Mi dolor de cabeza

1185 Palabras
Caminé hacia ellos y, antes de que Miller pudiera reaccionar, agarré su hombro y lo giré con tal fuerza que sus pies casi se levantaron del suelo. —Creo que la dama dijo que no —dije. Mi voz no era ronca ahora; era un gruñido profundo que parecía salir de las cavernas más oscuras de mi ser. Miller palideció al ver quién era. Intentó balbucear una disculpa, pero no lo dejé terminar. —Si vuelves a acercarte a ella, Miller, me aseguraré de que tu próxima inversión inmobiliaria sea un nicho en el cementerio más barato de la ciudad. Fuera. El hombre salió corriendo, tropezando con sus propios pies. Me quedé solo en el pasillo con ella. Clara respiraba agitadamente, con los ojos empañados por las lágrimas que se negaba a soltar. Estaba despeinada y el miedo emanaba de sus poros. —Te dije que te fueras a casa —le espeté, más enfadado conmigo mismo que con ella. —¡Lo estaba intentando! —gritó ella, recuperando su fuego—. Estaba yendo a cambiarme cuando ese hombre... La miré. Realmente la miré. Estaba desamparada en esta selva de cemento. Si la dejaba aquí, no llegaría viva a Union Station. —Se acabó —dije, tomándola de la muñeca. Esta vez no fue un roce, fue una orden—. Vienes conmigo. —¿A dónde? —Te llevaré a tu casa. Justo cuando estaba por arrastrar a Clara fuera de ese antro, una mancha de pelo rojo y actitud defensiva se interpuso en mi camino. Roxy. La conocía de vista; era una de las veteranas del Eclipse, una mujer que sabía perfectamente cómo funcionaba el engranaje de este lugar. Sus ojos, pintados con un delineado agresivo, saltaron de mi mano apretada en la muñeca de la rubia a mi rostro, y por un segundo vi una chispa de miedo antes de que su máscara de profesionalismo se impusiera. —Yo me encargo de ella, señor Vaughan-Sinclair. No se preocupe —dijo Roxy, poniéndose físicamente entre Clara y yo—. Lamento mucho lo ocurrido. Es su primera noche, todavía no sabe cómo lidiar con tipos como Miller. Solté a Clara casi por instinto. El calor de su piel se desvaneció de mis dedos, dejándome una sensación de vacío que me irritó profundamente. Ella se pegó a Roxy como si fuera su balsa de salvamento en medio de un naufragio. —Gracias —susurró la rubia, mirándome una última vez con esos ojos miel que parecían pedirme algo que yo no estaba dispuesto a dar: piedad. No tuve otra opción. Me alejé sin decir palabra, con la mandíbula tan apretada que sentía que mis dientes iban a estallar. Salí del club, ignorando los saludos de los empleados, y me subí a mi auto. El motor del Bentley rugió bajo mis pies, un eco de la frustración que me quemaba por dentro. Conduje hacia mi amante, hacia el apartamento de Leonela, tratando de purgar la imagen de Clara de mi sistema. + Pero fue inútil. Durante la media hora de trayecto, el aroma a jabón neutro y pureza de la rubia parecía haberse quedado impregnado en los filtros de aire del coche. La veía en cada semáforo, acorralada, pequeña, con ese orgullo absurdo que no encajaba en Toronto. "¿Qué demonios me pasa?", me pregunté, golpeando el volante. Yo no rescataba damiselas; yo cerraba tratos y destruía competidores. Al llegar, estacioné el coche con un movimiento violento. Salí y subí directo al piso de Leonela. Toqué el timbre con una urgencia que no era deseo, sino una necesidad desesperada de distracción. Ella abrió la puerta casi de inmediato, envuelta en un baby doll de seda negra que apenas cubría lo que la imaginación ya conocía de memoria. Sus curvas eran perfectas, su piel olía a aceites caros y su sonrisa era la de una mujer que sabía exactamente cuánto valía su tiempo. —Llegas tarde, papi —ronroneó, pasando sus brazos por mi cuello. No perdí el tiempo en cortesías. Entré al apartamento cerrando la puerta con el pie y la suspendí en el aire, atrapando sus muslos firmes con mis manos. Leonela soltó una risita ahogada, acostumbrada a mi intensidad, pero esta noche había algo diferente en mi fuerza. Había una rabia sorda que necesitaba canalizar. La llevé directo al dormitorio, sin escalas. La arrojé sobre las sábanas de seda y me deshice de mi chaqueta y mi corbata como si me estuvieran asfixiando. Cuando entré en ella, de forma directa y sin preámbulos, Leonela arqueó la espalda, gimiendo mi nombre con esa cadencia brasileña que siempre me había resultado adictiva. Sus uñas se clavaron en mis hombros, marcando el territorio, y yo me hundí en ella con una cadencia rítmica y brutal. Mis embestidas eran potentes, buscaba el agotamiento físico para silenciar mi mente. El cuerpo de Leonela era fuego, era una máquina diseñada para el placer, y sin embargo, mientras mis manos apretaban sus caderas y el sudor empezaba a cubrirnos, mi cerebro me traicionó de la forma más vil. Cerré los ojos y no vi el cabello oscuro de Leonela esparcido sobre la almohada. Vi hilos de sol. Vi una melena rubia ondulada que caía hasta una cintura pequeña. Cada vez que Leonela gritaba, mi mente traducía ese sonido en el susurro tembloroso de Clara llamándome por mi nombre de pila. "Alistair", imaginé que decía ella, mientras yo seguía fustigando el cuerpo de la mujer que tenía debajo. Me sentía un maldito enfermo. Estaba poseyendo a una de las mujeres más deseadas de la ciudad y mis pensamientos estaban anclados en una mesera que apenas me llegaba al pecho. Imaginaba cómo reaccionaría Clara a esta intensidad. Ella no aguantaría este ritmo; se rompería bajo mi peso, se desarmaría ante mi falta de delicadeza. Y esa idea, lejos de frenarme, aceleró mi pulso. Imaginé mis manos, estas mismas manos que ahora estrujaban la piel de Leonela, rodeando el cuello de Clara para mantenerla fija bajo mi cuerpo. Imaginé su inocencia evaporándose bajo mi toque, su pureza siendo reclamada por mis propias reglas. Leonela soltó un alarido final, llegando a su clímax, y yo me dejé ir poco después, derramando toda mi frustración y mi deseo acumulado. Me dejé caer a su lado, con la respiración entrecortada y el corazón martilleando contra mis costillas. Leonela se acurrucó contra mí, satisfecha, trazando círculos invisibles en mi pecho. —Estás muy tenso hoy, Alistair —murmuró con voz soñolienta—. Pero me gusta cuando te pones así de salvaje. No respondí. Miré el techo en penumbra, sintiendo el vacío de nuevo. El sexo con Leonela siempre había sido suficiente, un intercambio limpio y sin complicaciones. Pero esta noche, después de probar el contraste de la inocencia de Clara, todo lo demás sabía a ceniza. Me levanté de la cama antes de que el sudor se secase. —Tengo que irme —dije, buscando mi ropa por el suelo. —¿Ahora? —Leonela se incorporó, confundida—. Son las tres de la mañana. Quédate. —Tengo una reunión temprano —mentí.
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