verlo el grupito de personas que había alrededor se quedaron callados. Pasó junto a mí, y por un instante, nuestros hombros se rozaron. Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que todo mi cuerpo se tensara. —¿Vienes? —preguntó en voz alta, sin mirarme directamente. —No —dije, con voz más firme de lo que me sentía—Tengo mejores cosas que hacer. —Como quieras —respondió, encogiéndose de hombros y desapareciendo entre la multitud. Rechacé la invitación para demostrarles a todos que yo no estaba embobado con el, aunque... Para ser honestos si lo estaba. Esa noche, en mi habitación, no pude dejar de pensar en él. Cómo podía ser tan cruel y tan irresistible al mismo tiempo. --- DORIAN Mi familia no ayudaba a calmarme. Los almuerzos en la mansión de los Dupont eran siempre un espectáculo: paredes de mármol, candelabros de cristal y la sensación constante de que todo estaba evaluado. Mis padres, impecables en apariencia, me observaban con esa mezcla de orgullo y desaprobación que siempre dejaba un vacío en mi pecho. —Dorian, ¿todavía te juntas con ese becado de la universidad? Me comentó la madre de Michael que haz hecho amistad con un... Con un becado—preguntó mi madre, con la voz suave pero cargada de juicio. —Con todo respeto... No es asunto tuyo, madre —respondí, con la calma medida que siempre utilizo frente a ellos. Mi padre solo me lanzó una mirada fría, y mis hermanos mayores —dos chicos de rostro severo y dos chicas que parecían perfectas versiones femeninas de mí— intercambiaron sonrisas cómplices y burlonas. Esa dinámica me irritaba, pero al mismo tiempo me enseñaba algo: si no mantenía el control, todo se desmoronaría. Y eso incluía a Cam. Quería acercarme a él, abrazarlo, decirle lo que sentía. Pero también quería alejarlo, hacerlo luchar por mi atención, sentir la desesperación que yo sentía cada vez que no estaba a mi lado. Era un juego cruel. Y yo lo jugaba con todas mis fuerzas. --- CAM No entendía nada. Cada día, Dorian alternaba entre ser frío y provocador, cercano y cruel. Sus cambios me hacían sentir vivo y destruido al mismo tiempo. La escuela me atacaba más, los compañeros se burlaban, los profesores me miraban con cierto recelo. Todo parecía girar alrededor de él y de la presión que ejercía sobre mí. Una tarde, mientras caminaba hacia el dormitorio, encontré a Dorian recostado contra la verja que daba al bosque. La luz del sol filtrándose entre la niebla iluminaba su cabello rubio y húmedo, sus ojos azules brillando como hielo. —Te veo cansado —dijo, con voz baja. —Gracias, señor obvio —respondí, tratando de mantener el sarcasmo. —No es sarcasmo —dijo, acercándose un paso más—. Y sé que todos te molestan por mi culpa. Sentí un temblor en el estómago. Sus palabras eran sinceras, y aun así, la forma en que me miraba dejaba claro que no podía confiar completamente en él. —¿Por qué me haces esto? —pregunté, bajando la vista. —Porque no sé cómo no hacerlo de otra manera —respondió, con un suspiro que casi se pierde en el viento—. Porque honestamente quiero destruirte. Le miré con acritud. —¿Sabes que?... Jodete. Le dije, para luego darme vuelta y dejarlo ahí. No supe qué más decir. Solo sentí la mezcla de miedo y atracción que me mantenía atrapado en él, incluso cuando quería alejarme, pero me tenía harto.
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