+ALISTAIR+ En cuanto la puerta de la suite se cerró con ese siseo hidráulico, dejándome solo con el rastro de su aroma, el silencio se volvió un insulto. Me quedé inmóvil, mirando esa puerta. Mis manos, todavía calientes por el tacto de su piel, empezaron a temblar, pero no de deseo. Era una furia sorda, una rabia volcánica que me subía por el esófago y me nublaba la vista. —¡Maldita sea! —el grito salió de mi garganta como el rugido de una bestia herida. Me giré hacia el minibar, ese altar de mármol donde hacía segundos la tenía suspendida, entregada a un beso que casi me hace perder la poca cordura que me queda. Agarré la botella de Macallan, un cristal que costaba más que la renta anual de su asqueroso edificio, y la estrellé contra la pared. El sonido del vidrio estallando en mil

