Bajo Amenaza
La mañana siguiente a la intensa noche que había compartido con Alexander, Emma se despertó sintiendo una mezcla de emociones encontradas. La pasión que había sentido la noche anterior seguía ardiendo bajo su piel, pero ahora, a la luz del día, la realidad se hacía presente con toda su fuerza. Se encontraba atrapada en un mundo oscuro y peligroso, uno en el que el amor y la obsesión se entrelazaban de formas que nunca había imaginado.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño, intentando despejar su mente. Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, Emma no podía dejar de pensar en lo que había sucedido. Sabía que había cruzado una línea al entregarse a Alexander, pero algo en él la atraía de una manera que no podía explicar. Era como si él tuviera el poder de despertar lo más profundo y salvaje en su interior, y eso la aterraba y la excitaba al mismo tiempo.
Después de ducharse y vestirse, Emma bajó al comedor, donde Alexander ya la esperaba. Estaba sentado en la cabecera de la mesa, leyendo un periódico, pero al verla entrar, dejó el periódico a un lado y se levantó, caminando hacia ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Buenos días —dijo Alexander, con una voz suave pero cargada de un subtexto que Emma no pudo descifrar del todo.
—Buenos días —respondió ella, intentando sonar normal, aunque sabía que no había nada de normal en la situación en la que se encontraba.
Mientras desayunaban en silencio, Emma no podía dejar de notar que Alexander parecía estar en otra parte, su mente ocupada con pensamientos que no compartía con ella. La tensión en el aire era palpable, y Emma sabía que algo estaba a punto de suceder.
Justo cuando estaba a punto de preguntar qué le preocupaba, uno de los guardaespaldas de Alexander entró en el comedor, susurrándole algo al oído. El rostro de Alexander se endureció inmediatamente, y su mirada se volvió fría y calculadora.
—Debo atender un asunto urgente —dijo Alexander, levantándose de la mesa de manera abrupta—. Te sugiero que no salgas de la mansión mientras no esté. Es por tu seguridad.
Emma asintió, sabiendo que no tenía elección. Mientras Alexander se alejaba, su corazón comenzó a latir con fuerza. Algo no estaba bien, y la sensación de peligro era imposible de ignorar.
Pasaron las horas y la mansión parecía aún más silenciosa de lo normal. Emma decidió aprovechar el tiempo para explorar más de la casa. Mientras caminaba por los largos pasillos, su mente seguía dándole vueltas a lo que podría estar sucediendo. Sabía que el mundo de Alexander estaba lleno de enemigos, y cada vez que él la miraba con esa mezcla de deseo y protección, sabía que no solo la veía como suya, sino también como un blanco.
Cuando llegó a una de las bibliotecas, se detuvo a observar los libros antiguos que llenaban las estanterías. Era un lugar acogedor, con una chimenea y sofás de cuero que invitaban a sentarse y perderse en la lectura. Emma se acercó a una de las ventanas, mirando hacia los jardines nevados afuera, cuando de repente, un ruido sordo la sobresaltó.
Se giró rápidamente y vio a un hombre que no había visto antes parado en la entrada de la biblioteca. Era alto, con un rostro duro y cicatrices que contaban historias de una vida violenta. Sus ojos estaban llenos de una frialdad que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Emma.
—Señorita Ricci, ¿verdad? —dijo el hombre con una voz que era un susurro amenazante.
Emma retrocedió instintivamente, sabiendo que estaba en peligro.
—¿Quién eres? —preguntó, intentando mantener la calma.
El hombre sonrió, pero no fue una sonrisa amigable.
—Eso no importa. Lo que importa es que tu presencia aquí complica las cosas para muchas personas. —Sus ojos la recorrieron de manera desagradable—. Y eso no es algo que podamos permitir.
Emma sintió que el miedo comenzaba a apoderarse de ella, pero se obligó a mantenerse firme.
—Alexander no permitirá que me hagas daño —dijo, con la esperanza de que el nombre de Alexander lo intimidara.
El hombre rió, un sonido áspero que hizo que Emma se diera cuenta de que estaba tratando con alguien que no se amedrentaba fácilmente.
—Oh, querida, Alexander tiene muchos enemigos, y tú eres solo un peón en este juego. Pero un peón importante, por lo que veo. —El hombre comenzó a acercarse lentamente, y Emma sintió que su corazón latía con fuerza en su pecho—. Así que te daré una opción: si decides irte ahora y no mirar atrás, te dejaré vivir. Pero si te quedas... bueno, entonces no puedo garantizar tu seguridad.
Emma sabía que no podía confiar en él. Había visto lo suficiente del mundo de Alexander para entender que no importaba lo que decidiera, siempre habría peligro. Pero también sabía que huir significaba que Alexander nunca la perdonaría. Y aunque no quería admitirlo, la idea de alejarse de él era casi tan aterradora como enfrentar la amenaza que este hombre representaba.
Con una valentía que no sabía que tenía, Emma levantó la barbilla y miró al hombre directamente a los ojos.
—No voy a ir a ninguna parte —dijo con firmeza.
El hombre la miró con una mezcla de sorpresa y admiración, pero luego su expresión se endureció.
—Entonces eres más valiente de lo que pareces —dijo, con un tono que indicaba que ya no estaba jugando—. Pero también eres una tonta. Nadie desafía a hombres como yo y vive para contarlo.
Antes de que pudiera acercarse más, otro sonido interrumpió el tenso enfrentamiento. Las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe, y Alexander entró, seguido de dos de sus guardaespaldas. Su rostro era una máscara de furia contenida, y sus ojos parecían arder con una rabia que Emma no había visto antes.
—Ivanov, estás cometiendo un gran error —dijo Alexander, su voz baja pero cargada de peligro.
El hombre, Ivanov, se detuvo, pero no parecía asustado.
—Solo estaba dando un pequeño consejo a la señorita —dijo Ivanov, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Pareces haberla dejado sola en un lugar muy peligroso, Novikov.
—Y parece que cometí un error al confiar en que sabías cuál es tu lugar —respondió Alexander, mientras uno de sus hombres avanzaba, sacando un arma y apuntándola directamente a Ivanov—. No volverás a acercarte a Emma. Ni ahora, ni nunca.
Ivanov miró a Alexander, sopesando sus opciones, pero finalmente dio un paso atrás.
—Nos volveremos a ver, Novikov. Y cuando eso suceda, asegúrate de tener mejores aliados. —Con una última mirada a Emma, Ivanov salió de la habitación, dejando una tensión palpable en el aire.
Una vez que Ivanov se fue, Alexander se acercó a Emma, su rostro todavía lleno de preocupación y enojo.
—¿Estás bien? —preguntó, tomándola por los hombros y buscando en su mirada alguna señal de daño.
Emma asintió, todavía temblando por el encuentro.
—Estoy bien... ahora —murmuró, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a bajar, dejando en su lugar un cansancio abrumador.
Alexander la atrajo hacia él, envolviéndola en un abrazo protector que, por un momento, hizo que Emma se sintiera segura.
—Te prometo que no dejaré que nada te suceda —susurró Alexander en su oído, su voz ronca y llena de una emoción que Emma no podía descifrar por completo—. Pero necesito que confíes en mí y sigas mis órdenes. Este mundo es más peligroso de lo que imaginas.
Emma se aferró a él, sabiendo que estaba entrando cada vez más en la oscuridad del mundo de Alexander. Pero también sabía que, por alguna razón, no podía alejarse. Había algo en él, algo en lo que compartían, que la mantenía anclada a su lado.
Mientras permanecían en silencio en la biblioteca, Emma comprendió que su vida había cambiado irrevocablemente. Y aunque el peligro acechaba en cada esquina, había algo en la intensidad de Alexander, en la forma en que la miraba, que hacía que valiera la pena el riesgo.
Pero también sabía que cuanto más se acercaba a él, más se adentraba en un juego mortal donde los celos, la posesividad y el poder dictaban las reglas. Un juego en el que perder no era una opción.