Trato

1344 Palabras
La suite era inmensa, un santuario de lujo minimalista que gritaba poder. En el centro, una cama de dimensiones épicas cubierta con sábanas de un gris antracita que brillaban bajo la iluminación indirecta. Había sillones de cuero n***o que parecían esculpidos, un minibar de cristal oscuro y, dominándolo todo, un enorme ventanal que iba del suelo al techo. A través del cristal, Toronto se desplegaba como un tapete de joyas eléctricas bajo la nieve, con la Torre CN vigilando el horizonte como un faro gélido. —Entra, Clara. No muerdo... a menos que me lo pidan —dijo él con un matiz de sarcasmo que me hizo encogerme. Entré con pasos vacilantes, sintiendo que mis tacones se hundían en la alfombra de felpa. Él señaló uno de los sillones con un gesto elegante de su mano. —Siéntate. Te ves como si fueras a desmayarte en cualquier momento, y no quiero que mi inversión se rompa antes de empezar la negociación. Me desplomé en el cuero frío, apretando mi bolso contra mi regazo como si fuera un escudo. Alistair se dirigió al minibar. Escuché el tintineo del cristal contra el cristal, un sonido nítido en el silencio de la habitación. —¿Quieres algo? —preguntó sin mirarme—. El whisky es de lo mejor, pero sospecho que eres más de vino dulce... o de leche, considerando lo pequeña que eres. —Aceptaré el trago —respondí, sorprendiéndome a mí misma con la firmeza de mi voz. No era una petición, era una necesidad. Si iba a hacer esto, necesitaba que mi sangre ardiera un poco para silenciar los gritos de mi conciencia—. Lo más fuerte que tenga. No tengo de otra. Él se giró, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión oscura. Caminó hacia mí y me extendió un vaso bajo con un líquido ámbar que despedía un aroma potente. Lo tomé, mis dedos rozando los suyos por un breve segundo, y bebí un trago largo. El alcohol me quemó la garganta y el pecho, haciéndome toser, pero sentí cómo una calidez artificial empezaba a adormecer mis nervios. Alistair se quedó de pie frente a mí, desabrochándose el botón de su chaqueta y metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones. Me miraba desde su altura imponente, con esos ojos de acero que parecían estar diseccionando cada uno de mis pensamientos. —Muy bien, Clara Meadows —dijo, su voz volviéndose profunda, resonando en las paredes de la suite—. Ya estamos en privado. Ya tienes tu trago. Ahora dime... ¿qué es lo que te ha hecho volver a mí con ese vestido que te queda demasiado grande en actitud, pero demasiado pequeño en decencia? El drama de la llamada de mi madre me golpeó de nuevo. Vi a mi padre en esa cama blanca, vi el aviso de desalojo sobre la mesa de la cocina. El dolor fue tan agudo que me dio el valor que no tenía. Dejé el vaso sobre la mesa auxiliar y me puse de pie, quedando a escasos centímetros de él. —Necesito dinero, Alistair. Mucho dinero —solté, las palabras saliendo como proyectiles—. Mi padre se muere y mi familia va a quedar en la calle. He buscado trabajo hoy, he intentado ser "honrada", pero Toronto no da limosnas a las chicas de como yo. Él no parpadeó. Ni una pizca de sorpresa cruzó su rostro de granito. Era como si ya lo supiera, o como si la tragedia humana fuera solo un dato más en su balance de cuentas. —¿Y qué estás dispuesta a dar a cambio, pequeña? —preguntó, y su mano subió para acariciar mi cuello, su pulgar presionando justo donde mi pulso latía frenéticamente—. Porque ya te dije que no soy un hombre de caridad. Cerré los ojos, sintiendo su calor, su poder, y esa atracción oscura que me hacía odiarme a mí misma. Pensé en Roxy, en su consejo crudo, en la realidad de mi virginidad siendo lo único de valor que me quedaba en este mercado de lobos. —Usted dijo que quería que yo me alejara de todo esto —susurré, abriendo los ojos para encontrarme con su mirada depredadora—. Dijo que quería dictar las reglas. Pues aquí estoy. No tengo nada más que a mí misma. Hice una pausa, mi corazón martilleando contra mis costillas hasta el punto de doler. Me obligué a decir las palabras que me condenarían, las palabras que salvarían a mis padres pero que destruirían a la Clara que conocía. —Sea mi dueño, Alistair —dije, con una voz que era a la vez una súplica y una rendición—. Pague las deudas de mi familia, salve a mi padre... y haga conmigo lo que quiera. Sea el dueño de todo. El silencio que siguió a mi confesión fue tan pesado que podía oír el zumbido del sistema de ventilación. Alistair no se movió, pero sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros, una tormenta de posesividad y deseo que me dejó sin aliento. Su mano se cerró con firmeza en mi nuca, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. —¿Eres consciente de lo que acabas de pedir, Clara? —gruñó, su rostro bajando hasta que su aliento cálido golpeó mis labios—. Ser mía no es solo un contrato. Es una entrega total. No habrá vueltas atrás. No habrá "no" cuando me canse de ser gentil. Si acepto, serás mi posesión más preciada, pero también la más sometida. —Lo sé —respondí, una lágrima solitaria traicionándome y resbalando por mi mejilla—. Hágalo. Firme el cheque y tome lo que quiera. Él sonrió, una sonrisa lenta, cargada de una victoria oscura que me hizo temblar hasta la médula. —Trato hecho, mi pequeña propiedad —murmuró antes de cerrar la distancia y reclamar mis labios con un beso que sabía a whisky, a poder y al inicio de mi perdición. * Alistair se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para que el frío de la habitación me golpeara de nuevo, pero no lo suficiente para que yo pudiera recuperar el aliento. Sus ojos recorrieron mi rostro con una parsimonia cruel, disfrutando de cada rastro de duda, de cada espasmo de miedo que cruzaba mis facciones. Se dirigió hacia un panel táctil en la pared y, con un movimiento elegante de su dedo, una melodía suave, un jazz oscuro y cadencioso, empezó a filtrarse por los altavoces ocultos, envolviéndonos en una atmósfera irreal. —Primero —dijo, su voz vibrando por encima de las notas del saxofón—, vamos a bailar. Tragué saliva, sintiendo mi garganta seca como el desierto de Manitoba en agosto. ¿Bailar? El contraste era ridículo, casi macabro. Estábamos en una suite de lujo negociando el precio de mi cuerpo y él quería un baile. Se acercó a mí con esa seguridad depredadora que hacía que el aire a su alrededor pareciera más denso, más difícil de respirar. —No te tocaré —murmuró, adivinando el estremecimiento que recorrió mi espalda cuando sus manos se detuvieron a milímetros de mi cintura—. No todavía. No pondré una mano sobre ti de la forma en que ambos estamos pensando... hasta que firmes. Y te daré lo que quieras, Clara. Lo que sea necesario para que esos ojos miel dejen de mirar al suelo como si esperaran que el infierno se abriera. Me quedé rígida, con el vaso de whisky todavía temblando en mi mano izquierda. Lo dejé sobre la mesa con un ruido sordo, intentando que no se notara que mis dedos eran de gelatina. —Pero antes de los papeles —continuó él, acortando la distancia hasta que la punta de sus zapatos de cuero pulido tocó la punta de mis tacones prestados—, quiero que me beses. Necesito saber con ese beso si el contrato vale la pena. Si la pureza de la que tanto presumes es fuego o simplemente hielo aburrido.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR