capítulo 2

1009 Palabras
Encuentro en Moscú El frío invernal envolvía el aeropuerto de Sheremetyevo cuando el avión que traía a Emma desde Roma aterrizó en Moscú. A medida que los pasajeros empezaban a bajar, Emma sintió una oleada de ansiedad recorrer su cuerpo. Había llegado tan lejos, pero sabía que lo más difícil estaba por venir. Sus ojos recorrían a su alrededor, buscando algún indicio de peligro, pero todo parecía tranquilo, rutinario. Tomó una bocanada de aire helado, intentando calmarse mientras avanzaba hacia el área de recogida de equipaje. Había tomado todas las precauciones posibles, pero no podía evitar sentirse vulnerable. Alexander Novikov, el hombre al que había decidido recurrir, no era alguien en quien confiara completamente, pero en ese momento no tenía muchas opciones. Sabía que era un hombre poderoso, pero también sabía que estaba jugando con fuego al entrar en su territorio. El mafioso ruso podía ser su salvación o su perdición. Mientras Emma caminaba por el aeropuerto, un hombre alto, vestido con un abrigo n***o y con una presencia intimidante, se acercó a ella. Sus ojos fríos la examinaron de arriba abajo antes de hablar. —Señorita Ricci, el señor Novikov la está esperando —dijo, su voz era tan gélida como el aire que los rodeaba. Emma asintió, ocultando su nerviosismo tras una fachada de determinación. No tenía más remedio que confiar en este hombre, al menos por ahora. El hombre la guió hasta un coche n***o que esperaba fuera del aeropuerto. La oscuridad de la noche se cernía sobre la ciudad, y las luces de Moscú parpadeaban a lo lejos, reflejándose en la nieve que cubría las calles. El viaje fue silencioso, incómodo, pero Emma aprovechó el tiempo para recomponerse. Sabía que no podía mostrar ninguna debilidad frente a Alexander. Su mente repasaba lo que sabía de él: un hombre sin escrúpulos, calculador, y con una reputación tan peligrosa como la de su propio padre. Pero también había oído rumores de que era un hombre de palabra, alguien que, aunque implacable, respetaba sus acuerdos. Era un riesgo que estaba dispuesta a tomar. El coche se detuvo frente a un edificio imponente, rodeado de una alta verja de hierro. Era una fortaleza moderna, alejada del bullicio de la ciudad. Las puertas se abrieron ante ellos y el vehículo avanzó por el largo camino que conducía a la mansión. Las luces exteriores iluminaban el camino de entrada, resaltando la arquitectura sobria y elegante del lugar. Cuando el coche finalmente se detuvo, el conductor salió y le abrió la puerta a Emma. Al bajar, fue recibida por otro hombre que la condujo al interior de la mansión sin pronunciar una palabra. El lujo del interior contrastaba con la sobriedad del exterior. El suelo de mármol, los cuadros de artistas rusos, y la decoración opulenta daban testimonio del poder y la riqueza de Alexander Novikov. Finalmente, la condujeron a una gran sala donde Alexander la esperaba. Él estaba de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón, observándola con una mezcla de curiosidad y cautela. Su presencia dominaba la habitación. Alto, con un físico imponente, su rostro cincelado por años de dureza y decisiones difíciles, Alexander era exactamente como Emma se lo había imaginado, y más. —Señorita Ricci —saludó, con una inclinación apenas perceptible de su cabeza—. Me sorprende que haya decidido venir a mí. —No tenía muchas opciones —respondió Emma, sin titubear. Alexander la observó por un largo momento, sus ojos grises evaluándola. Había esperado una mujer débil, asustada, pero lo que veía ante él era una joven determinada, con un fuego en su mirada que no había anticipado. Eso lo intrigó más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Así que, has decidido huir de tu padre —dijo él, su voz suave pero cargada de significado—. Pero ¿por qué crees que yo no te devolvería a él? Emma sintió que la tensión en la habitación aumentaba, pero no retrocedió. —Porque sabes que hacerlo solo traería problemas. Mi padre no se detendría ante nada para vengarse, y eso pondría tus propios negocios en peligro. Pero si me ayudas… podríamos hacerle creer que me has convertido en tu aliada. Eso sería un golpe devastador para él, y ambos lo sabemos. Alexander no pudo evitar sonreír ante la audacia de Emma. No solo había venido a pedir ayuda, sino que estaba dispuesta a negociar. La situación tomaba un giro interesante. —¿Y qué gano yo con todo esto, además del placer de irritar a Giovanni Ricci? —preguntó Alexander, dando un paso hacia ella, acercándose lo suficiente como para que Emma sintiera su presencia aún más intensamente. Emma alzó el rostro, enfrentando su mirada sin vacilar. —Tu seguridad en Italia. Mi padre nunca te tocaría si cree que estoy de tu lado. Y además… —hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Creo que ambos podemos beneficiarnos más de lo que imaginas. El ambiente en la habitación se cargó de una tensión palpable, una mezcla de desafío y atracción. Alexander la observó en silencio, y Emma supo en ese momento que había captado su interés. Sin embargo, sabía que este era solo el comienzo. Si quería sobrevivir en este nuevo mundo, tendría que ser más astuta que nunca. Finalmente, Alexander rompió el silencio. —Tienes agallas, Emma Ricci —dijo, su voz un susurro que llevaba consigo una promesa de lo que vendría—. Y eso es algo que respeto. Consideraré tu propuesta, pero mientras tanto, estarás bajo mi protección. No irás a ninguna parte sin mi permiso. Emma asintió, sabiendo que acababa de sellar un pacto peligroso. Mientras Alexander se giraba, indicando el fin de la conversación, Emma no pudo evitar preguntarse si había hecho un trato con el diablo. Pero una cosa era segura: su vida había cambiado para siempre. Y mientras seguía a Alexander fuera de la habitación, sintió que la chispa de algo mucho más profundo se encendía entre ellos, algo que ni siquiera el frío de Moscú podría apagar.
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