CAPÍTULO VEINTIDÓS Mientras la oficial Frisbie ayudó a Riley a levantarse de la cama, Riley la oyó decir algo en voz alta a uno de los policías en el pasillo. Era una simple orden, pero en ese momento Riley no entendió nada. Lo que sí escuchó fue la respuesta de una mujer: —¿Crees que sea buena idea? Digo, ¿no está…? —No discutas conmigo —espetó Frisbie—. Que sea rápido. La oficial Frisbie tomó a Riley suavemente por el brazo y la sacó de la habitación. El pasillo estaba demasiado brillante, y Riley tuvo que entrecerrar los ojos. No sentía sus piernas, pero sabía que debían estar allí, llevándola obedientemente. Sin embargo, no creía que podía valerse de ellas, y le alegraba que alguien estuviera ayudándola. La oficial Frisbie llevó a Riley al baño y le dijo: —Quítate esa ropa, cariño

