Entre la espada y la pared

1703 Palabras
—No... no sé qué decir, Roxy —balbuceé, sintiendo que las paredes de la cocina se inclinaban hacia mí. El frío del suelo, mezclado con la leche derramada, me calaba los huesos—. No te imaginas lo que pasó cuando estaba con él. Lo mandé al diablo. Fui orgullosa, fui... fui yo misma. ¿Cómo se supone que regrese ahora? ¿Cómo me ofrezco? No quiero ser una puta, Roxy. No soy eso. Las palabras salieron cargadas de una bilis amarga. La sola idea de ponerle precio a mi cuerpo, a esa parte de mí que había guardado con tanto celo en Churchill, me revolvía el estómago. Roxy soltó un bufido cargado de sarcasmo y me tomó de los hombros con una fuerza que me obligó a enderezarme. —¡Deja de decir tonterías, Clara! —me espetó, y su voz resonó en el pequeño apartamento como un látigo—. ¡Reacciona! Piensa en tu padre. Piensa en tu madre siendo echada a la nieve porque no puedes pagar una hipoteca. ¿Crees que al banco le importa tu "pureza"? ¿Crees que a la enfermedad de tu viejo le importa tu moral? ¡A nadie le importa una mierda! Me quedé en silencio, con las lágrimas secándose en mis mejillas, dejando un rastro de sal y humillación. Roxy tenía razón, y eso era lo que más me dolía. En Toronto, el orgullo no servía para llenar la nevera, y mucho menos para salvar corazones infartados. —Esta noche iremos a buscarlo —sentenció ella, soltándome—. Iremos al club. Él volverá, estoy segura. Los hombres como Alistair no aceptan un "no" de una niña de pueblo; volverá para terminar lo que empezó. Tú solo tienes que estar ahí y dejar de jugar a la Cenicienta. —No... —negué con la cabeza, alejándome de ella—. Ahorita voy a buscar trabajo. Tengo que intentarlo de la forma correcta, Roxy. Debo buscar algo real, porque en el bar... siento que me van a despedir después de lo de anoche. Miller tiene influencias, y yo solo soy el estorbo que causó una pelea entre millonarios. Roxy se cruzó de brazos, mirándome con una mezcla de lástima y frustración. —Ve, respira, camina por la ciudad hasta que te duelan los pies. Ve y date cuenta de que nadie te va a dar lo que necesitas en un día. Pero piénsalo bien, Clara. Con él obtendrás mucho. Y aceptémoslo... el tipo no es feo. Es un maldito dios griego con traje de tres piezas. Si vas a vender tu alma, al menos hazlo con el diablo más guapo de la ciudad. —Lo pensaré —susurré, aunque en mi interior sentía que estaba firmando mi propia sentencia. Salí del apartamento con el frío de la mañana golpeándome el rostro como una bofetada de realidad. Toronto despertaba con su habitual rugido de motores y gente apresurada que no miraba a nadie. + Caminé durante horas. Mis botas baratas me estaban destrozando los talones y el hambre empezaba a ser un ruido sordo en mi estómago que ignoraba por puro nerviosismo. Pasé por cafeterías, tiendas de ropa y oficinas de limpieza. En todas partes recibía la misma mirada: una evaluación rápida de mi aspecto de niña perdida y una negativa cortante. "No estamos contratando", "Vuelve cuando tengas experiencia", "Necesitamos a alguien de la ciudad". Estaba a punto de rendirme, con el corazón apretado por la última llamada de mi madre que no me atrevía a devolver, cuando mis ojos se fijaron en un letrero pegado en un cristal polvoriento: SE BUSCA: ASISTENTE DE LIBRERÍA. ATENCIÓN AL CLIENTE Y FOTOCOPIAS. DISPONIBILIDAD INMEDIATA. Era una librería vieja, encajonada entre dos edificios modernos de cristal. El olor a papel antiguo y tinta me llegó incluso antes de entrar. Entré, haciendo que una campanilla tintineara sobre mi cabeza. Un hombre mayor, con gafas de culo de botella y un jersey de lana que le quedaba tres tallas grande, me miró desde detrás de un mostrador sepultado bajo montañas de libros. —¿Vienes por el anuncio? —preguntó con voz de lija. —Sí, señor. Soy Clara Meadows. Sé usar las máquinas, soy trabajadora y... necesito el empleo —mi voz flaqueó un poco en la última frase. El hombre me observó durante lo que pareció una eternidad. Sus ojos escanearon mi jersey de Churchill y mi rostro cansado. —No pago mucho, niña. El sueldo es el mínimo, y aquí se trabaja de pie —dijo, señalando una fotocopiadora industrial que parecía un artefacto de la guerra fría. —No me importa. Por favor. —Está bien. Quédate. Mi asistente se fue ayer sin avisar y tengo tres pedidos de tesis que entregar para esta tarde. Si aprendes rápido, el puesto es tuyo. * Sentí una chispa de esperanza, pequeña y frágil, pero era algo. Durante las siguientes seis horas, me sumergí en un mundo de hojas de papel, olor a ozono de la máquina de copias y estanterías infinitas. El señor Henderson, el dueño, era un hombre de pocas palabras y gestos bruscos, pero me enseñó cómo manejar la vieja fotocopiadora que se atascaba cada diez minutos. —¡Cuidado con el tóner, Meadows! Si manchas el papel, lo pagas tú —me gritaba desde el fondo. Yo solo asentía y seguía trabajando. Mis dedos se mancharon de n***o y el calor de la máquina me hacía sudar bajo el jersey, pero por un momento, logré olvidar la sombra de Alistair. Aquí era solo una empleada más, una chica que hacía copias por centavos. Sin embargo, a medida que el sol empezaba a caer y la librería se quedaba en penumbra, la realidad volvió a golpearme. Saqué una cuenta rápida mentalmente: con este sueldo, tardaría cien años en pagar la deuda de mi padre. * Henderson me pagó el día en efectivo al terminar el turno. Era una miseria comparado con lo que mi familia necesitaba. —Mañana a las ocho, Meadows. No llegues tarde —dijo el viejo mientras cerraba la caja. Salí a la calle con los pies ardiendo y el alma pesada. El dinero en mi bolsillo se sentía como un insulto frente a la magnitud del desastre en Churchill. * Caminé de regreso al apartamento, sintiendo que cada paso me alejaba de la salvación y me acercaba a la propuesta de Roxy. Al llegar al apartamento, el silencio era sepulcral. Roxy no estaba; probablemente ya se estaba arreglando en el club. Me senté en el sofá desgarrado y miré mis manos manchadas de tinta de fotocopiadora. Eran las manos de una trabajadora honrada, pero eran las manos de una mujer que iba a perder a su padre si no hacía algo drástico. Me levanté y fui al espejo del baño. Me lavé la cara, quitando el rastro de cansancio, pero mis ojos miel seguían brillando con ese miedo ancestral. Abrí el armario de Roxy y saqué el vestido más provocativo que ella me había prestado: uno n***o, de seda, que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel y dejaba mis hombros al descubierto. —Perdóname, papá —susurré al aire frío del baño. Me puse el vestido. El tacto de la seda contra mi piel me hizo estremecer. Me solté el cabello rubio, dejando que las ondas cayeran sobre mis hombros, y me pinté los labios de un rojo intenso que no reconocía como mío. Ya no era la Clara de Churchill. Era una mujer en guerra. Bajé las escaleras, y por primera vez, no buscaba un autobús. Buscaba el abismo. +*+*+*+* El trayecto hacia el The Velvet Eclipse se sintió como el desfile de un condenado hacia la guillotina. El aire gélido de Toronto se filtraba a través de la fina seda del vestido de Roxy, recordándome con cada ráfaga que yo no pertenecía a este disfraz. Mis tacones golpeaban el pavimento con un ritmo errático, un eco de mi corazón desbocado. Al llegar a la puerta trasera, el guardia me miró de arriba abajo con una lascivia que me hizo querer vomitar, pero apreté los dientes y entré. El club era un organismo vivo, una bestia que respiraba humo, perfume de diseñador y pecado. La música vibraba en el suelo, subiendo por mis piernas hasta instalarse en mi pecho como un arritmia persistente. Busqué con la mirada entre la penumbra, esquivando bandejas y manos errantes, hasta que divisé la cabellera exótica de Roxy cerca de la barra de servicio. Me abrí paso entre la multitud, sintiendo los ojos de los hombres clavarse en mi piel como agujas. Ya no era la "ratita de pueblo" con jersey de lana; ahora era carne fresca en el mostrador. —¡Mira nada más! —exclamó Roxy cuando llegué a su lado. Dejó una bandeja sobre el mostrador y me barrió con la mirada, soltando un silbido que se perdió en el estruendo del bajo—. Sabía que ese vestido te quedaría como un pecado capital, Clara. Te ves... peligrosa. —Me siento como un fraude, Roxy —respondí, acercándome a su oído para que pudiera escucharme. Mi voz temblaba a pesar de mis esfuerzos por parecer firme—. Siento que todo el mundo sabe que estoy muerta de miedo. Roxy me tomó de la barbilla, obligándome a mirarla. Sus ojos, enmarcados en un n***o profundo, no tenían rastro de duda. —Escúchame bien. Aquí nadie sabe nada a menos que tú se lo digas. En este lugar, todos somos una versión exagerada de lo que quisiéramos ser. Tú no eres la chica que hace fotocopias hoy; hoy eres la joya de la corona. ¿Lo has visto? Mi estómago dio un vuelco. Sabía a quién se refería. —No —mentí, mirando hacia el suelo manchado de licor. —Mientes fatal, Meadows. Está ahí —Roxy señaló con un gesto sutil de la cabeza hacia la zona VIP, el área más elevada y restringida del club—. Llegó hace media hora. No ha pedido nada de beber, lo cual tiene a los meseros de los nervios. Está sentado como un rey esperando su tributo, mirando hacia la entrada como si fuera a incendiarla con los ojos.
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