Bajo Su Piel
El clima de Moscú parecía reflejar el estado de ánimo de Emma mientras observaba cómo la nieve caía suavemente fuera de su ventana. A pesar de estar rodeada de lujo, se sentía como una prisionera en la mansión de Alexander Novikov. Sabía que había hecho un trato con un hombre peligroso, pero no se había imaginado cuánto.
Desde aquella noche en el club, Alexander había intensificado su control sobre ella. Había reforzado la vigilancia, asegurándose de que Emma no diera un solo paso sin que él lo supiera. Sin embargo, lo que más la perturbaba no era la vigilancia constante, sino la manera en que Alexander se había apoderado de sus pensamientos. Su presencia la rodeaba, incluso cuando no estaba cerca.
Esa noche, mientras se preparaba para la cena, Emma no podía dejar de pensar en los celos que había visto en los ojos de Alexander. Había algo oscuro y primitivo en la forma en que la había reclamado como suya, y aunque debería haberla asustado, parte de ella se sentía atraída por esa intensidad. Emma se detuvo frente al espejo, mirando su reflejo, intentando encontrar a la joven que había sido antes de entrar en este mundo peligroso, pero la imagen que le devolvía el espejo le era extrañamente desconocida.
Un toque en la puerta la sacó de sus pensamientos. Al abrir, se encontró con uno de los hombres de Alexander, un guardaespaldas que le indicó que debía bajar al comedor. Con un suspiro, Emma lo siguió, sintiendo una mezcla de anticipación y temor.
El comedor estaba iluminado con una cálida luz, y la mesa estaba preparada para dos. Alexander ya estaba allí, sentado al final de la mesa, con una copa de vino en la mano. Cuando la vio entrar, se levantó y le hizo un gesto para que se acercara.
—Estás hermosa esta noche, Emma —dijo, con una voz que parecía envolvente y peligrosa al mismo tiempo.
Emma asintió ligeramente, sin saber qué responder. La atracción entre ellos era innegable, pero también lo era la tensión que latía bajo la superficie.
Durante la cena, Alexander fue cortés, hablando de temas triviales, como si fueran una pareja común. Pero Emma podía sentir que algo estaba hirviendo bajo la calma aparente. Cada vez que sus miradas se encontraban, sentía una corriente eléctrica recorrer su cuerpo.
Finalmente, no pudo contener más su curiosidad y decidió abordar lo que realmente la estaba perturbando.
—¿Por qué hiciste lo que hiciste en el club, Alexander? —preguntó, dejando su copa de vino en la mesa y mirándolo directamente a los ojos.
Alexander no respondió de inmediato. En su lugar, se inclinó hacia adelante, dejando la copa a un lado y posando su mirada en ella, como si estuviera decidiendo cuánto revelarle.
—Dimitri es un hombre que no respeta límites —dijo finalmente—. Y tú... tú eres mía, Emma. No dejaré que alguien como él se acerque a ti.
Emma sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que la posesividad de Alexander era peligrosa, pero la manera en que lo decía, como si fuera la cosa más natural del mundo, la dejaba sin palabras.
—No soy un objeto que puedas poseer, Alexander —replicó con suavidad, pero con firmeza.
Él sonrió, una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—No eres un objeto, Emma. Eres mucho más que eso. Y es precisamente por eso que no permitiré que nadie más te toque. —Su voz era baja, casi un susurro—. No puedo explicarlo, pero desde que llegaste, algo cambió en mí. No soporto la idea de perderte, de que alguien más te tenga.
El corazón de Emma latía con fuerza mientras intentaba procesar lo que estaba escuchando. Había un abismo entre lo que sentía y lo que sabía que era correcto. Pero antes de que pudiera responder, Alexander se levantó y caminó lentamente hacia ella, su mirada fija en la de ella.
—Cada vez que alguien se te acerca, quiero... —hizo una pausa, como si las palabras fueran demasiado intensas para pronunciarlas—. Quiero marcarte como mía, para que todos lo sepan.
Emma se levantó, sintiendo el aire cargado de deseo y peligro. Estaba tan cerca de él que podía sentir su respiración, podía oler su colonia mezclada con el aroma del vino. Cada parte de su ser estaba en alerta, sabiendo que estaba cruzando una línea que no debería cruzar.
Pero antes de que pudiera pensar en una respuesta, Alexander la tomó por la cintura, atrayéndola hacia él con una fuerza que no dejaba lugar a dudas de su intención. Sus labios encontraron los de ella en un beso que era todo lo que había estado conteniendo: furia, deseo, necesidad. Emma sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor mientras se entregaba a ese momento, a ese hombre que había prometido protegerla pero que también estaba decidido a poseerla.
Las manos de Alexander recorrían su espalda, apretándola contra él, como si quisiera fusionar sus cuerpos. Emma sintió el calor en su piel, la electricidad que los envolvía, y supo que no había vuelta atrás. Lo deseaba tanto como él la deseaba a ella, y en ese momento, ninguna advertencia, ningún miedo podía detenerlos.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad, pero la mirada de Alexander seguía siendo intensa, como si todavía quisiera más, como si nunca fuera suficiente.
—Emma... —murmuró él, con una voz ronca por el deseo—. No tienes idea de lo que haces conmigo.
Ella lo miró, sin poder ocultar el impacto que esas palabras tenían en ella. Alexander Novikov, el hombre más peligroso que había conocido, estaba confesando su debilidad ante ella. Pero en ese momento, Emma también se dio cuenta de que había despertado algo en él que podía consumirlos a ambos.
—Y tú tampoco sabes lo que haces conmigo, Alexander —respondió, sabiendo que, aunque estaba jugando con fuego, no podía detenerse.
Mientras la noche se deslizaba en silencio fuera de la mansión, dentro, los dos estaban atrapados en un torbellino de emociones que los arrastraba hacia un camino sin retorno, un camino donde los celos, la posesividad y el deseo eran los únicos guías.
En ese momento, Emma supo que no era solo una obsesión, era algo más profundo, más peligroso. Algo que podría destruirlos o salvarlos.