Giré la cabeza apenas unos milímetros. Y ahí estaba.
Alistair Vaughan-Sinclair dominaba el espacio con una arrogancia que resultaba casi física. Estaba rodeado de hombres en trajes oscuros, probablemente tiburones de las finanzas, pero él parecía de otra especie. Tenía un vaso de cristal en la mano, pero no bebía; simplemente lo giraba, observando el ámbar del whisky con una intensidad gélida. Su perfil, tallado en piedra, era la definición misma de la autoridad.
—¿Qué hago, Roxy? —pregunté, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta—. No puedo simplemente acercarme y decirle: "Hola, ¿te acuerdas de mí? Vengo a venderte lo que me queda porque mi vida se está cayendo a pedazos".
Roxy soltó una carcajada sarcástica y ajustó uno de mis tirantes, rozando mi piel con sus uñas largas.
—Claro que no, tonta. Los hombres como él no quieren una transacción comercial, quieren una conquista. Quieren sentir que te están rompiendo, que te están doblando. Camina hacia allá, sirve una copa en la mesa de al lado, asegúrate de que te vea. Deja que el hambre lo consuma un poco más.
—¿Y si me ignora? —susurré, recordando cómo lo mandé al diablo la noche anterior.
—Cariño, ese hombre no te ignoraría ni aunque el club se estuviera quemando. Eres su obsesión, ¿no lo ves? Míralo. Ya se dio cuenta de que llegaste.
Efectivamente, como si tuviera un radar instalado en el alma, Alistair giró la cabeza. Nuestra mirada se cruzó en el aire denso del club. No hubo saludo, no hubo sonrisa. Solo esa evaluación gélida y posesiva que me hizo sentir desnuda frente a todo el mundo. Su mandíbula se tensó tanto que pude ver el músculo saltar bajo su piel perfecta.
—Ve —me ordenó Roxy, empujándome suavemente—. Recuerda por quién lo haces. Recuerda la granja. Recuerda a tu padre.
Apreté mi bolso contra mi costado, tomé aire y empecé a caminar hacia el león. Cada paso se sentía como si estuviera hundiendo los pies en cemento fresco. Los hombres a mi alrededor se giraban, algunos intentaban tocarme el brazo, pero yo solo veía esos ojos de acero que me esperaban en la cima, fijos, hambrientos y terriblemente oscuros.
Al llegar a los escalones de la zona VIP, el guardia de seguridad, un tipo que parecía un armario empotrado, me bloqueó el paso con un brazo grueso.
—Solo personal autorizado, muñeca —gruñó.
Antes de que pudiera responder, la voz de Alistair cortó el ruido del club como un trueno en medio de la noche. No gritó, pero su tono tenía una frecuencia que hacía que el aire vibrara.
—Déjala pasar.
El guardia se retiró al instante, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Subí los últimos peldaños, sintiendo el calor del foco sobre mi cabeza. Me detuve a dos metros de su mesa. Sus acompañantes dejaron de hablar, observándome con una curiosidad que me hacía sentir como un insecto bajo un microscopio.
Alistair dejó el vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco que hizo que los demás se sobresaltaran. Se levantó lentamente, revelando su imponente estatura. El traje n***o le sentaba como una segunda piel de depredador.
—Clara Meadows —dijo mi nombre como si fuera un veredicto—. Pensé que habías sido muy clara anoche. "No quiero su ayuda", creo que fueron tus palabras exactas.
—Las cosas cambian, señor Sinclair —respondí, tratando de que mi voz no sonara tan rota como me sentía—. Toronto tiene una forma muy rápida de enseñarte que el orgullo no se come.
Él arqueó una ceja, un gesto lleno de un sarcasmo gélido. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Olía a madera, a tabaco caro y a ese peligro adictivo que me hacía querer correr y quedarme al mismo tiempo.
—¿Y qué es lo que ha cambiado, pequeña Clara? ¿Te has quedado sin monedas para la lavandería? ¿O es que finalmente te diste cuenta de que el mundo real no es como tus campos de Churchill?
Sus amigos soltaron unas risitas, pero él los silenció con una mirada lateral fulminante. Volvió a centrarse en mí, y su mano se movió con una rapidez aterradora, atrapando un mechón de mi cabello rubio.
—Te ves diferente hoy —murmuró, su voz bajando a un registro que solo yo podía escuchar, un vibrato ronco que me recorrió la columna—. Este vestido... no es tuyo. ¿Qué estás buscando, Clara? ¿Qué quieres comprar con esa mirada de sacrificio?
Tragué saliva. El drama de mi familia, el dolor de la llamada de mi madre y la tensión de tenerlo tan cerca explotaron en mi pecho.
—Quiero muchas cosas—dije, mis ojos llenándose de una humedad traicionera que me negaba a dejar caer—. Pero el precio ha subido.
Alistair soltó mi cabello y acarició mi mandíbula con el pulgar, una caricia que se sintió como una marca de hierro candente.
—Mi oferta de la oficina expiró, como te advertí —dijo, y su sonrisa no fue amable, fue la de un cazador que finalmente tiene a su presa acorralada—. Ahora, si quieres negociar conmigo, las reglas son mías. Y te advierto... soy un hombre muy caro de complacer.
Me quedé, temblando bajo su toque, dándome cuenta de que Roxy tenía razón: Alistair no quería salvarme. Quería poseerme. Y yo estaba a punto de entregarle las llaves de mi propio infierno.
—Vayamos a un sitio más privado —sentenció Alistair. Sus dedos no se apartaron de mi mandíbula, manteniendo esa presión posesiva que me recordaba quién tenía el control—. Aquí arriba tengo una suite privada. Es mía; siempre que necesito alejarme del ruido, subo.
Tragué grueso. El nudo en mi garganta era tan denso que sentí que me asfixiaba. La palabra "suite" sonó en mis oídos como una sentencia definitiva. Sabía que cruzar esa puerta no era solo cambiar de habitación, era cruzar el umbral de mi antigua vida hacia un abismo del que no regresaría siendo la misma.
Él pareció notar el temblor que recorrió mis hombros bajo la fina seda negra.
—Tranquila, Clara —murmuró, su voz descendiendo a un susurro aterciopelado que rozó mi oído, enviando un escalofrío traicionero por mi espalda—. No haré nada que tú no quieras. Al menos, no todavía.
Asentí con un movimiento casi imperceptible, mis ojos fijos en el nudo de su corbata. Alistair se giró ligeramente hacia su guardaespaldas, un hombre que parecía una sombra tallada en granito, y le hizo un gesto seco con la cabeza. El hombre asintió con eficiencia militar. Comenzamos a caminar, y pude sentir la presencia de otro hombre de traje oscuro cerrando el paso detrás de nosotros, formando un muro de carne y tela que me aislaba del resto del mundo.
Busqué desesperadamente con la mirada a Roxy entre la multitud sudorosa. Necesitaba una señal, un último rastro de cordura, pero no vi nada más que luces de neón y rostros borrosos que se desvanecían mientras nos alejábamos de la pista. Atravesamos una puerta de acero pesado que cortó el estruendo de la música de golpe, sumergiéndonos en un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el rítmico eco de nuestros pasos.
Subimos a un ascensor privado. El cubículo de metal y espejos se sentía como una jaula de oro. El ascenso fue rápido, silencioso, apenas un cosquilleo en el estómago mientras los números digitales cambiaban con una velocidad vertiginosa. Alistair permanecía a mi lado, emanando un calor abrumador y ese aroma a madera y autoridad que empezaba a marearme. No me miraba, pero podía sentir su atención fija en cada uno de mis suspiros entrecortados.
Salimos a un pasillo alfombrado en un tono carmesí tan oscuro que parecía sangre seca. Caminamos hasta detenernos frente a una puerta de madera maciza. Alistair sacó una tarjeta, el lector emitió un pitido electrónico y la puerta se abrió con un suspiro de aire acondicionado.
Me quedé paralizada en el umbral.