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Me vestí con movimientos mecánicos, casi violentos. El roce de la camisa contra mi piel, todavía caliente por el cuerpo de Leonela, me resultaba irritante, como si la tela estuviera impregnada de una falsedad que ya no soportaba. Me ajusté los gemelos de platino con una precisión quirúrgica, ignorando la mirada de reproche de la mujer que, hace apenas unos minutos, gritaba mi nombre entre las sábanas.
—Eres un témpano, Alistair —soltó Leonela desde la cama, encendiendo un cigarrillo fino cuyo humo empezó a bailar en la penumbra del lujoso apartamento—. Vienes, me usas como si estuvieras intentando apagar un incendio forestal y luego te largas sin siquiera un "gracias, nena".
Me detuve frente al espejo, anudando mi corbata con un nudo Windsor perfecto. Mis ojos, reflejados en el cristal, se veían más oscuros de lo habitual, casi negros bajo la luz mortecina.
—Sabes perfectamente cómo funciona esto, Leonela —respondí, mi voz siendo un rugido apagado que cortó el aire como una cuchilla—. No me pagas por mi compañía conversacional, y yo no te pago para que analices mi temperamento.
—No es el dinero, Sinclair. Es que hoy no estabas aquí —sentenció ella, soltando una ráfaga de humo—. Tu cuerpo estaba sobre el mío, pero tu mente... tu mente estaba a kilómetros de distancia. ¿Quién es?
No le di el placer de una respuesta. Me puse la chaqueta del traje, que se ajustaba a mis hombros como una armadura, y salí del dormitorio sin mirar atrás. El sonido de mis zapatos de cuero italiano contra el suelo de mármol del pasillo resonaba con una finalidad fúnebre.
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Bajé al estacionamiento y me encerré en el auto. El silencio dentro del vehículo era absoluto, hermético, pero en mi cabeza el caos seguía reinando. Encendí el motor y salí a las calles de Toronto. La ciudad a las cuatro de la mañana era un espectro de neón y asfalto mojado. La lluvia había empezado a caer, una llovizna gélida que empañaba los cristales y convertía las luces de la Torre CN en manchas borrosas de color escarlata.
Conducía sin un destino fijo, pero mis manos, con voluntad propia, me llevaron de regreso hacia la zona del club. Me sentía como un maldito acosador, un depredador que no puede evitar volver al rastro de su presa. Estacioné a una cuadra de la salida de empleados.
—Eres un imbécil, Sinclair —masqué entre dientes, golpeando el volante con la palma de la mano—. Un soberano imbécil.
Me quedé allí, observando la puerta de metal por donde salían las meseras y los guardias tras el cierre. Vi a Roxy salir, envolviéndose en una chaqueta de cuero desgastada, hablando animadamente con un tipo de seguridad. Y entonces, la vi a ella.
Clara emergió de la oscuridad del callejón como una aparición. Llevaba un abrigo que claramente no era suficiente para el invierno de Toronto; una prenda de lana barata que le quedaba grande y acentuaba su fragilidad. Caminaba con la cabeza baja, los hombros hundidos, cargando una mochila pequeña que parecía pesarle más que el mundo entero. Se veía exhausta, derrotada.
Verla así me provocó una punzada de rabia tan aguda que me costó respirar. Rabia porque estaba ahí, rabia porque se veía tan desprotegida, y una rabia irracional porque no era yo quien caminaba a su lado.
La vi caminar hacia la parada del autobús, temblando visiblemente, iba sola, la otra se quedó coqueteando con el hombre.
El frío de Toronto no tiene piedad con los que vienen del campo, y ella parecía una flor de invernadero expuesta a una tormenta ártica. Un par de sujetos ebrios pasaron a su lado, lanzándole comentarios que no pude oír pero que hicieron que ella apresurara el paso, tropezando con un charco.
Fue suficiente.
Puse el auto en marcha y me detuve bruscamente frente a ella, justo al borde de la acera. Clara se sobresaltó, retrocediendo con un grito ahogado, cubriéndose la cara con las manos como si esperara un golpe. Esa reacción... ese miedo visceral hacia mí, o hacia lo que ella creía que yo era, me hizo apretar el volante hasta que mis nudillos crujieron.
Bajé la ventanilla del pasajero.
—Sube al auto, Clara —ordené. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba, cargada de una fatiga que no era física.
Ella bajó las manos lentamente. Cuando sus ojos miel se encontraron con los míos, vi una mezcla de alivio, terror y una terquedad que me sacó de quicio.
—Señor Sinclair... —susurró, con los dientes castañeando—. ¿Qué hace aquí?
—¿Parece que estoy disfrutando del paisaje? —solté con sarcasmo ácido—. Sube. Ahora. Antes de que te congeles y tenga que explicarle a la policía por qué hay una estatua de hielo con forma de mesera en la acera.
—Puedo... puedo esperar el autobús. Ya casi viene —dijo, intentando mantener una dignidad que se desmoronaba con cada temblor de sus hombros.
—No hay autobuses a esta hora, Clara. No seas ridícula —mentí descaradamente, sin importarme si ella lo sabía o no—. No voy a repetirlo. Entra en el maldito auto.
Ella dudó un segundo más, mirando hacia la calle oscura y luego de vuelta a la calidez que emanaba del interior de mi Bentley. Finalmente, con un suspiro que pareció vaciar sus pulmones, rodeó el coche y abrió la puerta del pasajero. El olor a lluvia y a ese jabón neutro de Churchill inundó instantáneamente el habitáculo, barriendo cualquier rastro de Leonela que hubiera quedado flotando en el aire.
Se sentó en el borde del asiento de cuero, como si temiera ensuciarlo. Sus manos pequeñas, rojas por el frío, se apretaron sobre su mochila.
—Ponte el cinturón —dije, arrancando antes de que pudiera arrepentirse.
—Gracias... pero de verdad no era necesario —murmuró, mirando por la ventana—. Vivo en un lugar que... no es para autos como este.
—Sé perfectamente a dónde vas, Clara. No me importa el vecindario —respondí, acelerando por la avenida desierta.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que hacía que el aire dentro del coche se sintiera pesado. Podía sentir su mirada de reojo, escaneando mi perfil, mi traje, la forma en que mis manos dominaban el volante.
—¿Por qué es tan malo conmigo? —preguntó de repente. Su voz era pequeña, pero la pregunta me golpeó como un directo al mentón.
Solté una risa seca, sin una pizca de gracia.
—¿Malo? Te acabo de recoger de una acera congelada a las cuatro de la mañana para llevarte a tu casa en un coche que vale más que tu pueblo entero. La mayoría de la gente llamaría a eso generosidad.
—No, no es eso —insistió ella, y pude notar que estaba ganando valor—. Usted me mira como si me odiara. Como si yo fuera un error que está intentando corregir. Primero me da dinero y me echa, luego me salva de ese hombre, y ahora esto... Es como si estuviera en guerra con usted mismo y yo fuera el campo de batalla.
Me detuve en un semáforo en rojo y giré la cabeza para mirarla. La luz escarlata bañaba su rostro, resaltando la palidez de su piel y la profundidad de sus ojos. Estaba asustada, sí, pero había una inteligencia emocional en ella que me resultaba inquietante. Me estaba leyendo con una precisión que nadie, ni siquiera mis socios más cercanos, poseía.
—Eres mi dolor de cabeza, Clara —dije, inclinándome ligeramente hacia ella—. Eres una anomalía. No deberías estar aquí, no deberías trabajar en ese club, y definitivamente no deberías estar haciéndome perder el tiempo de esta manera.
—Yo no le pedí nada —respondió ella, con una chispa de orgullo en los ojos—. Usted es el que aparece de la nada.
—Porque alguien tiene que cuidar que no te rompas —gruñí, y sin poder evitarlo, extendí la mano y toqué su mejilla. Su piel estaba helada, pero en cuanto mis dedos hicieron contacto, sentí que una descarga de calor me recorría el brazo—. Y me molesta profundamente que ese alguien tenga que ser yo.
Ella no se apartó. Al contrario, pareció inclinarse imperceptiblemente hacia mi toque, buscando el calor. Sus labios se entreabrieron y, por un momento, la tensión s****l en el coche se volvió casi insoportable. Quería besarla. Quería borrar esa expresión de inocencia con mis labios y reclamarla allí mismo, sobre el cuero de mi auto de lujo.
Pero entonces, el semáforo cambió a verde.
Retiré la mano como si me hubiera quemado y pisé el acelerador.