Capítulo 20. "Gales".

2918 Palabras
Cam Nunca había estado en Gales. El camino parecía una postal: colinas verdes, el cielo cubierto por nubes tan bajas que casi podían tocarse. Dorian conducía con una serenidad que me resultaba extraña pero agradable. El aire dentro del coche olía a cuero, a perfume caro… y a confianza, esa que poco a poco empezaba a recuperar. —¿Estás bien? —me preguntó, con una media sonrisa mientras giraba el volante. —Sí. Aunque… dijiste que era una casa de campo. —Lo es. —¿Con wifi? —No. Me giré a verlo, horrorizado. —¿Cómo que no? ¿Y si me pierdo? ¿Y si muero de aburrimiento? —Si mueres de aburrimiento conmigo, juro que me entierro con mi PlayStation... No ser capaz de entretenerte se suma a la lista de cosas que me preocupan—contestó sin despegar la vista del camino Lo odié un poco. Luego reí, porque su sarcasmo me desarmaba. El camino continuó entre bromas torpes y risas que no parecían ensayadas. --- La casa era enorme, de piedra gris, con ventanales antiguos y un jardín que parecía sacado de un cuento inglés. Apenas entramos, Dorian dejó las maletas y me miró con esa sonrisa que usaba para aparentar control. —Bienvenido a mi refugio —dijo—. Espero que te guste. —¿Tú limpias esto? —No, tengo alma, no vocación de mayordomo. Me reí otra vez. Era raro: después de tanto tiempo sintiendo miedo, reír con él se sentía como respirar por primera vez en semanas. Nos pasamos la tarde explorando la casa. Yo abría cada puerta con una curiosidad infantil; él me seguía fingiendo paciencia, aunque sé que le divertía verme tropezar con todo. Literalmente con todo. Me caí dos veces. La primera, por intentar abrir una ventana trabada. La segunda, porque me asustó un espejo antiguo en el pasillo y salté hacia atrás como si hubiera visto un fantasma. Dorian casi se ahoga de la risa. —¡Cam! ¿Cómo puedes tener reflejos tan lentos? —¡No todos tenemos entrenamiento de ninja universitario! Al final de la tarde, encendimos la chimenea. Dorian intentó cocinar pasta. Digo “intentó” porque lo que salió de la olla parecía un crimen contra la gastronomía italiana. —No está tan mal —murmuró, masticando con cautela. —¿Eso era salsa o pintura industrial? —pregunté. —Tal vez ambas. Terminamos comiendo cereal con leche. Fue una cena trágicamente perfecta. --- Dorian Le besé el cuello, acaricie su cintura con la mano derecha y con la izquierda la espalda. Empecé a ascender hasta sus pectorales que ahora tenían más carne debajo de la pálida piel. Mordí despacio su pezón izquierdo tan rosado que parecía un diminuto brote de cerezo. Me gustaba, mucho. Lentamente el se fue sentando sobre mi miembr* erecto, que palpitaba desesperado por estar dentro suyo. Cerré los ojos disfrutando de su estrechez, del calor y humedad que su interior me ofrecía. Yo me recosté y puse un brazo bajo mi cabeza mientras que con la mano derecha guiaba sus movimientos. Cam, se meneaba encima mío con una cadencia deliciosa, su pene, también muy erecto se frotaba contra mi abdomen y notaba como sus testículos se contraían cada que mi pene tocaba aquel punto en su interior que lo volvía loco. Aquí, en este lugar en medio de la nada, Cam podía gemir con libertad sin el temor de ser escuchado. Sus gemidos eran lastimeros, no muy ruidosos pero si bastante existentes. Su voz era naturalmente ronca, afónica, como si estuviese enfermo de la garganta. Yo intentaba controlar mi impulso de girarlo y aprisionarle contra la cama y follarmelo con violencia. Noté un ligero bulto en su abdomen bajo que aparecía y desaparecía cada que el se movía, puse mi mano ahí para tocar, me tomó varios segundos comprender que aquello era mi pene en su interior lo que estaba empujando dentro suyo. Eso me trastornó. Quería follarmelo más fuerte. "No" Me dije. Este era su momento, el tenía el control de la velocidad y profundidad, el marcaba el ritmo. Parecía que estaba bailando, se movía demasiado bien, tenía talento para esto definitivamente. Yo solté un jadeo luego de que el aumentará considerablemente la velocidad, empecé a masturbarlo mientras el se empezaba a mover como loco y luego de un rato empezó a gritar aliviado. Su semen se derramó por mi abdomen, y yo tomé un poco con el dedo índice y me lo llevé a la boca. "Que delicia". Pensé, mientras paladeaba su sabor dulce. Luego lo volteé dejándolo boca arriba bajo mi cuerpo, quedando así ambos en la posición del misionero. Empecé a moverme libremente, entrando y saliendo de su cuerpo cada vez más y más rápido y fuerte. Cam entonces empezó a gemir de nuevo y sentí como su cuerpo frágil y hermoso se tensaba de nuevo y los bien definidos musculos abdominales se contraían debajo de esa pálida piel tersa. Me volví loco por un segundo y luego me fragmente en mil pedazos, eyaculando dentro de él con violencia. Luego, segundos después caí agotado sobre de él y me puse a besarlo. Quería devorarlo, morderlo, tocarlo, abrazarlo, cualquier cosa. Lo amo. Cam no sabía que lo observaba mientras dormía esa noche, con la luz de la chimenea todavía viva. Se veía tranquilo. Vulnerable, pero en paz. Me quedé pensando en lo mucho que había cambiado mi forma de quererlo. Antes, todo era posesión, miedo, control. Ahora solo quería verlo reír otra vez. A la mañana siguiente, el gallo —que no sabíamos que existía— nos despertó a las seis. Cam se levantó sobresaltado y tropezó con la alfombra. —¡Tu campo es un campo hostil! —gritó medio dormido mientras preparábamos el desayuno y el gallo se había metido a la cocina y empezaba a cacarear de aquí para allá. —No es mi culpa que te asuste un gallo. —¡Me asustó su entusiasmo por morir! Si no se calla voy a matarlo. Reí tanto que terminé haciendo café con sal en lugar de azúcar. Él lo bebió sin decir nada, hasta que me vio poner azúcar en el mío. —¿Qué demonios acabo de tomar? —preguntó, con cara de traición. —Energía emocional, supongo— ¿Por?... —Le has puesto sal en lugar de azúcar. Dijo muy serio mirando su taza vacía. —Mi amor, ¿Por qué no me dijiste?... ¿Por qué lo has bebido?. —Me ha dado pena... Respondió el con sinceridad. El resto del día fue simple: caminamos por el bosque, tomamos fotos absurdas, y en una de ellas, Cam se quedó mirando el horizonte, tan serio, tan frágil, que me dieron ganas de detener el tiempo. No dije nada. Solo me acerqué y tomé su mano. —¿Sabes? —le dije—. Nunca había disfrutado tanto no hacer nada. Él sonrió, apretando mi mano como si esa frase significara algo más— Cam, muéstrame las fotos que has tomado, anda... Cam inmediatamente abrió mucho los ojos y desvío la mirada al horizonte fingiendo demencia. —Ya no tengo batería, te las muestro más tarde. Te las enviaré por Wh*tsApp. Aseguró. —Camile... Muéstrame las putas fotos. Ordené alzando la ceja. Cam se puso rojo granate y me dio el teléfono. Al abrir la galería vi una gran cantidad de fotos de mi trasero y mi paquete... Yo inmediatamente sonreí. —Pero amor... Te has pasado todo el día fotografiándome el culo... Oye... Me has fotografiado mientras me ducho... Camile... ¡ERES UN PERVERTIDO!. Bramé riendo mientras veía las imágenes. Cam sin embargo había desaparecido ocasionando en mi una explosión de risa. —¡AMOR! ¡VEN! ¡NO HUYAS!. Grité sin dejar de reir. Cuando de repente le vi ingresar corriendo al interior de la casa. --- Esa noche, pusimos música vieja en el tocadiscos. Elvis, como la vez que lo hice reír en la cocina. Canté Can’t Help Falling in Love desafinando a propósito. Cam me lanzó una servilleta. —Eso fue un insulto a Elvis. —Fue un homenaje, cariño. —Fue un asesinato. Lo besé, suavemente. No por deseo, sino por calma. Y, por primera vez, no hubo miedo, ni castigo, ni fantasmas entre nosotros. Solo dos cuerpos respirando el mismo aire, aprendiendo a quererse de nuevo… torpemente, pero sin daño. --- Cam Antes de dormir, Dorian me pidió que lo acompañara afuera. El cielo galés parecía un océano quieto. —Cam… —dijo, sin mirarme—. No puedo cambiar el pasado, pero quiero hacer que el presente valga la pena. No supe qué responder. Me limité a recargar la cabeza en su hombro. Y en ese silencio tibio entendí algo: el amor, a veces, no se pide. Se repara. --- Dorian El aire de Gales tenía un peso distinto, como si cada brisa guardara un recuerdo. Caminábamos por el jardín detrás de la casa, los pies hundiéndose en la hierba húmeda. Cam iba unos pasos adelante, observando las flores secas del invierno. Su curiosidad por lo más simple siempre me conmovía. Me estiré, dejando escapar un suspiro. —¿Sabes algo, Cam? —dije, sin pensar demasiado—. Cuando termine la universidad, me gustaría casarme. Cam se giró, sorprendido, con los ojos grandes y esa expresión suya que mezcla miedo, ternura e incredulidad. —¿Casarte? —preguntó—. ¿Con quién? Me reí bajito. —Contigo, Cam. Me encantaría casarme contigo… si tú quieres, claro. Por un instante, el mundo pareció detenerse. Él no respondió enseguida. Solo me miró, como si intentara descifrar si lo decía en serio. Luego asintió, apenas, pero con una sonrisa pequeña y temblorosa. —Sí —susurró—. Sí quiero. --- Cam El corazón me latía tan fuerte que temí que él lo oyera. Yo, Cam, el chico invisible de la cafetería, el adoptado, el que se tropezaba con su sombra… ¿comprometido con Dorian Dupont? Me pareció una broma, pero sus ojos no mentían. Tenían esa luz silenciosa que solo aparece cuando algo es verdadero. No hablamos más del tema. Pasamos el resto del día recogiendo ramas, persiguiendo un gato que parecía odiarnos, y riéndonos de nuestras propias torpezas. Pero por dentro, yo no dejaba de pensar en la palabra matrimonio. No por miedo. Por asombro. --- Dorian De regreso a la universidad, la tarde era un cuadro color ámbar. Cam dormía apoyado contra la ventana del coche, con el cabello despeinado y la boca entreabierta. Entonces saqué del bolsillo interior de mi chaqueta una pequeña caja de terciopelo azul. Esperé a que despertara. Cuando lo hizo, ya estábamos entrando a la autopista. —Cam —le dije suavemente—. Hay algo más. Abrí la caja y se quedó mudo. El anillo brilló con una sobriedad antigua: oro envejecido, sin adornos, solo una inscripción diminuta en el interior. —Era de mi abuelo —expliqué—. Se llamaba Édouard. Fui su nieto favorito, o eso decía. Cuando enfermó, yo tenía diecisiete. Pasé con él los últimos meses, cada noche, cada día. Murió justo antes de que entrara a la universidad. Hice una pausa. Cam me escuchaba en silencio, con las manos quietas sobre las rodillas. —Mis padres viajaban mucho. Siempre estaba solo en casa o en internados. Pero él… él me enseñó a tocar el piano, a cocinar, a pensar antes de hablar. Me enseñó que amar no es poseer, sino cuidar. —Dorian… —Cuando murió, sentí que todo se vaciaba. Y cuando te conocí, por primera vez sentí que el silencio no dolía. Que había alguien que me escuchaba sin que yo tuviera que decir nada. Tomé su mano y deslicé el anillo en su dedo. —Por eso te lo doy. Porque eres mi casa, Cam. Y no quiero volver a estar solo nunca más. --- Cam No supe qué decir. Tenía los ojos húmedos, y el pecho apretado por algo que no era tristeza, pero dolía igual. No era solo amor lo que sentía; era la sensación de que Dorian me veía, de verdad. Le prometí, sin palabras, que cuidaría de él como él intentaba cuidarme —aunque a veces le costara encontrar el modo. Miré el anillo. Era pesado, frío, y sin embargo se sentía cálido contra mi piel. Un peso dulce. Como el amor, supongo. --- Esa noche, al llegar al penthouse, Dorian dejó las llaves en la mesa y me miró de reojo. —¿Sabes que ahora estás oficialmente comprometido con un idiota funcional? —bromeó. —Sí —respondí, conteniendo la risa—. Pero eres mi idiota funcional. Rió, me abrazó, y por un segundo, no existió el pasado. Solo el eco de una promesa que ambos empezábamos, por fin, a entender. Cam Desde hace semanas, los días se habían vuelto casi perfectos. Despertaba antes que Dorian para preparar el desayuno: pan francés, huevos al gusto y té, siempre té. Al principio, casi incendio la cocina intentando cocinarle algo decente. Pero ahora... ahora él me miraba con esa sonrisa entre divertida y tierna mientras probaba mis intentos. —Te estás volviendo peligroso, Cam —solía decirme—. Si sigues cocinando así, jamás te dejaré salir de casa. Reía. Y aunque su tono seguía siendo dominante, había dulzura en su voz. Una dulzura nueva. En la universidad las cosas eran distintas. La gente susurraba. “Cam solo está con él por dinero”, decían algunos. “Un Dupont no sale con un don nadie.” Los escuchaba, pero ya no dolía tanto como me hubiese dolido ocho meses atrás. Dorian me había enseñado que la verdad no necesita defensa, solo constancia. Y aun así, a veces, el peso de esas palabras me aplastaba cuando estaba solo. --- Dorian No soportaba cómo lo miraban. Cada vez que alguien se atrevía a llamarlo “interesado”, me hervía la sangre. Cam nunca respondía. Solo bajaba la mirada y fingía que no escuchaba. Pero yo lo conocía: sabía cuando algo le dolía. Yo había sido un idiota antes. Un idiota celoso, violento, egoísta. Ahora intentaba ser el hombre que él merecía, no el que el mundo esperaba de mí. Por eso, cuando lo veía estudiando en la biblioteca, concentrado, con el cabello cayéndole sobre la frente, no podía evitar acercarme. Me parecía irreal que alguien como él existiera. --- Cam La biblioteca estaba casi vacía aquella tarde. Yo revisaba mis apuntes de física, y Dorian, sentado frente a mí, hacía garabatos en su cuaderno. Levantó la vista y me sonrió con esa mirada traviesa que me derretía. —¿Sabes que no puedo concentrarme cuando haces eso? —le dije. —¿Cuando hago qué? —preguntó, fingiendo inocencia. —Cuando me miras como si fuera un postre y eso que haces con la mandíbula... Ya sabes, cuando aprietas los dientes y se tensa toda tu quijada. —Es que lo eres, Cam. Y sobre lo segundo no lo hago apropósito, sabes que tengo bruxismo—Se levantó, rodeó la mesa, tomó mi mano y me llevó detrás de una estantería vacía y me besó, suave al principio, luego con más hambre. Intenté apartarlo. —Dorian… estamos en la biblioteca. —¿Y qué? —susurró, riendo contra mis labios—. Los libros no hablan, no puedo creer que estemos comprometidos y vayas a ser mi esposo. Le devolví el beso. Por un momento, el mundo se redujo a su respiración, su perfume, el roce de sus dedos en mi cuello. No nos dimos cuenta de la sombra al otro lado del estante. --- Dorian Cuando el mensaje llegó al grupo de estudiantes, estábamos en el laboratorio. Un compañero soltó una carcajada. —¡Vaya! No sabía que el señor Dupont estaba comprometido con el genio de la cafetería. ¡Felicidades! Cam palideció. Yo me quedé helado. Tomé el teléfono del chico y ahí estaban: fotos y un video corto. Nosotros. En la biblioteca. Besándonos. Y, para colmo, la voz de Cam diciendo bajito: “…No puedo creer que estemos comprometidos…” Todo el campus lo sabía. --- Cam Las miradas me perseguían. Al pasar por los pasillos, la gente murmuraba, reía, grababa. Algunos me felicitaban con cinismo. Otros me insultaban abiertamente. Dorian me tomó de la mano frente a todos, con la cabeza en alto. —Que hablen —me dijo—. Si el mundo necesita un espectáculo, que sea de amor, no de odio. Su valentía me desarmó. Pero en el fondo, yo temía que su familia se enterara. Y más aún, temía que él volviera a enojarse, que esa vieja versión suya despertara con el ruido del escándalo. --- Dorian Esa noche, Cam lloró por primera vez en semanas. Intenté consolarlo, pero no con promesas vacías. Le dije que lo enfrentaría todo, incluso a mi familia. Que si debía elegir, lo elegiría a él, siempre. Y cuando se quedó dormido sobre mi pecho, su respiración tranquila me recordó lo esencial: No era el escándalo lo que me aterraba, sino perderlo de nuevo en la oscuridad de mis propios errores. --- Cam Al día siguiente, todo seguía siendo un murmullo constante. Pero cuando Dorian y yo entramos al campus tomados de la mano, algo cambió. Los rumores no desaparecieron, pero se diluyeron ante la imagen de nosotros caminando juntos. No era desafío. Era amor. Y aunque seguían mirándonos, por primera vez no me sentí invisible. Por primera vez, me sentí elegido.
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