Un beso

1359 Palabras
"Respira, Clara. Solo respira y haz lo que te pide", me ordené a mí misma. Cerré los ojos un segundo, y en esa oscuridad vi la cara de mi padre, pálida y sudorosa, luchando por cada bocanada de aire en aquella cama de hospital. Vi el aviso de desalojo, ese papel blanco y frío que representaba el fin de generaciones de esfuerzo en la granja. ¿Qué culpa tenía yo de haber nacido pobre? ¿Qué pecado había cometido para que el destino me pusiera en esta encrucijada? Ni teniendo tres trabajos en esta ciudad devoradora podría reunir la cuarta parte de lo que costaba la vida de mi padre. Mis sueños de infancia, esos cuentos de hadas donde un príncipe me rescataba y nos casábamos por amor bajo el cielo abierto de la pradera, se disolvieron como humo en el aire viciado de Toronto. No iba a haber velo blanco, ni promesas ante un altar, ni una primera noche llena de ternura y descubrimiento. Iba a haber un contrato, un cheque y un hombre que me miraba como si fuera un objeto de colección que finalmente había decidido adquirir. "Al menos el hombre no es feo", pensé con un cinismo que me asustó. Si iba a vender mi alma, al menos no lo hacía a un monstruo deforme como Miller. Alistair era... era magnífico en su maldad. Era el diablo vestido de seda. Levanté la vista. Él esperaba, con una paciencia insultante, una ceja ligeramente arqueada y los labios curvados en una mueca que rozaba el sarcasmo. —¿Y bien? —instó él—. El tiempo es dinero, pequeña Clara. Y el tiempo de tu padre se agota. Ese fue el golpe de gracia. Me acerqué. El aroma de su colonia, una mezcla de sándalo y algo metálico, me invadió los sentidos. Puse mis manos sobre sus hombros, sintiendo la firmeza del músculo bajo la tela cara de su chaqueta. Él no se movió. No me rodeó con sus brazos, cumpliendo su promesa de no tocarme hasta que el trato fuera oficial, pero su presencia era un muro de calor que me rodeaba. Me puse de puntillas. Mi corazón martilleaba contra mis costillas con una fuerza que me hacía doler el pecho. Mis labios rozaron los suyos, primero con la suavidad de un pétalo, temblando, buscando un asidero en medio del naufragio. Sus labios estaban frescos, firmes, y sabían al whisky que había estado bebiendo. Al principio fue un beso casto, una súplica de piedad. Pero Alistair soltó un gruñido bajo en su garganta, un sonido animal que me hizo saltar las alarmas. No me tocó, pero se inclinó hacia mí, presionando sus labios contra los míos con una intensidad que me obligó a abrir la boca. Fue entonces cuando el mundo desapareció. El beso se volvió profundo, hambriento, cargado de una desesperación que no sabía que tenía dentro. Era el beso de alguien que lo ha perdido todo y se aferra a su captor como si fuera su único salvavidas. Mis dedos se enterraron en el cabello de su nuca, olvidando por un segundo quién era él y quién era yo. Por un instante, no fui la chica de pueblo vendiendo su virginidad; fui una mujer quemándose en el fuego de un hombre que prometía destrucción y salvación a partes iguales. * El beso dejó de ser una prueba para convertirse en una colisión de necesidades. Alistair, con una agilidad que me cortó el aliento, deslizó sus manos bajo mis muslos y me suspendió en el aire, obligándome a rodear su cintura con las piernas para no caer. La seda del vestido de Roxy se subió, dejando mi piel expuesta al contacto gélido de sus dedos, pero el calor que irradiaba su cuerpo compensaba cualquier ráfaga de aire acondicionado. Me llevó así, sin romper el contacto de nuestras bocas, hasta el minibar de mármol n***o. Me sentó sobre la superficie fría, que contrastó violentamente con el fuego que recorría mi vientre. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mis caderas, encerrándome en un círculo de deseo y autoridad. El beso se volvió más profundo, casi violento; su lengua reclamaba cada rincón de mi boca con una propiedad absoluta, y yo, en lugar de luchar, me dejé llevar. Mis dedos se enredaron en su cabello, tirando ligeramente, dejando que el ronroneo de su garganta vibrara contra mis propios labios. Por un instante, olvidé el cheque. Olvidé la librería. Olvidé incluso el aroma a medicina del hospital de mi padre. Solo existía el sabor a pecado de Alistair y la forma en que su cuerpo encajaba entre mis rodillas. Era una rendición total, un descenso al abismo donde el miedo se transformaba en una excitación oscura y prohibida. De repente, con la misma brusquedad con la que un depredador suelta a una presa que ya sabe ganada, él se alejó. Me quedé jadeando sobre el mármol, con los labios hinchados y el pulso galopando en mis sienes. Alistair dio dos pasos atrás, su respiración agitada era el único sonido que competía con el jazz melancólico. Se pasó una mano por el cabello, desordenando su perfección habitual, y me miró con una intensidad que me hizo temblar. Sus ojos ya no eran acero; eran brasas que amenazaban con consumirlo todo. —Mañana tendrás el contrato listo —dijo, su voz recuperando esa cadencia fría y mandona, aunque todavía rota por el esfuerzo de controlarse—. Mi abogado lo llevará a tu apartamento al mediodía. Lo firmarás, y en ese mismo instante, el dinero estará en la cuenta del hospital. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Se acomodó la chaqueta del traje con gestos mecánicos, recuperando la máscara del magnate imperturbable mientras yo intentaba desesperadamente recomponer mi dignidad, bajándome el vestido y saltando del mostrador del minibar con las piernas todavía trémulas. —Gracias —susurré, odiando la forma en que mi voz se quebraba. Él se detuvo y me miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose en mis labios rojos. Una sonrisa cargada de sarcasmo y una posesividad aterradora curvó su boca. —No me des las gracias, Clara. Me lo vas a pagar cada centavo. Con intereses —hizo una pausa, y su expresión se volvió gélida—. Y una cosa más. No te quiero volver a ver en ese bar. Ni como empleada, ni como cliente, ni para recoger tus cosas. —Pero... mis cosas están allí. Mi último pago... —Me importa un bledo tu último pago —me cortó, dando un paso intimidante hacia mí—. No quiero que ningún otro hombre te mire mientras llevas ese vestido. No quiero que Miller, ni nadie que huela a esa cloaca, respire el mismo aire que tú. Eres mi propiedad ahora, y yo cuido mis inversiones. Si necesitas ropa, te la enviaré. Si necesitas dinero para moverte, estará en el contrato. Pero el The Velvet Eclipse ha muerto para ti esta noche. ¿Fui lo suficientemente claro? Me quedé estupefacta. Su arrogancia no conocía límites. Quería borrar mi rastro, aislarme en su jaula de oro antes de que la tinta del contrato siquiera se hubiera secado. La tensión en la habitación era casi física, un duelo entre mi necesidad de independencia y su voluntad inquebrantable. —Perfectamente claro, señor Sinclair —respondí, inyectando todo el sarcasmo que pude en mi tono, aunque por dentro me sentía pequeña. —Bien —asintió él, satisfecho—. Mi chofer te llevará a casa ahora. Duerme, Clara. Aprovecha estas últimas horas de libertad. Porque a partir de mañana, tu tiempo, tu cuerpo y hasta tus suspiros... me pertenecen a mí. Me escoltó hasta la puerta de la suite sin volver a tocarme, pero su mirada me quemaba la espalda como un hierro candente. Al salir al pasillo carmesí, sentí que el aire de Toronto ya no me pertenecía. Había salvado a mi padre, sí, pero al precio de convertirme en la joya privada del hombre más peligroso de la ciudad. Caminé hacia el ascensor, sintiendo que cada paso era una piedra más en el muro que Alistair Vaughan-Sinclair estaba construyendo a mi alrededor.
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